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La obra, una de las más grandes del mundo de carácter religioso, se inspira en el canon de la pintura sagrada ortodoxa (siguiendo las huellas del pintor de iconos Andrej Rublev, considerado santo en la tradición ortodoxa), aunque muestra en ocasiones influencias occidentales de Matisse, Braque, Picasso...
En este Gran Jubileo y en el camino del ecumenismo querido por Juan Pablo II explicó Argüello el día de la inauguración, esta pintura quiere ser un anuncio profético de la unidad posible entre Oriente y Occidente en sus raíces cristianas. Este icono es un acontecimiento, es un testimonio de los eventos y de los factores históricos del primer milenio, en tiempos en los que la Iglesia no estaba dividida, confirmó el padre Vladimir Kuchumov, representante de Alejo II, patriarca de todas las Rusias. En la ceremonia de inauguración, el padre Kuchumov añadió que la contemplación de esta obra de arte permite recordar los momentos de la Iglesia unida y ver, buscar y quizá encontrar una unidad. En la inauguración estaba presente, además, Su Beatitud Nerses Bedros Taza, patriarca de los armenios católicos. La pintura corona la obra de construcción de la iglesia, iniciada en 1950, por deseo expreso del padre Pío. Kiko, al presentar la obra a seiscientos catequistas itinerantes por el mundo, evocó la manera en que Dios le mostró, a través de la experiencia de dejarlo todo, incluso el arte, para seguir a Cristo crucificado en las chabolas de Madrid, que todo, incluida la pintura, puede ser un servicio de amor al hombre más pobre, para que pueda encontrar en la imagen religiosa una auténtica emoción estética que le ayude en su camino de fe. |
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La obra es una especie de gran retablo, que quiere convertirse en un canto a los grandes misterios de nuestra salvación: la Anunciación, la Navidad, el Bautismo de Cristo, la Transfiguración, la entrada en Jerusalén, la Última Cena, la Crucifixión, el descenso a los infiernos, la Resurrección, la Ascensión, Pentecostés, la Dormición de María. En el centro se representa la segunda venida de Cristo. A los lados de un Cristo Pantocrator, aparecen la Virgen y san Juan Bautista, acompañados por los arcángeles Gabriel y Miguel, con san Pedro y san Pablo, que interceden por nosotros. Pier Luigi Fornari La imagen del hombre nuevo En este Gran Jubileo y en el camino del ecumenismo querido por Su Santidad Juan Pablo II, este gran mural de 500 metros cuadrados quiere ser un anuncio profético de la unidad posible entre Oriente y Occidente en sus raíces cristianas. La Iglesia de Occidente debe reflexionar con qué estética quiere cumplir su misión de evangelización del tercer milenio. En este sentido, el Oriente puede venir en su ayuda, puesto que ha conservado el canon de la Tradición primitiva. Toda la problemática entre ciencia y fe, que durante el renacimiento fue la base de la ruptura entre la estética de Oriente y Occidente, y que caracterizó el paso de la Edad Media a la Moderna, hoy día, como puede apreciarse, se está cerrando gracias sobre todo al retorno de la ciencia, debido a los últimos grandes descubrimientos de la física hacia el espíritu y la mística. Si volvemos nuestra mirada a Andrej Rublev, probablemente la cima más alta del arte cristiano de todos los tiempos, podemos repensar la síntesis de la que tiene necesidad el momento cultural cristiano de Occidente, como es la recuperación de una imagen capaz de reflejar el contenido de nuestra fe. Esto significa hoy: - Haber redescubierto la fe en Cristo como la imagen del hombre nuevo, celeste, capaz de reevangelizar al hombre del tercer milenio (he aquí el intento del Camino Neocatecumenal en la Iglesia). - Saber plasmar nuestra fe en una estética que no sea ni anacrónica ni arqueológica, sino basada en la tradición de siempre, puesto que sólo hay un Espíritu, inmutable, igual al Padre, que actúa en la Historia con sus dones, sobre todo con relación al arte, Espíritu de sabiduría, de ciencia e inteligencia. - Todo esto en función del amor al hombre, al más pobre, aunque no esté suficientemente instruido, hombre que pueda encontrar en la imagen religiosa una verdadera emoción estética que lo ayude en su camino de fe. El arte religioso como un reflejo del alma, como un anuncio celeste. Así es nuestra pintura, en la que, tanto el fondo de oro como el punto de perspectiva inversa, que sitúan el punto de fuga prospéctico no dentro del cuadro, como hacía el Renacimiento, sino fuera de él, en el espectador, como ocurre en la iconografía oriental, hacen de estas imágenes un anuncio kerigmático, una buena noticia que se actualiza y realiza en el momento en que se ve, de forma análoga a cuanto sucede con los sacramentos, que hacen presente el acto salvífico de Cristo, proponiéndolo como salvación en el aquí y ahora. Esta pintura es un gran retablo en la línea de los grandes retablos de la época barroca de España, y también de aquellos anteriores de las grandes catedrales del primer gótico. Un canto a los principales misterios de nuestra salvación y a la segunda venida de Cristo, con la deesis, como se ve en los iconostasios de la Iglesia ortodoxa, en los cuales la Virgen y san Juan Bautista acompañados por los arcángeles Gabriel y Miguel, con san Pedro y san Pablo interceden por nosotros. Siguiendo el canon ortodoxo de los grandes misterios cristianos, tanto en la composición como en los colores, y siguiendo sobre todo las huellas del gran Rublev, hemos tratado de añadir una realización moderna, incorporando los descubrimientos de los últimos años en el arte occidental del impresionismo en adelante: Matisse, Braque, Picasso etc., con la intención de crear un puente entre las dos Iglesias: católica y ortodoxa. Kiko Argüello |