RetrocesoA&ONº 215/1-VI-2000SumarioDesde la feContinuar
Semana de Teología en la ACdeP
Las relaciones de la Iglesia con el Estado laico
Recientemente se celebró la tradicional Semana de Teología organizada por la Asociación Católica de Propagandistas y la Fundación San Pablo-CEU, bajo el lema Iglesia y Estado: tres modelos de relación. Uno de los ponentes, del Centro Superior de Investigaciones Científicas, escribe para nuestros lectores una síntesis de su intervención sobre La relación de la Iglesia con el Estado secularizado
Desde que se impuso el Estado liberal en el mundo católico (y eso ocurrió entre 1789 y 1824), las relaciones entre la Iglesia y el Estado liberal han sido sumamente difíciles: desde 1804, se buscó un modus vivendi que se concretó en la firma de Concordatos. Pero la Revolución liberal se había impuesto violentamente, y la actitud del magisterio de la Iglesia se mantuvo en la condena del liberalismo desde la publicación de la encíclica Mirari vos, en 1832, por Gregorio XVI y, sobre todo, desde la publicación del Syllabus, por Pío IX en 1864, hasta el pontificado de Juan XXIII y el Concilio Vaticano II.

Con Juan XXIII y el Concilio, la doctrina de la Iglesia cambia al respecto: empieza a advertirse que, como se decía hasta entonces, el error no puede ser sujeto de derechos, ni cabe por lo tanto magnificar la libertad, pero que el principal sujeto de derechos no es aquello que se piensa, sino quien lo piensa, o sea la persona, y toda persona es imagen y semejanza de Dios, dotada por ello de una dignidad tal que la hace acreedora del máximo respeto y, con ello, de plena libertad, incluso para defender el error.

Ésta fue la primera gran contribución del Concilio Vaticano II. Pero no fue la única. La otra gran aportación (en el tema de que hablamos) fue la que concernía a la forma de concebir la propia Iglesia desde el punto de vista social. Desde el siglo XVI, tras el Concilio de Trento, se había impuesto una eclesiología que tendió de hecho a que se redujera la forma de ver la Iglesia. Para rectificar la situación a que se había llegado, se reforzó la estructura jerárquica: el Papa y los obispos, como sucesores de los Apóstoles, constituían la Iglesia docente, la única que tenía el encargo de enseñar. Incluso los párrocos y los eclesiásticos en general no eran más que auxiliares del respectivo obispo y del Papa. Los demás —los fieles comunes— constituían tan sólo la Iglesia discente, la de los discípulos, la de quienes escuchan. Fuera de este esquema, cabía únicamente salirse del mundo, es decir, ser religioso y enclaustrarse en un monasterio o convento. Todos los demás fieles tenían que encauzar su actividad por los cauces jerárquicos.

Siendo todo esto acertado, no era lo único cierto. Por sí solo, implicaba una reducción de la estructura jerárquica de la Iglesia a mera institución, y la actuación de los prelados, a mero ejercicio de la jurisdicción canónica. Se olvidaba o se relegaba el carisma, el ejercicio de la autoridad como fuente de inspiración, exhortación y ánimo, y no sólo de órdenes y de relaciones de dependencia jurisdiccional. (Empleo a idea los términos —carisma e institución— a que han recurrido Juan Pablo II y el cardenal Ratzinger para hablar de estas cosas, al referirse al papel de los movimientos). Por eso, en la teología que recogió el Vaticano II, se abrió paso una eclesiología que concebía la Iglesia como pueblo en formación. La Iglesia es un pueblo, o sea una comunidad de hombres y mujeres vinculados por una convivencia benevolente, fraterna; de manera que todos y cada uno de ellos —eclesiásticos y laicos— tienen que participar y participan en su formación, o sea en su construcción o en su debilitamiento. Lo hacen o dejan de hacerlo según cuál sea la medida de su virtud. Lo cual quiere decir que todo quehacer de cualquier cristiano es una forma de construir o de debilitar la Iglesia. Todo quehacer: cualquier tarea. No sólo las eclesiásticas; también la del zapatero en sus zapatos, o la del químico en su laboratorio, o en su casa y con su familia.

