|
|
No es la Comunicación máxima de Dios, la Encarnación de la Palabra que da el aliento de vida, lo que celebramos en este Año Dos Mil? Haré escuchar al abatido una palabra de aliento. Es la promesa de Dios al hombre, cumplida con creces al hacerse carne su misma Palabra eterna. En este Año Jubilar celebramos su dos mil aniversario, y los periodistas acabamos de vivir, el pasado domingo en Roma, nuestro particular Jubileo, sin duda muy especialmente significativo: somos los profesionales de la palabra. Todo el pueblo cristiano está recibiendo con abundancia las gracias de este Año Santo que abre las puertas del tercer milenio, y si todos los grupos y estamentos diversos que no dejan de acudir a la Ciudad Eterna a ganar la indulgencia jubilar tienen motivos sobrados, justamente, para la esperanza y el júbilo, más aún si cabe los tenemos los profesionales de la comunicación.Con frecuencia, desgraciadamente, las palabras han dejado de ser tales: son dardos que hieren y destrozan el alma, en lugar de dar aliento al abatido, que ésa y no otra es la misión de la Palabra. Cuando es muerte, y no vida, lo que se comunica, la profesión periodística deja de ser tal: ha quedado abatida, pero en el sentido más crudamente físico del término. Sólo la Palabra creadora, la que da el aliento de vida, puede resucitarla. |
| El cardenal Darío Castrillón nos decía a los numerosos periodistas reunidos en Roma esperaban 700 y las inscripciones han superado con creces el número de 7.000 que tenemos que ser santos. Algunos medios han dicho que el cardenal colombiano utiliza un vocablo demasiado grueso, y trataban además de contraponerlo al juicio que considera la honradez en la profesión periodística poco menos que imposible. Más bien lo imposible sería lo contrario. El hecho de que los medios de comunicación tantas veces se alejen de la Iglesia, e incluso la ataquen directamente, no significa en absoluto que tengan una misión distinta: religiosa, la Iglesia; mundana, los medios. ¡Nada más lejos de la realidad! ¿Acaso la Iglesia no es para el mundo? ¿Y acaso no es profundamente religioso comunicar la verdad y el bien, precisamente la razón de ser de los medios? Es un mismo servicio a los mismos hombres.
Es evidente que Iglesia y medios de comunicación hemos de trabajar juntos, como nos ha recordado el Papa. Al margen de la Verdad, la sociedad de la información no es tal. No es cierto que hoy se esté superinformado. Lo que se está es superdesorientado. La avalancha incontenible de informaciones que no ofrece al abatido una palabra de aliento, no produce sino el caos de la desorientación, como apunta el espléndido documento vaticano Ética en las comunicaciones sociales, recientemente publicado por el Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales. Juan Pablo II, con meridiana claridad, nos ha dicho: No se puede escribir o transmitir sólo en función del grado de audiencia, sino al servicio del hombre. El derecho a la información no puede separarse de todos los otros derechos de la persona, algunos de ellos más básicos y fundamentales. Sólo la respuesta a esos derechos básicos, que bien podrían resumirse en el de escuchar una palabra de aliento, es la razón de ser de todo medio auténticamente humano de comunicación. Y esa respuesta no es otra que la Palabra, sin la cual, toda otra palabra es incapaz de dar aliento de vida alguno. Al revés, se la lleva el viento. |