RetrocesoA&ONº 215/1-VI-2000SumarioEl Día del SeñorContinuar
Año de Gracia
El hecho de que el Verbo de Dios haya asumido una naturaleza humana verdadera y perfecta, y se haya modelado y adoptado un corazón de carne que, no menos que el nuestro, pudiese padecer y ser alanceado, podría ser escándalo y necedad para algunos, como realmente lo fue Cristo crucificado para judíos y gentiles, si no se lo considera a la luz que brota, no sólo de la unión hipostática y sustancial, sino también del mismo fin de la redención humana que es como su complemento. Los evangelistas y demás escritores sagrados no se entregan deliberadamente a la descripción del Corazón de nuestro Redentor; sin embargo, con frecuencia destacan su amor divino y las conmociones sensibles con Él relacionadas, como son el deseo, la alegría, la tristeza, el temor, la ira: todo ello según se refleja en la mirada, en las palabras y en el semblante.

Con mucha razón se considera el Corazón del Verbo encarnado como el índice y el símbolo principal del triple amor con que elDivino Redentor ama continuamente alEterno Padre y a todos los hombres: del amor divino que le es común con el Padre y elEspírituSanto; de aquel amor que enriquece su voluntad humana; y finalmente de su amor sensible.

El culto alCorazón abierto de Jesús no es una forma cualquiera de piedad que se pueda libremente escoger en vez de otra o estimar en menos, sino de un obsequio religioso sumamente apto para conseguir la perfección cristiana. Si la devoción —según enseña santo Tomás— no es otra cosa que la entrega pronta de la voluntad a todo cuanto se relaciona con el servicio de Dios, ¿puede acaso haber un servicio de Dios más debido y necesario, y a la vez más noble y suave, que el que se presta a su amor?

Pío XII
de la encíclica Haurietis aquas