|
|
Los viajes siempre son difíciles. Sal de tu casa... Salir, ir hacia lugares desconocidos, puede ser una consecuencia de la obediencia de la fe. ¡Qué es la vida de un cristiano sino un peregrinaje, éxodo interior y exterior, en definitiva, clave jubilar! Muchos pueblos, muchas ciudades han renacido en sus orígenes con la meta de un inesperado recorrido humano y divino. Así acaeció en el siglo V de nuestra era en una pequeña isla del mediterráneo, a la que nosotros, tiempo después, llamamos Menorca.
La herejía de Prisciliano prendía su fuerza en los territorios peninsulares. Paulo Orosio partió de Braga para visitar a san Agustín, entonces obispo de Hipona. Después, el periplo formativo se completó con un viaje a Tierra Santa, a la sombra de las enseñanzas de san Jerónimo. Fue allí en donde Avito le entregó unas reliquias de san Esteban protomártir, para que las llevara a Braga. La complicada travesía recaló en la isla de Menorca, escala natural de las navegaciones del Mediterráneo con destino a Tarragona. Y en aquella tierra rodeada por el mar, Orosio consagra obispo a Severo, quien escribe una carta-encíclica en la que narra los milagros que las reliquias de san Esteban operaron en esa tierra desgajada de los horizontes encubiertos de continuidad geográfica. La carta es un documento de ineludible valor para concocer la orografía cristiana del proceso de conversión de los oriundos menorquines. Sus primeras letras se deslizan con la pureza de una fe que necesita trascender los límites de la propia comunidad cristiana... |
| Como sea cosa honesta y honrosa, según nos amonesta el arcángel Rafael, descubrir y manifestar las obras de Dios, es sin duda muy peligroso callar y encubrir las maravillas de Cristo, las cuales tienen mayor gracia y ornato, si se relatan con estilo común y sencillo; pues que la hermosura y elegancia de la virtud, tanto más se encubre, cuanto con palabras superfluas y redundantes se afeita y disfraza. Por lo cual empezaré a referir las grandezas que Cristo se dignó obrar entre nosotros, con un estilo no compuesto, sino llano y verdadero.
Cierto presbítero de santidad conocida, viniendo de Jerusalén estuvo algunos días en Magon, y no pudiendo pasar a las Españas, como deseaba, determinó volver al África. Entonces, habiendo resuelto de llevar aEspaña las reliquias del bienaventurado sanEsteban, que poco ha se habían descubierto, las colocó por revelación del mismo mártir en la iglesia del dicho pueblo. Con lo cual, luego al momento, con la caridad del Protomártir, se vino a encender aquel fuego que el Señor ha enviado a la tierra, y quiere que arda en nosotros. Porque luego nuestra tibieza se encendió en nuestro corazón, que quedó hecho un ascua abrasada en el camino, como queda escrito, ardiendo dentro de nuestros pechos el celo de la salvación de toda aquella muchedumbre. Con lo cual, dando de mano a la familiaridad, conversación y trato que con los judíos teníamos, convertimos el amor en odio temporal, con el deseo de que aquellos alcanzasen la salud eterna. Y así no se veía otra cosa en las plazas, sino disputas y conferencias de la ley, y en todas las casas contiendas sobre la fe. Dos principales judíos, Melecio, hermano de Teodoro, e Inocencio, que huyendo de las ruinas de España había venido a esta isla con toda su familia (así lo cuentan ellos mismos bajo solemne juramento), se habían retirado a una cueva o peñasco, juntándose con algunos otros judíos de linaje humilde, y bajo los cuales habían escogido a estos dos, por principales caudillos de su retirada. Éstos, pues, determinaron, de enviar a los dichos dos varones, los cuales eran de edad robusta y más animosos, a esta ciudad, para que viesen y reconociesen lo que aquí pasaba. Entonces dijo Melecio a Inocencio: "¿Qué es esto, hermano, que no puedo desarraigar de mi corazón una palabra blasfema, según enseña nuestra religión? Porque desde que el pueblo de los cristianos ha dicho en alta voz que mi hermano se había convertido, no tengo otra cosa en mi corazón y lengua, sino estas palabras, que hasta hoy yo del todo ignoraba: "Cristo, en tu nombre". Las cuales, cuanto más pretendo desarraigar de mi pecho, tanto más tenazmente permanecen fijas en él". Respondió entonces Inocencio: "Ciertamente yo entiendo que es cosa de Dios que esa palabra, la cual tú dices, y es averiguado entre todos que jamás tuvo cabida en tu corazón, ni tu boca se dignó pronunciarla, esté ahora tan fuertemente arraigada en tu pecho". J. F. S. |