RetrocesoA&ONº 223/27-VII-2000SumarioIglesia en MadridContinuar
La voz del cardenal arzobispo en la fiesta de Santiago
El hombre no es mercancía política
Santiago Apóstol, Patrono de España / Año 2000: La vuelta a nuestros orígenes: así titula nuestro cardenal arzobispo su exhortación de esta semana, en la que escribe:
Si en la intención pastoral y en la significación más honda del Gran Año Jubilar late la invitación a volver a los orígenes y fuentes de nuestra fe como fórmula indefectible de auténtica renovación de la vida de la Iglesia y aun del mundo actual, ¿cómo no sentirnos interpelados por este reclamo jubilar en el día del Apóstol Santiago que celebramos como la gran solemnidad litúrgica del Patrono de España? De nuevo no va acompañada del reconocimiento civil en la mayoría de las comunidades autónomas y, muy lamentablemente, tampoco en la de Madrid. Pero su celebración, precisamente en este año singular, el 2000 de la Encarnación y Nacimiento de Jesucristo, Nuestro Señor, y del cristianismo, nos vuelve a colocar ante las grandes preguntas que proyecta la historia de nuestra fe católica sobre el presente y el futuro de la Iglesia en España, e, incluso, ante las decisivas cuestiones que la historia espiritual y cultural de nuestras gentes y pueblos representa a la actual sociedad española.

No hay duda: el presente y futuro de la Iglesia en España va a depender de cómo nosotros, los cristianos del año dos mil, estemos decididos y sepamos transmitir a las nuevas generaciones el tesoro de la fe cristiana, tal como lo hemos recibido de los Apóstoles: de Santiago, el Mayor. Los rasgos que han caracterizado su apostolado, tal como los conocemos por la mejor tradición jacobea, son de una extraordinaria y actualísima ejemplaridad: Santiago, el hijo del Zebedeo, lo deja todo para anunciar la Buena Nueva de Jesucristo, el Salvador del hombre, en la parte más remota del mundo entonces conocido, llegando hasta el Finis Terrae de la geografía romana: del Orbis romano. Lo hace jugándose y comprometiendo toda la vida; por amor a Él y por amor a hombres desconocidos y a pueblos extraños que sabía ya llamados a ser hijos de Dios; y, por lo tanto, a quienes estimaba y valoraba con una para ellos desconocida categoría social y cultural: la de hermanos. Lo lleva a cabo sin medios y recursos propios del poder humano.

REVITALIZAR LAS FUENTES MORALES

De vuelta a Jerusalén, Santiago daría el testimonio definitivo, el del martirio, el de la sangre derramada por Cristo; que, luego, fecundaría los surcos de las primeras comunidades cristianas de la Hispania naciente de forma prodigiosamente fecunda, a la que sus discípulos devolverían sus restos, conservados con emocionada veneración popular, desde hace más de un milenio hasta hoy mismo, en su catedral de Santiago de Compostela.

Que renazca con fresco y nuevo rigor el anuncio y el testimonio del Evangelio de Jesucristo en el fondo y en la forma de cómo los hemos recibido del Apóstol Santiago: ése es nuestro primer y decisivo reto pastoral de la Iglesia en España en esta hora histórica que nos está abriendo nuevas páginas de un futuro incierto, y que piden a gritos ser rellenadas con las letras, escritas en carne y sangre, de los que aman a Cristo. Si en toda la acción y vida pastoral y apostólica de los próximos años —en la predicación y enseñanza de la fe, en la celebración de la liturgia, en los planes y programas pastorales, en los modos de hacer presente y operativo el amor cristiano en la sociedad —volvemos a situar como la piedra angular y el fundamente vivo de todo el empeño evangelizador un anuncio claro e inequívoco del Señor Jesús, entonces amanecerá un nuevo y fecundo milenio de cristianismo auténtico. Porque, como genialmente decía Pablo VI, no hay evangelización verdadera mientras no se enuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios.

Tampoco parece haber duda de que el presente y futuro de España depende de cómo se sepa revitalizar las fuentes morales, espirituales y religiosas de su Historia, la más auténtica y la más verdadera. Los días de Santiago de este año dos mil coinciden con una nueva y cruelísima oleada de atentados terroristas en nuestra patria. Subyace a ella un dato que estremece: la negación radical de la dignidad del hombre. Las personas son calculadas por los terroristas y sus cómplices como objetos y cosas de nulo valor en sí mismas; solamente a-preciables, valorables como pura mercancía política. Un tal desprecio al hombre, a su dignidad inviolable, sólo se explica por un paralelo desprecio a Dios, que lo ha creado y redimido como imagen suya, para ser su hijo por adopción.

Volver a la tradición jacobea de la Historia de España, a la del Camino de Santiago, la de la peregrinación de todos los pueblos de la Hispania, perdida y recuperada en un largo, paciente y multisecular proceso de configuración renovada de su identidad, peregrinando al sepulcro del Apóstol, equivaldría a retornar al mejor manantial de una experiencia del hombre y de la solidaridad humana —entre personas, familias y pueblos—, cuya esencia reside en el amor personal: el amor al hombre como al hermano, por encima de cualquier otra consideración; aunque nos cueste la vida.

A la luz del legado jacobeo se despeja hoy como siempre lo que en el debate de los últimos cien años en torno a la recta interpretación de nuestra Historia se ha denominado el enigma histórico de España, como lo ha visto tan clarividentemente alguno de sus mejores historiadores (cfr. Claudio Sánchez Albornoz, España. Un enigma histórico, Barcelona 1976. I 265-287).

+ Antonio Mª Rouco Varela