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Hace unos domingos, el segundo de Pascua, leíamos este evangelio que hoy proclama la Iglesia en la solemnidad de Pentecostés. La repetición no es casual, sino muy intencional: pretende establecer un nexo entre la Pascua y Pentecostés, o mejor, entre el Señor resucitado y el Espíritu que exhala sobre la Iglesia. Pentecostés es la manifestación pública y solemne del Espíritu que los apóstoles habían recibido el mismo día de Pascua. Quiso el Señor dárselo inmediatamente a los suyos, nada más resucitar, para que no padecieran su enorme ausencia, y la Iglesia no quedara con el vacío de su Señor. Jesús se les aparece, sopla sobre ellos y les otorga el Espíritu Santo. Ya está la Trinidad revelada, y en acción. Ya está Dios metido hasta los tuétanos del hombre recién nacido. Porque ahí, en ese soplo, se repite el gesto de Dios, al crear los mundos, cuando teniendo en sus manos al hombre hecho de barro dice el Génesis insufló en sus narices aliento de vida, y el hombre fue ser viviente.Ahora no es el Padre, sino Jesús quien sopla sobre los suyos para hacerles vivir con el Espíritu. La resurrección le coloca junto al Padre, con sus poderes y atributos, con su capacidad de dar vida. Todo el evangelio de san Juan pretende mostrar que Jesús, el Cristo, es quien da la Vida eterna, la propia del Dios único e inmortal. Por eso, el día de Pascua, primero de los tiempos definitivos de la nueva creación, Cristo aparece vivificado, con una vida incontenible, conquistada para sí y para todos los hombres, y la sopla sobre la Iglesia naciente, como sopló Dios sobre Adán, para despertarlo del polvo y animarlo divinamente. El hombre nace y renace por la acción de Dios, que es el Espíritu. De Pascua a Pentecostés pasaron cincuenta días. El Espíritu, que habitaba ya en los apóstoles, les confirmaba secretamente en la verdad de Jesús, les aseguraba que vivía, les preparaba para su ausencia definitiva, en la Ascensión. Era el Consolador que venía a llenar su hueco, recordando y renovando su presencia. Tomaba poco a poco las riendas de la Iglesia que Cristo ponía bajo su impulso. De repente, el Cenáculo, testigo del soplo de Cristo, se llenó de viento impetuoso y fuego que venía del cielo y se llenaron todos de Espíritu Santo, el mismo que salió como un soplo del pecho de Cristo, y que ahora, incontenible, se derramaba sobre toda carne para alegrar, consolar, vivificar, y recrear al hombre pecador. Todo el aliento del Padre y el soplo de Cristo se concentraron en este viento fogoso del Espíritu que, desde entonces, nos arrastra hacia la consumación. + César Franco |