RetrocesoA&ONº 215/1-VI-2000SumarioEspañaContinuar
Dios y el fútbol
Once pares de botas y un alzacuellos
El penetrante olor a hierba húmeda, el singular repiqueteo de los tacos sobre las losetas, los gritos del público jaleando la salida de su equipo, las últimas instrucciones del entrenador, las palabras de ánimo de los jugadores. Todo se detenía por un instante cuando asomaba al vestuario la figura de don Lucas. La llegada del sacerdote contenía el tiempo. Rezaba un Padrenuestro, deseaba suerte a los jugadores y el Racing saltaba al césped del Sardinero, unas tardes con más suerte que otras. Don Lucas murió y el equipo santanderino se quedó sin capellán. Los jugadores mantienen la costumbre de rezar antes de cada partido y, cómo no, su visita anual a la Bienaparecida, Patrona de la Montaña, pero la figura del capellán desapareció del organigrama del club, ahora sociedad anónima deportiva (SAD). El asiento del Pater ha desaparecido de la tribuna de otros muchos estadios de la Primera División; sin embargo, algunos sacerdotes continúan ocupando, domingo tras domingo, su lugar en la grada y recorriendo cada día los laterales de los campos de entrenamiento.

Dicen que el primer capellán de un equipo de fútbol fue el padre Arbeo, quien se llevaba a los jugadores del Atletic de Bilbao de Ejercicios espirituales allá por los 50. En 1956, don Juan Antonio Gracia, por aquel entonces coadjutor en el barrio zaragozano del Arrabal y aficionado empedernido del Real Zaragoza, recibe el encargo de dar unas conferencias cuaresmales a los jugadores. Pronto se convirtió en el capellán oficial del equipo. Su labor ha sido en otros tiempos más intensa que ahora, pero aún hoy mantiene su comida semanal con los veteranos, y un contacto humano con los jugadores, técnicos y directivos. Su presencia en el club es constante, y obligada en los actos religiosos oficiales, o en las celebraciones personales de los empleados. Ha casado a decenas de futbolistas, bautizado a sus hijos y compartido con ellos muchas peripecias. Ya no viaja con el primer equipo, como en otras épocas. Entonces —recuerda don Juan Antonio— decía una misa antes de cada partido, pero la asistencia siempre fue voluntaria; nunca obligué a nadie a que hiciera nada que no quería hacer, y ése ha sido, creo yo, el secreto para ganarme la confianza de los jugadores. Cuando los tiempos fueron cambiando y un jugador no quiso, por primera vez, asistir a la misa, fui yo el primero que le defendí ante los directivos.

Durante sus años de estudiante en Salamanca compartió equipo con don Ramón García, hoy canónico de la catedral de Oviedo, abogado y capellán del equipo de la capital del Principado desde 1968.

A LA VOCACION POR EL FUTBOL


Don Ramón ha estado siempre ligado al fútbol ayudando a los equipos de categorías inferiores como el Vetusta, filial del Oviedo, el Tradecó, el equipo de su barrio, y el San Fernando, formado por chicos de la Inclusa. En diciembre del 68, el entonces capellán, don Marcelino, sufrió un accidente de tráfico a la vuelta de un partido y falleció. La Directiva le pidió entonces que le sustituyera. En todos estos años —dice don Ramón— ha habido de todo: cosas buenas y malas. Apasionado del deporte, dice deberle su vocación al fútbol: Cuando, con diez años, mi padre me dijo que ingresara en el Seminario, yo pensaba en que allí tendría balones y compañeros con los que jugar; después, durante la adolescencia, entre los estudios y los resultados de los partidos no me quedaba tiempo para pensar en otra cosa; así que, poco a poco, el fútbol me fue acercando a Dios.

Su labor como capellán se centra también en la formación humana de los jugadores. La plantilla de un equipo de fútbol forma un heterogéneo grupo en el que conviven hombres de distintas edades, procedencias, nacionalidades y culturas; una extraña amalgama que, en contra de lo que se pueda pensar desde fuera, contribuye en ocasiones a aislar a las personas. Eso es lo que más le sorprendió a don José Carlos Areal cuando, hace un año, sustituyó al antiguo capellán del Celta de Vigo: No conocía la vida reservada de los jugadores. Como otros profesionales, comparten las horas de trabajo, pero luego cada uno se va a su casa; incluso los solteros fomentan poco el espíritu de grupo.

Don José Carlos asiste todos los días a los entrenamientos, conversa con los jugadores, les visita en sus casas y les recibe en la suya. Todos le respetan y le tratan con cariño y simpatía. Tan sólo alguno de los jugadores extranjeros se sorprende al enterarse de quién es. Su sueño es llegar a dar charlas de orientación humana a los jugadores, especialmente a los de categorías inferiores.

CAPELLAN DE LA SELECCION


Infantiles y juveniles son también la principal preocupación de don Elías Llagaría. Capellán del Valencia, por nombramiento del arzobispo, desde 1961, don Elías tiene todas las semanas una comida en Paterna con los chicos de los equipos base del Valencia. Allí, entre goles y penaltis, conversa con los futbolistas más jóvenes y trata de inculcarles valores humanos que les sirvan de guía en sus vidas.

