|
|
|
Francisco era de pocas palabras; y para hacer su oración y ofrecer sus sacrificios, le gustaba ocultarse hasta de Jacinta y de mí. No pocas veces le sorprendíamos detrás de una pared o de un matorral, donde, de una manera disimulada, se había escapado de los juegos para, de rodillas, rezar o pensar, como el decía, en Nuestro Señor, que estaba triste por causa de tantos pecados. Si le preguntaba: Francisco, ¿por qué no me llamas para rezar contigo y también a Jacinta? El respondía: Me gusta más rezar solo, para así poder pensar y consolar a Nuestro Señor, que está muy triste.
Un día le pregunté: Francisco, a ti, ¿qué te gusta más: consolar a Nuestro Señor, o convertir a los pecadores para que no vayan más almas al infierno? Me gusta mucho más consolar a Nuestro Señor. ¿No te fijaste cómo Nuestra Señora, en el último mes, se puso tan triste cuando dijo que no se ofendiese más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido? Yo deseo consolar a Nuestro Señor, y después convertir a los pecadores para que nunca más lo vuelvan a ofender. Cuando íbamos a la escuela, a veces, al llegar a Fátima, me decía: Ahora, tú vas a la escuela. Yo quedo aquí en la iglesia, junto a Jesús escondido. No vale la pena aprender a leer, pues dentro de muy poco me marcho al Cielo. Cuando regreséis, pasad por aquí a llamarme. El Santísimo estaba a la entrada de la iglesia; y allí le encontraba cuando regresaba. Después de enfermar, con frecuencia me decía cuando, camino de la escuela, pasaba por su casa: Atiende, ve a la iglesia y saluda de mi parte a Jesús escondido. De lo que más pena tengo es de no poder ir ya a estar algún rato con Jesús escondido. Cierto día, al estar cerca de su casa, me despedí de un grupo de la escuela que venía conmigo, para hacerle una visita a él y a su hermana. Al sentir el barullo me preguntó: ¿Venías con todos esos? Sí, le dije. Y él añadió: No andes con ellos, que puedes aprender a hacer pecados. Cuando salgas de la escuela, vete un rato junto a Jesús escondido y después vente sola. Hermana Lucía |