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Los mexicanos han tenido que esperar casi un siglo para rendir un solemne homenaje público a la Eucaristía mediante un nuevo Congreso Eucarístico Nacional. El primero se celebró el año 1924. Muchos de los católicos que participaron en aquel congreso fueron encarcelados por ello y, poco después, el Gobierno prohibió todo acto religioso en lugares públicos, medida que desencadenó la guerra llamada de los cristeros, porque morían aclamando a Cristo.Las relaciones entre el Estado y la Iglesia comenzaron a normalizarse en la década de 1980 y culminaron en 1991, durante el sexenio del Presidente Carlos Salinas de Gortari, con la reforma de la Constitución política y el establecimiento de relaciones diplomáticas con la Santa Sede. Actualmente, la actitud de las autoridades civiles hacia la Iglesia, con mayor tolerancia, ha permitido llevar a cabo este importante acontecimiento eclesial, incluida una solemne procesión con el Santísimo por las calles centrales de la capital. Como ha declarado monseñor Luis Barrera Flores, este Congreso constituye el acontecimiento religioso más importante para la Iglesia mexicana en este Año Santo. El 21 de mayo, México celebró en Roma su propio Jubileo. Con este motivo, fueron canonizados 27 nuevos santos mexicanos: 25 mártires de la persecución religiosa, así como un sacerdote diocesano y una religiosa. Durante los años de la persecución de la Iglesia dieron su vida por la fe católica cientos de sacerdotes y laicos. El primero en ser elevado a la gloria de los altares fue el jesuita Miguel Agustín Pro, beatificado el 25 de septiembre de 1988. Le siguieron otros 25 mártires en noviembre de 1992: 22 sacerdotes y tres jóvenes laicos. También fue beatificado el padre Elías del Socorro Nieves Castillo, sacerdote agustino. Todos fueron asesinados de manera bárbara por las autoridades federales, que, de este modo, querían atemorizar a los fieles. |
| IMPENSABLE HACE POCO
Uno de los teólogos iberoamericanos de mayor prestigio en estos momentos, Javier García, catedrático del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, afirma que la canonización de los mártires mexicanos constituye la punta del iceberg de uno de los fenómenos más característicos (y difíciles de entender desde fuera) de la historia de México en este siglo: la fe en el segundo país católico del mundo (numéricamente hablando) hasta hace muy poco tiempo era reprimida de la vida pública. Durante prácticamente un siglo el derecho a la libertad religiosa y de culto, sancionado por la Carta de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, ha vivido en estado de libertad condicionada. Por desgracia, la actitud cultural laicista todavía está presente en México. La élite del país, la clase gobernante y las principales Universidades estatales tienen todavía un planteamiento de carácter materialista, positivista, hostil y desconfiado con respecto a la Iglesia católica. Aunque hay católicos en el Gobierno, no manifiestan públicamente su identidad. En México se cuentan muchos chistes, como el de quien dice: "Yo soy ateo por la gracia de Dios"; o el más típico todavía de quien confiesa: "Yo soy ateo, pero que nadie se meta con la Virgen de Guadalupe". La proclamación de la santidad de estos nuevos santos ha estado precedida por una gran expectación en México continúa. A pesar de que la mayoría de los gobernantes parecen mostrarse desconfiados ante la religión, se está evaluando la posibilidad de dedicar no sólo iglesias, sino también calles y plazas a la memoria de estos mártires. Es algo que, hasta hace poco tiempo, era totalmente impensable. Este cambio queda demostrado también por la atención con la que el partido en el Gobierno sigue ahora a la Iglesia católica. Zenit |