Con los mayores se encuentra igualmente cómodo. Los de antes —dice— se identificaban más conmigo, pero ahora nuestra relación es igualmente cordial y amistosa. Me gastan bromas; yo también se las gasto a ellos; en general creo que caigo bien. Don Elías también ha notado el cambio en el fútbol. La llegada de tantos jugadores extranjeros ha convertido a los equipos en auténticas torres de Babel. Respeto y discreción han sido siempre sus armas. Gracias a ellas ha vivido momentos muy bellos: Como capellán del Valencia y como director de la escuela de deporte, del Arzobispado de Valencia, he podido ser testigo de grandes actos de generosidad de los jugadores. Algunos de ellos me utilizaban como intermediario para hacer llegar donativos anónimos a personas y familias necesitadas. A don Elías aún le queda tiempo para atender la ermita de la Virgen de los Desamparados ubicada en el mismo estadio de Mestalla, donde dice misa todos los días.

Si ser capellán del Valencia le ha dado muchas satisfacciones, no menos importante es el recuerdo que guarda del paso de la Selección española por El Saler durante la concentración del equipo nacional en el Mundial de 1982, celebrado en España. Contó con la ayuda del gran delantero Enrique Castro Quini como acólito.

ASCENSOS Y DESCENSOS


El fútbol ha pasado en sesenta años de deporte, a espectáculo de masas, y últimamente se ha convertido en uno de los negocios que más dinero mueven en el continente. Este cambio ha afectado también a las relaciones humanas en los vestuarios.

Don Carmelo Enciso ha vivido muy de cerca esta transformación. Capellán del Numancia, de Soria, hace veintidós años, ha visto pasar al equipo de la categoría Regional a la Primera División, seis ascensos que han trasformado la forma de vida en un club de los denominados modestos. Se explica: En Regional Preferente los futbolistas eran todos chicos de Soria, aficionados que estudiaban o trabajaban. A medida que el equipo fue ascendiendo de categoría, fueron llegando los profesionales. Hoy son jóvenes conocidos y admirados en esta ciudad, ganan bastante dinero, y la gente les para por la calle. El cambio ha sido muy grande. El único que no ha cambiado su forma de comportarse con los jugadores ha sido don Carmelo. Él mantiene sus charlas con unos y otros sobre cuestiones de actualidad, sobre fútbol, y sobre mil temas diferentes para llegar al interior de cada uno. Ellos le ven como alguien familiar y cercano, y nunca ha notado rechazo o actitudes displicentes: El deporte está muy cerca de la religión. Es un esfuerzo por conseguir algo, pero un esfuerzo no individual sino colectivo, un esfuerzo en el que hay que volcarse con los demás para llegar al fin que se pretende. En esto se parece a la religión. El padre Enciso preside los actos de inicio y final de temporada en la ermita de San Saturio, sencillos pero emotivos: Había un jugador muy simpático que decía que, aunque era poco religioso, sentía una gran emoción en esos actos: verse todos juntos ante el Patrón le reconfortaba y le anima a empezar la temporada; eso ya es un primer paso parar creer.

Si los buenos resultados cambian a un equipo, los malos lo hacen mucho más. Don Daniel Antolín ha vivido este año el primer descenso del Atlético de Madrid. Lleva treinta años como capellán del club acudiendo siempre a la llamada de quien le solicita. El fútbol es su hobby; su presencia trata de ser testimonial. Hoy —afirma— es más difícil organizar actos porque lo religioso ha perdido importancia en favor de otros aspectos como los económicos. Su relación con los futbolistas es igualmente cordial.

El fútbol tampoco le ha dado muchas satisfacciones este año a don Ángel Martín Sarmiento, claretiano y bético hasta la médula, de los que piensan que el beticismo es una forma de vida, y de los que rechazan la típica frase Viva er Beti manque pierda, porque supone aceptar las derrotas de su equipo. El padre Martín Sarmiento pisó por primera vez el estadio de sus amores en 1953, el mismo año de su ordenación sacerdotal y conoce a la perfección sus funciones como capellán: Un capellán no está en el organigrama directivo, técnico, ni deportivo, pero la Iglesia debe estar presente en toda actividad humana, no para dirigirla, sino para asistir a las necesidades religiosas del club y de los jugadores. Mi relación con ellos es estupenda; de tú a tú.

Don Ángel dice siempre que el fútbol sirve para evangelizar. El paso del tiempo no le ha hecho olvidar la frase que un día le dijo un futbolista ya retirado: ¿Yo puedo ser santo jugando al fútbol? Preguntas como ésa, y otras, le hacen sentirse útil entre los futbolistas: Procuro que haya paz entre ellos, aunque las situaciones sean delicadas; que los que vienen de fuera no pierdan la vivencia religiosa de sus hogares, si partieron de hogares cristianos.

El único consuelo de los béticos es que las cosas no van mucho mejor en el vecino barrio de Nervión. Con el Sevilla descendido a Segunda División, el anciano capellán del club, don Francisco Teruelo Domínguez, no encuentra en lo deportivo el ánimo que necesita su cansado cuerpo para continuar ejerciendo su labor de toda la vida. Lo mismo ocurre en La Coruña, donde uno de los capellanes más veteranos, don Rafael Taboada Vázquez, sigue al pie del cañón cuando le requieren, pero sus muchos años hacen su presencia cotidiana cada vez más difícil.

Todos estos capellanes han dedicado sus vidas a unos grupos humanos peculiares y difíciles, los de los jugadores de fútbol. Todos han tratado de trasmitir a estos jóvenes, de carrera corta e intensa, la idea que recientemente dedicaba Su Santidad el Papa a los futbolistas del calcio italiano: el fútbol favorece el espíritu de grupo y de unión de los compañeros; cuando el delantero consigue marcar el gol, no está haciendo más que rubricar el esfuerzo de todos y cada uno.

Javier Bosque