|
|
Hace cuatro años, en el santuario del Cerro de los Ángeles, y al terminar la Jornada de oración por la santificación de los sacerdotes, el día del Sagrado Corazón de Jesús, mi obispo, monseñor Golfín, me propuso ir de párroco a la iglesia de San Juan Bautista de Fuenlabrada. Sin dudarlo, y con mas ingenuidad que valentía, le di mi disponibilidad.La comunidad parroquial que se me encomendaba tenía 15 años de vida, una población de unas 40.000 personas, en su mayoría jóvenes, con una edad media de 19 años, y una baja práctica religiosa, del 6 por ciento. En septiembre de 1996 me hice cargo de la parroquia, junto con otro sacerdote, al igual que yo miembro del movimiento de Comunión y Liberación, y posteriormente se incorporaron dos presbíteros de la Fraternidad San Carlos Borromeo, de sacerdotes misioneros. La experiencia que habíamos vivido anteriormente nos enseñaba que el camino a seguir para la nueva misión que se nos encomendaba era pedir y construir una comunión verdadera entre los sacerdotes, que nos confortaría en la vocación y sería fuente de salud para nuestra parroquia. CONSTRUIR UNA CASA Como ha dicho Juan Pablo II, el hombre de hoy necesita no maestros, sino sobre todo testigos, por lo tanto el primer paso no fue preparar una táctica o un proyecto, sino favorecer la experiencia cristiana verdadera entre nosotros. Desde los años del seminario he aprendido la necesidad de contar con una compañía de hombres, un lugar donde cotidianamente ser hijo, para luego ser padre, ya que es indudable que para generar a otros es necesario primero ser generado. Aunque podemos educar con lo que decimos o hacemos, es sobre todo con lo que somos como comunicamos verdaderamente. |
| Seguir a una compañía vocacional es lo que me ha facilitado hacer experiencia en primera persona de la fe, y esto se ha concretado viviendo en una casa con otros sacerdotes, siguiendo una autoridad y una regla. Comenzamos el día con el rezo de Laudes y una hora de oración, adaptándonos a los que tienen que salir antes de la casa, y luego desayunamos juntos; el día lo concluíamos con la oración de Completas. Esto nos está ayudando a vivir la vocación buscando el rostro de Dios en medio de las circunstancias de la jornada. Empezamos a concebirnos juntos, a vivir la fraternidad sacerdotal como el primer lugar misionero. Especialmente significativos están siendo los momentos de convivencia durante las comidas, o en los ratos libres, donde contamos lo que nos ocurre, preguntamos, o afrontamos dificultades que no han faltado nunca; incluso los problemas en la convivencia no han reducido el ideal, más bien están siendo una oportunidad para ir más al fondo, ocasión en definitiva de preguntar al Señor: ¿Qué me quieres decir con esto?
Sólo ofreciendo la totalidad de la vida de la Iglesia en su sacramentalidad y enseñando su fe, hemos podido caminar hacia adelante. Ofrecimos los sacramentos de la Iglesia, lo que suponía entre otras cosas celebrar misa diaria aun estando solos los sacerdotes, sentarse en el confesionario, o convocar a los jóvenes a la Confirmación después de 15 años sin celebrarse. Para resolver el problema de la formación cristiana, secundamos la propuesta del Papa de realizar una catequesis sobre el Misterio Trinitario, en los tres años previos al Gran Jubileo. Convocamos a todos a un curso semanal donde, y sobre todo, hemos hecho una propuesta atractiva de la fe, mostrando su razonabilidad, humanidad y universalidad, a la vez que respondíamos a la confusión de ideas sobre la fe, el Magisterio, la jerarquía, o el relativismo moral. La experiencia de estos tres años ha sido muy positiva, sobre todo al comprobar cómo la realidad de la Iglesia, cuando se propone con toda su fuerza, da vida a las personas. Igualmente he podido ver cómo algunos alejados han sido atraídos a la fe adquiriendo incluso importantes compromisos cristianos. De aquí han surgido iniciativas que han dado horizonte a la parroquia, como ha sido el caso de algunas peregrinaciones a Roma y a Santiago de Compostela, que han facilitado además las relaciones fraternas. Gracias a Dios se ha ido creando un espacio para vivir la fe donde es posible la caridad y el perdón. Esto ha conducido incluso a que algunos feligreses pidieran perdón al obispo por la agresión que le infringieron, quedando así, por gracia, restablecidas las relaciones con nuestro pastor. LA MISION, A TODOS La apertura de la Puerta Santa por Juan Pablo II en la noche de Navidad despertó en mí, y en muchos de los fieles, un deseo de secundar el gesto papal. También nosotros queríamos decir a nuestros vecinos que la puerta de nuestra parroquia está siempre abierta a todos, y que incluso, tanto para los satisfechos como para los desesperados, Jesús es la verdadera novedad que supera todas las expectativas y que hace más humana la vida de cada hombre. Acordamos enviar una carta a cada domicilio de la parroquia, que escribimos con gran entusiasmo y distribuimos con notable participación. Un primer fruto ha sido que muchos han dejado de ser considerados simples vecinos anónimos y ahora los identifican como católicos, saben en qué número de su calle viven, tienen que dar la cara y a muchos se les ha despertado un interrogante: ¿Por qué hacéis esto? ¿Qué os ha pasado? Este mismo deseo ha llevado a organizar una exposición sobre los orígenes históricos del cristianismo, donde hemos ofrecido a todo nuestro barrio la posibilidad de conocer las razones de nuestra fe. Han sido muchos los que han disfrutado explicando la Muestra a los compañeros de colegio, vecinos y familiares, convirtiéndose así en misioneros. Concluyo agradeciendo a la compañía vocacional que Dios me ha dado por ser fuente de vitalidad pastoral; al Santo Padre, a la vida y enseñanza de la Iglesia al ser faro y guía de nuestra misión, a la vez que impulso para abrazar y comunicar a todos los hombres la vida nueva que brota de Cristo. Julián de la Morena |
|