La concepción de la Iglesia sigue siendo jerárquica. Pero no sólo ni principalmente institucional, sino además carismática. Y es que la jurisdicción del párroco o del obispo no puede llegar a todas las actuaciones de cada laico, siendo así que todas ellas contribuyen a la edificación de la Iglesia. Al zapatero en su tarea de zapatero, el obispo o el párroco puede exhortarle a cristianizar su obra, pero no puede encuadrar esa tarea en una organización jerárquica y carece de potestad para decirle cómo ha de trabajar. Esto es importante porque, en los años siguientes al Concilio, se creó un equívoco enorme, que aún sigue vivo. Un grupo muy importante de católicos, sobre todo eclesiásticos, tendió a reducir el Vaticano II a lo primero (a la defensa de la libertad, al aggiornamento): acentuaron por eso la apertura a los no católicos, así como la organización y el funcionamiento de la Iglesia los abrieron a los laicos. Pero no se dieron cuenta de que mantenían la eclesiología preconciliar: tendieron a reducir la participación de los laicos en la construcción de la Iglesia a participación en las tareas eclesiásticas (en la administración parroquial, a veces en la diocesana, en la distribución de la Eucaristía…), sin advertir que, quedándose en esto, se reducían a clericalizar a los laicos.

El equívoco se hizo enorme porque, además, algunos de los eclesiásticos que concebían así el aggiornamento, manteniendo la vieja eclesiología preconciliar, llevaron su deseo de apertura de la Iglesia a extremos contrarios al Evangelio (sacerdocio femenino, Comunión de los divorciados, relaciones prematrimoniales, relaciones homosexuales…) Se presentaban y eran considerados, de este modo, como los progresistas, siendo así que, en lo eclesiológico, eran plenamente preconciliares.

No creo exagerar si digo que hay toda una generación de católicos que no se han dado cuenta de esto (de ese reduccionismo al que han sometido el Concilio) y que a la Iglesia le va en ello parte de su futuro. (Digo parte y no todo su futuro, porque, afortunadamente, el futuro depende de Otro).

José Andrés-Gallego

-¿Qui-qui-quién e-e-e-eres?

Se había vuelto tartamudo del susto. Ella le contestó, sin dejar de sonreír:

-Soy María, de Nazaret, ¿y tú?

Él dijo, no sin miedo:

-S-s-oy un duende... y para hacer como ella, añadió: del bosque (aunque resultaba un poco absurdo, pues todos los duendes viven en los bosques).

Como le pareció que María era una buena mujer, se atrevió a preguntarle:

-¿Cómo es que me has visto? Nadie ha visto jamás a un duende. Somos tan pequeños que resultamos casi invisibles a los ojos de los humanos.

Entonces mi abuelo oyó unas palabras que recordaría para siempre:

-Lo importante no es ver el tamaño de las cosas que se nos presentan en la vida. Muchas veces la apariencia física no es más que un engaño. Sin embargo, lo más pequeño puede esconder algo maravilloso, algo inolvidable.

Y sin decir nada más, María se marchó. Mi abuelo se enteró más tarde de que esa mujer había hecho cosas grandes. Incluso llegó a sus oídos que dio a luz a un niño llamado Jesús, un hombre bueno que revolucionó el mundo con una sola frase, tan sencilla como: Amaos los unos a los otros. Luego resultó que ese hombre era Dios. Mi abuelo entendió que era lo mismo que María le había dicho a él. Descubrir lo más importante mediante actos tan sencillos aparentemente, como amar.

Mi abuelo nunca ha podido quitarse aquella frase de la cabeza. Así que cuando nací yo, su primer nieto, pidió por favor que me pusieran Mariano. Era su pequeño acto que, a la vez, significaba algo tan grande como que jamás se había olvidado de María.

Esto es todo por esta semana, amigos. Me tengo que ir porque mi madre y mi hermana me esperan en casa.

¡Se me ha hecho muy tarde! ¡Hasta pronto!