RetrocesoA&ONº 216/8-VI-2000SumarioEn portadaContinuar
Discurso de Juan Pablo en el Jubileo de los periodistas
Periodismo: la responsabilidad
de la verdad
Los periodistas fueron, esta vez, la noticia. Siete mil profesionales de los medios de comunicación de todo el mundo, diez veces más de lo previsto, se encontraron con el Papa en el acto más esperado del Jubileo de los Periodistas, que se celebró el pasado domingo en Roma. Entró el Santo Padre en la sala con paso lento, cansino. Nada nuevo. Como tampoco el tono de su voz, firme, decidida. A una periodista se le saltan las lágrimas. Gracias a este Papa, dice, he perdido todos los complejos. Ya no tengo miedo a ser católica y trabajar en un medio de comunicación. Verle ahora, dando hasta su último aliento por la Iglesia a la que tanto ama, me impresiona muchísimo. Ésta, como decía el cardenal Castrillón, es la parte del pontificado de este Papa que no puede expresarse con palabras. Hay que verlo, hay que vivirlo para comprenderlo. Estas palabras del Papa el domingo son sólo una parte de su mensaje a los periodistas
Queridos hermanos y hermanas: En este año del Gran Jubileo, la Iglesia celebra el acontecimiento de la Encarnación, anunciado por el evangelista Juan con estas palabras: El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Es un misterio verdaderamente grande, misterio de salvación, que tiene su cumbre en la muerte y resurrección de Cristo. En este acontecimiento se encierra el destino del mundo. A la luz de este misterio, os saludo con cariño a todos vosotros.

He deseado vivamente tener este encuentro con vosotros, queridos periodistas, no sólo por la alegría de acompañaros en vuestro camino jubilar, como estoy haciendo con otros muchos grupos, sino también por el deseo de zanjar una deuda personal de gratitud que tengo con innumerables profesionales que, a través de los años de mi pontificado, han trabajado para dar a conocer las palabras y hechos de mi ministerio. Por todo este empeño, por la objetividad y la cortesía que ha caracterizado buena parte de este servicio, me siento profundamente agradecido y pido al Señor que le dé a cada uno una adecuada recompensa.

- En el mundo del periodismo, éste es un tiempo de profundos cambios. La proliferación de nuevas tecnologías afecta hoy por hoy a todos los ámbitos e involucra, de mayor o menor manera, a todo ser humano. La globalización ha aumentado la capacidad de los medios de comunicación social, pero, al mismo tiempo, les ha expuesto aún más a las presiones ideológicas y comerciales. Esto debe llevaros a interrogaros sobre el sentido de vuestra vocación de cristianos comprometidos en el mundo de la comunicación.

Ésta es la pregunta decisiva que tiene que caracterizar vuestra celebración jubilar. Atravesar como peregrinos la Puerta Santa quiere decir también que, en vuestra profesión, deseáis abrir las puertas a Cristo. Él es el Evangelio, la Buena noticia. Él es el modelo para todos los que, como vosotros, se esfuerzan por hacer que penetre la luz en todos los ambientes de la existencia humana.

- Habéis rezado en la Capilla Sixtina, donde el esplendor del arte os presentó el drama de la historia humana desde la Creación hasta el Juicio final. En este gran viaje de la Humanidad emerge también la verdad, fundamento de toda ética, que vosotros estáis llamados a observar también en vuestra profesión.

Estuvisteis ante la tumba de san Pablo y hoy habéis venido a rezar ante la de san Pedro. Los dos fueron  grandes comunicadores de la fe en los inicios del cristianismo. Su memoria os recuerda la vocación específica que os caracteriza como seguidores de Cristo en el mundo de las comunicaciones sociales: vosotros estáis llamados a poner vuestra profesionalidad al servicio del bien moral y espiritual de los individuos y de la comunidad humana.

- Aquí está el punto central de la cuestión ética, que es inseparable de vuestro trabajo. Con su amplísima y directa influencia en la opinión pública, el periodismo no puede guiarse sólo por la fuerzas económicas, por el provecho y los intereses partidistas. Debe experimentarse como una tarea, en cierto sentido, sagrada, ejercida con la conciencia de que se os confían los poderosos medios de comunicación para el bien de todos, en particular para el bien de las capas más débiles de la sociedad: de los niños, de los pobres, de los enfermos, de las personas marginadas y discriminadas.

- No se puede escribir o emitir sólo en función del índice de audiencia, a despecho de servicios verdaderamente formativos. Ni tampoco se puede recurrir al derecho indiscriminado de información, sin tener en cuenta los demás derechos de la persona. No hay libertad, incluida la libertad de expresión, que sea absoluta: en efecto, ésta está limitada por el deber de respetar la dignidad y la libertad legítima de los demás. No hay nada, por fascinante que sea, que pueda escribirse, realizarse o emitirse en perjuicio de la verdad. Y no sólo me refiero a la verdad de los hechos, sino también a la verdad del hombre, a la dignidad de la persona humana en todas sus dimensiones.

Como signo del deseo de la Iglesia de ponerse a vuestro lado a la hora de afrontar este gran desafío, el Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales publicó hace unos días el documento Ética en las comunicaciones sociales. Constituye una sentida invitación dirigida a los periodistas para que se comprometan a servir a la persona humana a través de la edificación de una sociedad fundada en la solidaridad, la justicia, y el amor, a través de la comunicación de la verdad sobre la vida humana y su plenitud final en Dios.

- ¡Queridos hermanos y hermanas! La Iglesia y los medios de comunicación tienen que caminar juntos para ofrecer su servicio a la familia humana. Le pido, por tanto, al Señor que os infunda en esta celebración jubilar la convicción de que se puede ser al mismo tiempo auténticos cristianos y excelentes periodistas. El mundo de los medios de comunicación necesita hombres y mujeres que día a día se esfuercen por vivir lo mejor posible esta doble dimensión. Esto sucederá si sabéis tener la mirada fija en Aquel que es centro de este año jubilar, Jesucristo.

Al pedir su ayuda para cada uno de vosotros y para vuestro trabajo tan exigente, os imparto de corazón la bendición apostólica, que extiendo con gusto a vuestras familias y todas vuestras personas queridas.