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Para quienes piensan que el cielo y la tierra, Dios y el hombre, son esferas y mundos separados, la Ascensión de Jesús a los cielos es un argumento a su favor. Porque, queramos o no, muchos piensan que la Ascensión es un final feliz para una historia en la que Dios se acerca temporalmente al hombre para volver de nuevo a su Olimpo sereno y alejado del drama de los hombres. Con razón, el Prefacio de la misa de la Ascensión nos previene de este error: No se ha ido se dice de Jesús para desentenderse de este mundo. Desde la Encarnación, Dios y el hombre el cielo y la tierra han quedado indisolublemente unidos en Jesucristo, de forma que Él sube al cielo con nuestra carne, su apreciado botín, y el hombre queda en la tierra habitado de vida inmortal. La Ascensión no es ni huida, ni alienación, ni mito que viene a consolarnos de paraísos perdidos. La Ascensión es, según el evangelio de hoy, sinergia palabra muy de moda, unión de fuerzas, cooperación entre Dios y el hombre.San Marcos, el sobrio evangelista, no describe la Ascensión con el lujo de detalles de Lucas. Le interesa su valor teológico, no el lugar ni las circunstancias en que tiene lugar el misterio: Ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Con esta fórmula, el evangelista destaca la soberanía de Cristo, sentado junto al Padre, a la manera de la primera dignidad de los reinos orientales junto al rey o emperador. Cristo, sentado junto al Padre, goza de su autoridad, majestad y gloria. Es el Señor Jesús. Esta visión de Cristo, sin embargo, contrasta con lo que, a continuación, dice san Marcos: El Señor cooperaba con ellos. Da la impresión de que Cristo camina con los suyos, les acompañaba en las tareas del Evangelio, y confirma sus trabajos con signos que garantizan su verdad. Pero, ¿en qué quedamos? ¿No ha subido al cielo? ¿No se ha despedido para siempre de los suyos? Sólo en cierta medida. La tierra también le pertenece, es suya por derecho de creación y redención. Tanto como el cielo. Por eso, aunque envía a los suyos a predicar el Evangelio y a bautizar, Jesús, el Hijo de Dios, no se exime de cooperar con ellos. No es un Señor ajeno y despreocupado de las fatigas de sus apóstoles, ni del drama de los hombres que necesitan creer y ser salvados. Es el dueño de la mies, trabajador infatigable, cuidador de su Reino que se abre camino en esta tierra. Y aunque es Señor del cielo y de la tierra, no le importa convertirse en un sencillo colaborador de sus enviados. En realidad, la Ascensión de Cristo es una nueva forma de servicio. + César Franco |