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El revolcón que han sufrido las orientaciones doctrinales de El País y la Cadena SER en las pasadas elecciones, ha forzado en el interior de estos medios el estudio de nuevas estrategias para conectar con una sociedad a la que reconocen no haber sabido entender. Curiosamente hay un aspecto que no ha sido sometido a crítica interna: el acoso sistemático a la Iglesia católica, cuyo enésimo episodio se ha centrado en la acusación a la Jerarquía española de no reconocer las culpas de la Iglesia en nuestra guerra civil. El problema de fondo es que el prejuicio anticatólico ha inducido en el imaginario de estos medios una figura fantasmagórica de la Iglesia, que no puede modificarse porque no hay resquicio alguno para que entren nuevos datos, nuevas imágenes que permitan un amplio debate en el que el mundo católico comparezca con su verdadero rostro y no con las caretas de carnaval que se le imponen desde las cocinas intelectuales de esta vanguardia iluminada. En el mismo polo ideológico que El País se sitúa un periódico tan reconocidamente laico como Le Monde, que publicó íntegramente la conferencia del cardenal Joseph Ratzinger en La Sorbona de París sobre la racionalidad del cristianismo, y se hizo eco, con grandes elogios, del debate suscitado entre el Prefecto de la Fe y el cardenal de Burdeos, Pierre Eyt, a raíz de dicha conferencia. Le Monde no es precisamente un diario católico, pero considera interesante escuchar y valorar la palabra de la Iglesia en el debate vivo de una sociedad plural, en la que no se puede negar su aportación sustancial (salvo ceguera ideológica enfermiza). Pues bien, recientemente el cardenal Ratzinger intervino en Madrid ante varios miles de personas desarrollando el mismo tema con sorprendente frescura y libertad, pero El País no quiso ni enterarse. Ejemplos como éste podrían multiplicarse. Pero el autismo que parece afectar a la mayor parte de la "intelligentsia" progresista de nuestro país con respecto a la Iglesia, afecta también a cuestiones de profundo calado ético y cultural, decisivas para el futuro de la civilización, como son la aceptación del aborto y de la eutanasia, la equiparación de la familia con las uniones homosexuales, o la manipulación genética (incluida la clonación humana). En todos estos temas, la tónica parece ser romper amarras, huir hacia delante, con una frivolidad que sólo se explica, una vez más, por prejuicios ideológicos. También aquí se echa en falta un auténtico diálogo que acoja con respeto la aportación de las diversas tradiciones que han contribuido a cuajar los pilares básicos de la convivencia civil, al menos en Occidente. Prisionera de sus propios esquemas y de sus propios fantasmas, y encerrada en su campana de cristal, esta cultura supuestamente progresista se recrea en sus propias imágenes, incapaz de abrir nuevos caminos y suscitar un saludable contraste en el debate social. Quizás la superación del viejo prejuicio anticatólico sea un factor más decisivo de lo que piensan sus sesudos representantes: la llave para emprender un camino con algo más de aire en los pulmones. José Luis Restán |
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El Señor no se conforma con medias tintas. El hombre sí. El Señor es amante de la Verdad con mayúscula. El hombre puede serlo de los apaños, porque se deslizan entre los dedos los intereses y , ya se sabe. Así que cuando leemos en la Escritura: Seréis santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo, lo primero que nos entra es el susto; y tendemos a aguar la expresión pensando que ya estamos con las utopías, las exageraciones... Pero no, resulta que la feliz expresión se repite en varias ocasiones en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, dejando claro que no es algo marginal, sino medular, constitutivo del hombre. No es un ideal inalcanzable; es, ante todo, una exigencia. Sí, claro, pero tampoco hay que pasarse, santos santos son o han sido personas especiales. Y ponemos a funcionar nuestra imaginación: personas que viven en la soledad de los claustros y, naturalmente, no les queda otro remedio que dedicarse a ello... Y no, la santidad es para todos: lo de ser santos va con todos, sin que falte uno. No obstante, nos cuesta entrar, estamos acostumbrados a igualar por lo bajo, a refugiarnos en esa especie de complejo de inferioridad de decir: Como los demás no luchan o luchan poco, yo no voy a mojarme demasiado; y, sin embargo, el Señor ha apostado fuerte por nosotros y no se conforma con medias tintas, quiere que elevemos el tono y arrollemos. Sin ir de triunfalistas, de acuerdo, pero teniendo como punto de referencia el parecernos a Cristo. Ante los mandamientos no se trata de optar o no, sino de abrazarlos apasionadamente. Son constructores del hombre. Y esto no es, por así decirlo, negociable. Somos libres. ¿No tratamos acaso de defender nuestra libertad? Pues tendremos que dar cuenta de nuestros actos libremente ejercidos. Para bien o para mal. Y eso nos pone ante la exigencia de aprender a amar de verdad. En eso consiste cumplir los mandamientos, y se resume el ser santos. Podemos poner excusas , pero amar es algo que está a la altura de cualquiera, ¿no? Al final, lo decía san Juan de la Cruz, seremos examinados en el amor. Una asignatura que no conviene dejar para una segunda convocatoria. Alfonso Sánchez-Rey |