RetrocesoA&ONº 215/1-VI-2000SumarioDesde la feContinuar
Armas y palabras
Hablan las armas por doquier. Las usa en España una banda asesina que se protege en la cobardía del tiro en la nuca, el coche bomba o el ametrallamiento a distancia; las usa, también aquí, el loco —o el cuerdo enloquecido— que apuñala a su esposa ante sus hijos; las usa en Sierra Leona quien maneja el machete para cortar manos o pies de hombres, mujeres y niños sólo culpables, como diría Calderón, de haber nacido; las usan, también en el África dramática, los Gobiernos de Etiopía y Eritrea, siameses enemigos, incapaces de acordar por las buenas el destino de mil desérticos kilómetros cuadrados dentro de una superficie de un millón doscientos mil, en la que sus pueblos mueren al mismo tiempo de hambre y se refugian en el Sudán vecino, no menos cruel, no menos pobre. Por fin, hablan las armas de fuego en manos de muchos ciudadanos de la democracia más violenta del mundo, como acaba de reconocer don Bill Clinton que la preside.

Las madres norteamericanas se han hartado, con sobrada razón. Un millón de ellas, poco más o menos, no se han quedado esta vez en casa en el Día de la Madre, sino que han salido a la calle, en Washington y en otras muchas ciudades norteamericanas, para pedir que se limite en algo, con medidas prudentes y poco radicales, la asombrosa facilidad con la que cualquiera puede tener un revólver, una pistola, un rifle, una metralleta, en el gran país del eterno Far West. Tienen toda la razón, sea cual sea el partido político al que esa razón pueda favorecen en las próximas elecciones. Y los candidatos a Presidente habrán de tener la hombría mínima de responder a esas madres, que pueden ser las suyas, y de resistir con alguna dignidad las presiones de uno de los grupos más poderosos y, por supuesto, mejor armados del ancho mundo: la Asociación Nacional norteamericana del Rifle. La cual ha presentado alternativas propias de aquella benemérita —e inútil— Asociación española de Palabra Culta y Buenas Costumbres, cuyos piadosos deseos contribuyeron más a empedrar el infierno que a pavimentar el camino hacia el cielo.

LAS PALABRAS

En otros lugares, por fortuna, se abren camino las palabras. Resuenan todavía en el fervor de un millón de portugueses y otros visitantes, no pocos españoles, las que escucharon directamente en Fátima a este Papa que acaba de coronar los ochenta años de la vida más fecunda que nadie pueda imaginar. Cruzan palabras no exentas de tensión los candidatos a la Presidencia del Perú, un viejo y hermoso país inca-hispánico cuyos rumbos quieren guiar dos protagonistas singulares, a los que el pueblo bautizó como el Chino, por más que su sangre sea japonesa, y el Cholo, que lo es como mestizo hispano-indio, aunque la que hable el mejor quechua parezca ser su esposa... belgo-israelí-norteamericana. ¡Honor a la antropóloga, sea o no Presidenta consorte!

Pronto, también, en otros dos países lejanos será, Dios mediante, el turno de las palabras. Zimbabue, que antes fue Rodhesia, anuncia elecciones parlamentarias para fines de junio; días después serán las presidenciales y legislativas en México. Son las primeras muy importantes por la sarta de desatinos, incluidos no pocos asesinatos, que ha incitado a cometer el Presidente Mugabe, quien veinte años atrás llegó con palabras conciliadoras al poder y hoy se aferra a él a cualquier precio, incluso el de la sangre. Quiera Dios que ésta se detenga ante las urnas y que puedan sus habitantes blancos, negros y mulatos, opinar en público con la libertad que se les niega y votar luego con ella, según su conciencia y su legítimo interés. Dejado en libertad real, no suele el sencillo pueblo equivocarse.

A los españoles, sin embargo, debe preocuparnos aún más lo que México se juega el primer domingo de julio. Es la primera vez, en más de setenta años, que la nación mayor y más poblada de nuestra lengua podrá de verdad decidir sobre el hombre que ha de presidirla con poderes enormes y sobre quienes van a compartir algo de ese poder en las Cámaras legislativas, en las ciudades, en los Estados de la Federación. Hasta ahora, todo ello estuvo siempre en manos del PRI, un partido realmente único que logró algo tan sorprendente como institucionalizar la revolución. No es exagerada la definición dada por Vargas Llosa de ese sistema mexicano como la dictadura perfecta, a la que no faltaba la coartada de algún partidito sostenido por el mismo poder absoluto. Eso, y sus méritos personales, explican la ilusión que don Vicente Foix, el atípico candidato del Partido de Acción Nacional o PAN, ha despertado en quienes esperan algo nuevo, fuera de décadas de somnolencia y no poca corrupción. Ojalá la Virgen morena de Guadalupe, a la que reverencian en masa los mexicanos más variopintos, guíe sus manos al transformar la palabra en papeleta electoral.

Carlos Robles Piquer