RetrocesoA&ONº 215/1-VI-2000SumarioEn portadaContinuar
El mensaje de Dios a los hombres
El cristianismo se presenta como un mensaje de Dios, dirigido a los hombres. Más exactamente como una larga historia de mensajes de Dios. El comienzo de la carta a los Hebreos es muy explícito sobre la estructura y el límite final de esa historia: Después de haber hablado Dios antiguamente a nuestros padres en los profetas en muchas ocasiones y de muchas maneras, en estos días finales nos habló en su Hijo.

El modo de hablar de la carta a los Hebreos sitúa al Hijo de Dios, a Jesucristo en la predicación de su vida terrena, como la fase última de la historia de las comunicaciones de Dios a los hombres. De esta situación se hacen eco unas breves, pero decisivas, palabras del Concilio Vaticano II: La economía cristiana, por ser la alianza nueva y definitiva, nunca pasará; ni hay que esperar otra revelación pública antes de la gloriosa manifestación de Jesucristo nuestro Señor.

El papel conclusivo de Jesús en la historia de la revelación de Dios a los hombres está en relación con el hecho de que Él no es un mero profeta que dice palabras de Dios, sino el Hijo, a quien en el prólogo del evangelio de San Juan se le llama, de modo personal, la Palabra de Dios. Lo es, sin duda, por ser su Palabra eterna e increada, el Logos. Nada hay superior a Jesús en el orden de Palabra:

Al principio existía la Palabra, y la Palabra existía con Dios, y la Palabra era Dios. Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.

San Juan de la Cruz vio con justeza la singularidad de Jesús como transmisor del mensaje y como mensaje Él mismo:

Si te tengo yo habladas todas las cosas en mi Palabra que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora responder o revelar que sea más que eso? En darnos como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya —que no tiene otra—, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar (Subida al Monte Carmelo 2, 22).

Al afirmar que Dios ya no hablará en el futuro, san Juan de la Cruz se refiere, sin duda, a la revelación oficial y pública que hay que abrazar con un acto absoluto de fe. Es el mismo plano en que se coloca al comentar las palabras ya citadas de la carta a los Hebreos: En lo cual da a entender el Apóstol que Dios ha quedado como mudo y no tiene más que hablar, porque lo que hablaba antes en partes a los profetas, ya lo ha hablado en Él todo, dándonos al Todo que es su Hijo (ibid).

Por todo esto es característico que el mismo Jesús, en el sermón de la Cena, describa la actividad del Espíritu Santo a lo largo de la historia de la Iglesia no como portadora de un nuevo mensaje, sino como centrada en recordar a los suyos lo que Jesús ya había dicho. La plena comprensión del mensaje de Jesús, hecha con la ayuda del Espíritu Santo, llevará a los discípulos a la verdad completa.

REVELACIONES PRIVADAS


Esta doctrina general no impide la existencia de revelaciones privadas que pertenecen a la vida mística de algunos fieles y a su vivencia cristiana. Se dirigen primariamente a quienes las reciben, aunque a veces se den también a conocer a la generalidad de los creyentes para su propia edificación. Tales revelaciones privadas subrayan siempre determinados aspectos del mensaje oficial de Jesucristo. Así es importante, en el conjunto de los mensajes privados de Fátima, advertir la importancia de la llamada a la conversión o a la reparación por los pecados del mundo. ¿No coincide este llamamiento con el grito insistente inicial de la predicación de Jesús: Arrepentíos y creed al Evangelio?

En ocasiones las revelaciones privadas del mismo Señor o de su Santísima Madre ponen su insistencia en relación con circunstancias históricas, algunas de las cuales pueden abrirse a un futuro más o menos inmediato que hace más urgente la nueva insistencia. En todo caso, las revelaciones privadas se colocan en un nivel totalmente diverso del mensaje oficial de Dios en su revelación pública a los hombres. Mientras que el mensaje oficial de Dios pide asentimiento pleno de fe, las revelaciones privadas, cuando se ofrecen a la totalidad de los cristianos, conservan siempre un sentido de ayuda y socorro para una mejor vivencia del cristianismo, ayuda y auxilio que nunca serán estrictamente indispensables para la vida de fe.

Cándido Pozo