RetrocesoA&ONº 216/8-VI-2000SumarioAqui y ahoraContinuar
Una reflexión oportuna
El orden y la disponibilidad
Dos términos que, hasta donde yo conozco, forman un cuerpo único, de suerte que no cabe la eliminación de uno sin que se infrinja un daño irreparable al otro. Ya habrá adivinado el lector que me estoy refiriendo al sacramento del Orden sacerdotal, en el primer término, y a la disponibilidad personal, en toda su magnitud, por lo que se refiere al segundo. Es más, cuando hablamos de disponibilidad no lo hacemos sobre una dimensión abstracta, sino como actitud de ponerse incondicionalmente a la disposición de alguien que, en la Iglesia católica, es la Jerarquía que la tutela y gobierna.

No podría ser de otro modo, si verdaderamente hablamos de una actitud de disposición. Hacerlo ante una abstracción, o más aún hacerlo ante una Iglesia cuya voluntad para disponer pasa por mi interpretación personal, porque también yo soy Iglesia, no pasa de ser una fórmula cómoda de disponibilidad, que es tanto como decir una no disponibilidad o, lo que es lo mismo, una disponibilidad sometida a la condición del autobeneplácito.

POR LA FE


La disponibilidad, quizá no de la forma excelsa que uno espera del sacramento del Orden, se da en otros muchos campos. Hablamos de disponibilidad en la vida matrimonial, cuando uno renuncia a sus pretensiones personales, sin duda justificadas, para acercarse y asumir la que le impone la vida en común; la de la paternidad o la filiación, con situaciones semejantes a las de la vida matrimonial. Incluso en el mundo económico, político, en la esfera social, se dan casos de disponibilidad, como ingredientes esenciales para la vida en comunidad, sea ésta la empresa, el partido o la actividad de gobierno, o simplemente la vida armónica de la sociedad en cualquiera de sus esferas.

Todas estas disponibilidades, excepción hecha de las de la vida familiar, nada tienen en grandeza que pueda ser comparable a las que son ingredientes esenciales de la vida eclesial, y, muy en particular, de aquellos que consagraron sus vidas a tal misión, recibiendo el Orden sacerdotal.

Como católico laico, el concepto de disponibilidad, tanto en la esfera personal propia, como en la de aquellos que tienen encomendada la función de guiar a la grey, lo tengo presente con toda transparencia y nitidez; lo otro sería andar con eufemismos perturbadores, en unos casos descorazonadores y en otros incluso escandalizantes.

Disponibilidad es la que nos muestra la exclamación: Si es posible, pase de Mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya; disponibilidad es la que tuvieron san Esteban, san Pedro, primer Papa, y la de tantos mártires que les siguieron en la rica historia de la Iglesia. ¿Encontraron todos ellos justificado humanamente el martirio? Seguramente, no. Pero estuvieron disponibles por la fe que profesaron. ¿Qué pensarían todos aquellos mártires ante las dimisiones de eclesiásticos frente a sus obispos? ¿Qué pensarían de su contestación, cuando no rebelión? ¿Qué pensarían, ante la prevalencia de objetivos en los negocios del mundo frente a los asuntos que interesan al cuerpo místico? ¿Hemos olvidado la estrofa horaciana Beatus vir...?

RESPONSABILIDAD


Seguramente, por el contrario, se seguirá esperando de los laicos una mirada atenta a los signos de la Jerarquía para que, fieles al pastor, mostremos nuestra pertenencia al redil. La lección es unívoca y de aplicación universal. Así fue la voluntad de Cristo al instituir la Iglesia en la cabeza de Pedro. Él y sus sucesores, durante veinte siglos, han asumido la responsabilidad de gobernar y dar cuentas de la misión. Con él el Colegio Apostólico y, con sus sucesores, los obispos como sucesores de aquel primer Colegio, han ejercido y ejercen la labor del gobierno de la Iglesia, con la responsabilidad que les ha sido conferida, siendo luz que ilumina el camino por el que debe discurrir la grey. Los laicos necesitamos de la jerarquía la Luz que ilumine, no la oscuridad que confunda.

Disensiones de los obispos frente al Sumo Pontífice, de los sacerdotes ante sus obispos, son el germen, cuando son públicos, de un disenso más generalizado de los miembros de toda la Iglesia frente a los pastores que la conducen. Ejemplos elocuentes, de estas veleidades, los encontramos en momentos históricos de división esterilizante, al anteponer criterios personales a los intereses de la Iglesia universal o de las Iglesias particulares, como cuerpo místico de Cristo.

José T. Raga