RetrocesoA&ONº 216/8-VI-2000SumarioContraportadaContinuar
María estaba con ellos
Concluye Lucas, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, su narración de la Ascensión con un dibujo de lo que fue la primera Iglesia: Cuando hubieron llegado, subieron al piso alto, en donde permanecían Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago de Alfeo y Simón el Zelotes y Judas de Santiago. Todos éstos perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María, la Madre de Jesús, y con los hermanos de éste.

¿Qué habitación alta era ésta que les reunía? La tradición ha colocado esta escena en el mismo lugar en que se celebró la última Cena, habitación alta también. Sin embargo, no es muy seguro e incluso tampoco muy probable. El Cenáculo era un hermoso salón en el piso alto de una rica mansión. El término utilizado aquí por Lucas es diferente: parece más bien designar una construcción sobre una terraza, generalmente una vasta pieza no muy adornada, pero sí suficientemente aislada del ruido de la calle.

El evangelio de Lucas atribuye después un lugar importante a las mujeres. Algunas habían sido elevadas a la categoría, fundamental en la primera Iglesia, de testigos de la resurrección del Señor. Y María, la Madre de Jesús, en el centro de todas ellas. Su sola presencia es, como escribe Bernard, indicio de grandes acontecimientos.

Este grupo insólito y tan heterogéneo —que recuerda al presentado por Juan en los comienzos de la vida pública— se une, sin embargo, en la fe y en la oración. Y en la esperanza.

Es el núcleo vital de la primera Iglesia. Jesús les había ordenado esta vez que no se moviesen de Jerusalén, porque Él les enviaría su Espíritu. No entendían qué nueva venida podría ser ésta. Pero creían y esperaban, unánimes en la oración. Y comprobaban —como los de Emaús—, en el calor de sus corazones, que Jesús no se había ido del todo. Ellos le habían visto perderse entre las nubes. Pero seguía latiendo en aquel unánime corazón de todos ellos.

María estaba con ellos, presidiéndoles. Todos la miraban ahora con una muy especial ternura. Ella debía experimentar la soledad más que nadie. Pero no estaba triste. Porque también experimentaba la presencia de Jesús más que nadie. Hablaba poco, oía mucho. Se diría que era ella la discípula. Le gustaba que le contasen cosas de su Hijo, pues ella no había asistido a ninguna de aquellas cosas que los apóstoles recordaban ahora. Sorbía las palabras de su Hijo que ellos iban reconstruyendo. Y los días resultaban cortos para recordar y orar. ¿Repetían alguna vez la Eucaristía? Es muy probable. El Maestro se lo había dicho: Haced esto en memoria mía.

Entonces ocurrió algo enorme. El texto de los Hechos nos dice que se produjo de repente un ruido proveniente del cielo, como el de un viento que sopla impetuosamente, que invadió toda la casa en que residían. Aparecieron, como divididas, lenguas de fuego, que se posaron sobre cada uno de ellos, quedando todos ellos llenos del Espíritu Santo.

de Jesucristo (Ed.Urbión)

Como sea cosa honesta y honrosa, según nos amonesta el arcángel Rafael, descubrir y manifestar las obras de Dios, es sin duda muy peligroso callar y encubrir las maravillas de Cristo, las cuales tienen mayor gracia y ornato, si se relatan con estilo común y sencillo; pues que la hermosura y elegancia de la virtud, tanto más se encubre, cuanto con palabras superfluas y redundantes se afeita y disfraza. Por lo cual empezaré a referir las grandezas que Cristo se dignó obrar entre nosotros, con un estilo no compuesto, sino llano y verdadero.

Cierto presbítero de santidad conocida, viniendo de Jerusalén estuvo algunos días en Magon, y no pudiendo pasar a las Españas, como deseaba, determinó volver al África. Entonces, habiendo resuelto de llevar aEspaña las reliquias del bienaventurado sanEsteban, que poco ha se habían descubierto, las colocó por revelación del mismo mártir en la iglesia del dicho pueblo. Con lo cual, luego al momento, con la caridad del Protomártir, se vino a encender aquel fuego que el Señor ha enviado a la tierra, y quiere que arda en nosotros. Porque luego nuestra tibieza se encendió en nuestro corazón, que quedó hecho un ascua abrasada en el camino, como queda escrito, ardiendo dentro de nuestros pechos el celo de la salvación de toda aquella muchedumbre. Con lo cual, dando de mano a la familiaridad, conversación y trato que con los judíos teníamos, convertimos el amor en odio temporal, con el deseo de que aquellos alcanzasen la salud eterna. Y así no se veía otra cosa en las plazas, sino disputas y conferencias de la ley, y en todas las casas contiendas sobre la fe.

Dos principales judíos, Melecio, hermano de Teodoro, e Inocencio, que huyendo de las ruinas de España había venido a esta isla con toda su familia (así lo cuentan ellos mismos bajo solemne juramento), se habían retirado a una cueva o peñasco, juntándose con algunos otros judíos de linaje humilde, y bajo los cuales habían escogido a estos dos, por principales caudillos de su retirada. Éstos, pues, determinaron, de enviar a los dichos dos varones, los cuales eran de edad robusta y más animosos, a esta ciudad, para que viesen y reconociesen lo que aquí pasaba. Entonces dijo Melecio a Inocencio:

"¿Qué es esto, hermano, que no puedo desarraigar de mi corazón una palabra blasfema, según enseña nuestra religión? Porque desde que el pueblo de los cristianos ha dicho en alta voz que mi hermano se había convertido, no tengo otra cosa en mi corazón y lengua, sino estas palabras, que hasta hoy yo del todo ignoraba: "Cristo, en tu nombre". Las cuales, cuanto más pretendo desarraigar de mi pecho, tanto más tenazmente permanecen fijas en él".

Respondió entonces Inocencio:

"Ciertamente yo entiendo que es cosa de Dios que esa palabra, la cual tú dices, y es averiguado entre todos que jamás tuvo cabida en tu corazón, ni tu boca se dignó pronunciarla, esté ahora tan fuertemente arraigada en tu pecho".

J. F. S.