RetrocesoA&ONº 215/1-VI-2000SumarioCriteriosContinuar
El secreto de la Cruz
La tercera parte del secreto de Fátima será dada a conocer en su integridad dentro de pocos días. Así lo anunciaba el pasado 13 de mayo, al final de la ceremonia de beatificación de los niños Francisco y Jacinta, el cardenal Secretario de Estado, Angelo Sodano, adelantando en líneas generales su contenido, alejado de las especulaciones tremendistas, y en perfecta sintonía con la Revelación definitva de Dios a los hombres que ha tenido lugar en Jesucristo: la única Palabra de Dios, en la que el Padre nos ha dicho todo lo que tenía que decirnos. No podía ser de otra manera.

Es preciso, ante este anuncio, destacar que no ha sido hecho por el mismo Papa, sino por su Secretario de Estado. Hay una razón muy sencilla, que explica asimismo por qué no ha sido desvelado hasta ahora: el actual Pontífice es destacado protagonista de esta revelación privada. Su exquisita delicadeza, lógicamente, le impedía hacer él mismo el anuncio. Y hay otra razón más honda, teológica: no está en juego su Magisterio Pontificio, justamente porque se trata de una revelación privada, no de una definición de fe. Pero dicho esto, a nadie se le oculta la trascendencia de esta revelación privada, precisamente porque no es tremendista y no se aparta ni un ápice de la luminosa sencillez del Evangelio. Es lógico que quienes piensan en otro tipo de trascendencia se sientan defraudados.

La necesidad de orar y la conversión, la realidad del infierno, el sufrimiento de Dios por los pecados de los hombres… ¿no son enseñanzas evangélicas?, ¿y no necesitamos recordarlas muy especialmente los hombres de hoy? Antes del anuncio del cardenal Sodano, el Santo Padre decía así de los dos niños de Fátima, en la Misa de su beatificación: La Iglesia quiere poner en el candelero a estas dos pequeñas llamas que Dios ha encendido para iluminar a la Humanidad en sus horas oscuras e inquietas. ¿Acaso la historia del siglo XX no son esas horas oscuras e inquietas, claramente significadas en esa alambrada frente a la Puerta de Brandenburgo, vergüenza de Europa y del mundo, que ilustra nuestra portada? ¿Acaso no son horas oscuras e inquietas las que han provocado tanto dolor y muerte en las guerras mundiales, en Auschwitz, en tantos otros campos de exterminio, en los gulag…? ¿Quién dijo que el infierno estaba abolido, o que hablar de rezar y de la conversión de los pecadores eran beaterías trasnochadas? Si hay una palabra que encierre lo esencial del secreto de Fátima, ésa es la de la Cruz. Justamente el secreto mismo del Evangelio.

La memoria de los mártires del siglo XX, que Juan Pablo II vivió en el Coliseo romano
días antes de su viaje a Portugal, en estrecha comunión con los mártires de los primeros siglos cristianos, tenía que ver, y mucho, con ese anuncio de la tercera parte del secreto de Fátima, a su vez en estrecha sintonía con la Cruz, el signo de Cristo y de su Iglesia. Cruz que expresa el dolor de Dios y de los hombres, fruto amargo del pecado, y al mismo tiempo el triunfo del Amor que redime y salva a la Humanidad desde su terrible hundimiento en el abismo del poder de Satanás. Es el Vía Crucis con que se ha definido el itinerario admirable de Juan Pablo II, el Via Crucis de todo cristiano, como el de Cristo en su vida terrena, que llora sobre la ciudad de Jerusalén, porque sus hijos se han aliado con Satanás y el poder de las tinieblas, y que en Getsemaní, en su lucha (eso significa la palabra agonía utilizada por el evangelista Lucas) contra el Maligno, llega a sudar sangre… Pero la victoria ha sido suya. Lo que dicen los evangelios, y lo que dice el secreto de Fátima, no es tremendismo; es sencillamente realismo, el de la gloriosa victoria de la Cruz.