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He deseado vivamente este encuentro con vosotros, queridos periodistas, no sólo por la alegría de acompañaros en vuestro camino jubilar, sino por mi deseo de saldar una deuda personal de gratitud con los innumerables profesionales que, a lo largo de mi pontificado, se han esforzado por hacer conocer las palabras y los hechos de mi servicio ministerial. Por todo ello, os estoy profundamente agradecido. La gran mayoría de los siete mil periodistas, de 54 países de todo el mundo que escuchaban estas palabras de Juan Pablo II en el Aula de las audiencias, el pasado domingo, mantuvieron un instante de silencio sorprendido, poco antes de estallar en un aplauso interminable: ¡un Papa que, como el Señor a los Apóstoles en la última cena, nos dice que ha deseado ardientemente este encuentro, y que, además , nos da las gracias! Francamente, habituados a escuchar toda clase de calificativos sobre nuestra profesión no estamos acostumbrados a estas cosas El periodismo necesita santos, nos había dicho horas antes el cardenal Castrillón con mucho más exigente realismo que el de quienes también de tejas debajo de la propia Iglesia piensan y hasta dicen, entre bromas y veras, que lo cierto es que vuestra profesión no os ayuda a ser buenos cristianos. Les habrá extrañado que el propio Papa nos dijera, con todas las letras y más claro que el agua, dos cosas más para no olvidar: que no sólo se puede ser buen periodista y buen cristiano, sino que el ser buen cristiano es lo que más ayuda a ser buen periodista, y que la Iglesia y los medios de comunicación social hemos de trabajar juntos, cada vez en mayor sintonía, al servicio de la familia humana, y que eso ocurrirá cada vez más si logramos tener la mirada fija en Aquel que no sólo es el centro del Año Jubilar, sino que es el Camino, la Verdad y la Vida. Todo el pueblo cristiano es el pueblo de la Palabra, pero si alguien lo es de un modo especial dentro de él, el pueblo de la Palabra somos los periodistas. O deberíamos serlo. Viendo a tantos miles de periodistas católicos reunidos en torno al Papa, pensaba yo en lo que sólo once fueron capaces de hacer. Algo nos pasa cuando tantos no somos capaces a veces ni hasta de ponernos de acuerdo. A lo mejor tiene que ver con las palabras finales que nos dijo el cardenal Etchegaray en su homilía, cuando reclamó una Iglesia de testigos y no de litigantes, una Iglesia de mártires y no de supervivientes. ¿Por qué no es noticia el heroísmo cotidiano, y sí lo es la miseria cotidiana? ¿Acaso puede un ciego describir el azul del cielo? ¿Por qué la infidelidad es noticia y la fidelidad no? El cardenal Castrillón nos recordó que estamos como parteros de la Historia, donde nace la vida cada día, y nuestra profesión debe ser una profesión de vida y no de muerte. Hemos vivido unos días en Roma rodeados de símbolos y de testimonios que, desde hace dos milenios, proponen una Noticia que está para siempre en la historia de la Humanidad. Se nos pide saber estar a la altura necesaria para seguir contando a todos, hoy, esa Noticia que es permanente. Se le veía contento a Juan Pablo II agitando su bastón al despedirse de nosotros. Contento y esperanzado. Miguel Ángel Velasco |
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El Señor no se conforma con medias tintas. El hombre sí. El Señor es amante de la Verdad con mayúscula. El hombre puede serlo de los apaños, porque se deslizan entre los dedos los intereses y , ya se sabe. Así que cuando leemos en la Escritura: Seréis santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo, lo primero que nos entra es el susto; y tendemos a aguar la expresión pensando que ya estamos con las utopías, las exageraciones... Pero no, resulta que la feliz expresión se repite en varias ocasiones en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, dejando claro que no es algo marginal, sino medular, constitutivo del hombre. No es un ideal inalcanzable; es, ante todo, una exigencia. Sí, claro, pero tampoco hay que pasarse, santos santos son o han sido personas especiales. Y ponemos a funcionar nuestra imaginación: personas que viven en la soledad de los claustros y, naturalmente, no les queda otro remedio que dedicarse a ello... Y no, la santidad es para todos: lo de ser santos va con todos, sin que falte uno. No obstante, nos cuesta entrar, estamos acostumbrados a igualar por lo bajo, a refugiarnos en esa especie de complejo de inferioridad de decir: Como los demás no luchan o luchan poco, yo no voy a mojarme demasiado; y, sin embargo, el Señor ha apostado fuerte por nosotros y no se conforma con medias tintas, quiere que elevemos el tono y arrollemos. Sin ir de triunfalistas, de acuerdo, pero teniendo como punto de referencia el parecernos a Cristo. Ante los mandamientos no se trata de optar o no, sino de abrazarlos apasionadamente. Son constructores del hombre. Y esto no es, por así decirlo, negociable. Somos libres. ¿No tratamos acaso de defender nuestra libertad? Pues tendremos que dar cuenta de nuestros actos libremente ejercidos. Para bien o para mal. Y eso nos pone ante la exigencia de aprender a amar de verdad. En eso consiste cumplir los mandamientos, y se resume el ser santos. Podemos poner excusas , pero amar es algo que está a la altura de cualquiera, ¿no? Al final, lo decía san Juan de la Cruz, seremos examinados en el amor. Una asignatura que no conviene dejar para una segunda convocatoria. Alfonso Sánchez-Rey |