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Con esta manida imagen de los aires nuevos me refiero a aquellas películas de calidad artística al estar en el Festival de Cannes se les supone, en principio que la tienen completa: que tienen una calidad artística completa, porque junto a su felizexpresión hay verdad en lo expresado. Hay hermosas películas portadoras de valores humanos, frente a un tipo de cine que pretendería hacer pasar por liebre cierto gato podrido (o perro muerto). Tengo que referirme, en primer lugar aunque haya otras en esa línea, a la premiada por el Jurado Ecuménico: Eureka, del japonés Aoyama Shinji. Por su gran belleza formal y su profundización en los valores universales, este film conduce al espectador por un largo camino hacia la luz; éstas son las palabras del Jurado que motivan el Premio. Es realmente un largo metraje (tres horas y treinta y siete minutos), con un lenguaje cinematográfico de belleza extraordinaria: imagen y sonido significativos, y pocas palabras. El director y los principales actores, presentes en la sala de proyección, escucharon de pie, entusiasmados, aplausos, casi interminables. Y dos menciones del Jurado Ecuménico: una para esa buena película llamada Fast Food, Fast Women (Comida rápida, mujeres rápidas), de Amos Kollek, judío neoyorkino, que inicialmente puede sorprender. En realidad se trata de la presentación de un mundo, el actual, débil, vacío, incapaz de sacrificio, que se aboca al sexo como único horizonte de felicidad, que masivamente se le ofrece. Un mundo que, mínimamente ayudado, despierta lo que en el fondo de su conciencia y naturaleza dormía: la necesidad de un amor humano, de crear una estabilidad, la familia. |
| La otra mención es para Code inconnu (Código desconocido), de Michael Haneke, austriaco, autor de Funny Games (1977), aquel terrible y violento alegato contra la violencia. Ese desconocido código no es otro que el de la íntima y misteriosa ligazón de las acciones humanas. Un acto libre aislado no lo es: repercute su acción en tantas otras personas, para bien o para mal. El guión también está construido como un ancho entramado de secuencias y consecuencias, un mosaico de extremos a veces desconocidos. Juliette Binoche es la actriz principal. Es curioso que ambos realizadores, Haneke y Kollek, sean filósofos, y ejerzan. Quiero decir que es gente que piensa, y no sólo en ganar dinero caiga quien caiga. Ya hay mucho caído.
También es una película muy valiosa la Palma de Oro, que este año ha sido para Lars von Trier con su Dancer in the Dark. Yo lo traduciría libremente como Bailando en la oscuridad. Una variante él mismo lo dice de Rompiendo las olas, con una heroína semejante; en ésta, la piadosa Bess (Emily Watson) hacía repugnantes burradas por amor a su marido. En la nueva versión, Selma (Björk) hace verdaderos actos heróicos ahorrando por amor a su hijo, aunque también se excede hasta lo absurdo en la defensa de su dinero. ¿Por qué ese gusto de von Trier por lo muy anormal que, al menos, empaña la acción buena? LA ESPERANZA ORIENTAL
Junto a la acción heroica de la madre, hay la múltiple solidaridad de sus compañeros de trabajo. Y también un tremendo ataque (se desarrrolla en USA) al formalismo norteamericano, al legalismo hasta la más injusta injusticia. Y hasta la insolidaridad más insolidaria cuando se trata de rascarse el bolsillo. ¡Qué espanto! Hay que de-sear que casos como éste la película se estrenará enseguida en España sean muy pocos, o sólo ése. Otras e importantes películas merecerían subrayarse, como Les destinées sentimentales, de Olivier Assayas, que presenta de modo convincente el valor del trabajo bien hecho, por motivos nobles. Pero, me parece a mí, que es el Oriente quien ha traído (quizá no sea una excepción) una visión más esperanzada de la vida, y positiva, con sus valores enraizados en la persona humana. Refiriéndome sólo a las premiadas: Mejor dirección: Edward Yang, taiwanés nacido en Shanghai, por Yi Yi, de la que también es autor del guión. Es un matrimonio de clase media con dos hijos: una adolescente y un niño; la abuela, muy enferma, vive con ellos. Conocemos las dificultades profesionales del padre, el encuentro casual con su primer amor, y su ratificación en el amor fiel a su esposa. La pequeña crisis de fe de la madre, o quizá de cansancio, que la lleva a apartarse por unos días de lo cotidiano y hacer un retiro espiritual. La relación de la adolescente con su poco recomendable vecina, compañera de clase; su primer noviete. La boda del hermano de la madre, con sus consiguientes complicaciones. La relación de todos con la abuela... En fin, un conjunto de hechos y sucesos corrientes, en general en interiores pequeños, que valoran las virtudes de cada día. La cámara se ajusta, con su lenguaje sencillo y minucioso, a la realidad que muestra en una acabada unidad. Y sólo me cabe nombrar la habitual sencillez del cine iraní: Premio del Jurado para Samira Makhmalbaf por La Pizarra, una historia de heroicos maestros que llevan su enseñanza, de pueblo en pueblo, al Kurdistán recién bombardeado... Cámara de Oro, ex aequo, para otras dos películas iranís: Djomeh, de Hassan Yektapanah: una limpia historia de una declaración de amor, que acaba en sencillas calabazas, y de una amistad. Al final de la proyección sucedió lo mismo que con Eureka. Y la otra Cámara de Oro es Un tiempo para la borrachera de los caballos, de Bahman Ghobadi: otro relato conmovedor y auténtico sobre el amor y la generosidad de una familia de hermanos. Pedro Antonio de Urbina |