RetrocesoA&ONº 215/1-VI-2000SumarioDesde la feContinuar
La globalización de la solidaridad será el nuevo reto del tercer milenio
Globalización sí, pero social
El mundo se achica, cada día se hace más pequeño. El desarrollo de las nuevas tecnologías y de las comunicaciones ha superado las distancias y salvado las fronteras naturales y políticas. Los pueblos se sienten solidarios sobre la tierra, y todos sin excepción están implicados en los mismos acontecimientos. El mundo está hoy tan interrelacionado que todo lo que acontece en un país tiene repercusiones inmediatas en el otro. El destino de la Humanidad se juega en círculos cada vez más cerrados: La prosperidad y el progreso de cada país son, en parte, efecto, y en parte, causa de la prosperidad y del progreso de los demás pueblos
La comunidad internacional ha entrado en la era de la globalización. Se habla de la economía global, de políticia global, de globalización financiera, globalización de mercados. El fenómeno de la globalización es ya un hecho irreversible. El concepto es nuevo y también sus problemas: Genera oportunidades y expectativas, a la vez que riesgos y tensiones. ¿Será ésta una amenaza fatal para la persona y para la identidad de los pueblos? Sus efectos negativos son deshumanización, inseguridad, conflictos y violencia, y empiezan a intraquilizarnos seriamente.

La globalización se ha hecho cuestión social por las reacciones que provoca con grave peligro de la paz social. Tenemos ejemplos muy recientes. Los disturbios de Washington paralizaron la ciudad por las protestas contra los efectos de la globalización, cuando la reunión de los siete grandes de la economía mundial; y movimientos contestatarios de anticapitalismo global se manifestaron por toda Europa, el primero de mayo, en protestas coordinadas y programadas contra la economía de la globalización. Pedían protección contra la hegemonía del capital y la tiranía del dinero que parece haberse hecho medida única del hombre. Movimientos fundamentalistas políticos y religiosos se mantienen en estado de guerra.

Pero la globalización es más que un problema social, es también oportunidad para el progreso de los pueblos, significa un gran paso adelante para el conjunto de la sociedad. La solidaridad ha dejado de ser una bella utopía, un imperativo moral para convertirse en condición de subsistencia para los hombres y para los pueblos. La globalización no supone necesariamente la desaparición de los valores morales y sociales, con prudencia y responsabilidad deben regularse los efectos de la globalización para potenciar las posibilidades de las personas y de los pueblos sin destruirlos. No podemos inhibirnos en este proceso irreversible so pena de quedar condenados a la asfixia.

Con prudencia y responsabilidad social habrá que regular algunos de los efectos de la globalización. No pueden dejarse a su arbitrio, si no se quiere degenerar en el caos económico y en una crisis social de consecuencias imprevisibles. Ni puede quedar la globalización financiera al arbitrio de las leyes del libre mercado, preocupado más por sus beneficios que por las personas. La doctrina social católica discute ahora cómo realizar esos cambios inducidos por la globalización y cómo compaginar personas, Estados, comunidad mundial en diversidad armónica dentro de la unidad global. Supone el reconocimiento de poderes locales y de identidades nacionales. No vamos a un cosmopolitismo uniforme. Pero será muy difícil y peligroso reconstruir las propias identidades, porque deben conservarse de acuerdo con las condiciones de la ética de la solidaridad.

En su homilía del primero de mayo, con ocasión del Jubileo de los Trabajadores, el Papa Juan Pablo II invitó a los cristianos a reflexionar sobre el fenómeno de la globalización, en su intento de actualizar las directrices de la doctrina social católica sobre la ética de la solidaridad. Reconoce, es cierto, la importancia de la globalización como herramienta de desarrollo y de progreso, como antes lo había hecho Pío XII durante la guerra fría. Pide, sin embargo, que las nuevas tecnologías se apliquen con prudencia y responsabilidad social, de modo que la globalización no lleve a la Humanidad a crear falsos valores a tenor de tremendas posibilidades y esperanzas de progreso. Nos compromete por ello a participar y asumir nuestras responsabilidades para estudiar los desequilibrios sociales y económicos con el fin de colaborar eficazmente en el restablecimiento de la jerarquía de valores.

Porque la globalización de las finanzas, de la economía, del comercio y del trabajo no debe jamás violar la dignidad de la persona humana ni la libertad y la democracia de los pueblos. Como lo demostrara Juan XXIII, en la era de la coexistencia pacífica, dignidad humana, libertad, tolerancia, democracia, son valores básicos irrenunciables, por cuyo restablecimiento y conservación debemos colaborar más allá de las ideologías y diferencias políticas, sociales o religiosas. Las personas son los protagonistas del progreso y nunca deben ser convertidas en meros instrumentos de la economía. Protesta el Papa contra la globalización de las economías que enriquecen a unos pocos mientras empobrecen o va dejando en el camino a muchos huérfanos económicos.

Invita finalmente a los cristianos a comprometerse en el proceso de la globalización, en la solución global de sus desequilibrios y de sus enfrentamientos, en las reformas del mercado, que deben estar al servicio de todos los hombres y de todos los pueblos. Porque no es el dinero sino el hombre la medida de todas las cosas, del desarrollo y del progreso. El reto del tercer milenio consiste, para Juan Pablo II, en globalizar la solidaridad entre los hombres y los pueblos, con fuerza suficiente para corregir y contrarrestar los riesgos y desequilibrios provocados por la actual globalización de economías y políticas, más sometidas a la tiranía absoluta del dinero y del espectacular desarrollo económico. La ética de la solidaridad se constituye en máxima garantía de los desequilibrios de la globalización. Por la educación y la formación de las conciencias se llegará a globalizar la solidaridad.

Luciano Pereña