RetrocesoA&ONº 216/8-VI-2000SumarioEn portadaContinuar
Ética de las comunicaciones sociales: nuevo documento de la SantaSede
Cómo ser hombre en la era de la comunicación y no morir en el intento
Una guía para la supervivencia del hombre en la nueva era de la comunicación. Así podría definirse el documento Ética en las comunicaciones sociales, que acaba de publicar el Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales, organismo vaticano presidido por el arzobispo estadounidense monseñor John P. Foley
El debate en torno a el Gran Hermano, el caso de las chavalas que matan para salir en la tele, las subidas estratosféricas con sus consiguientes caídas fulminantes de empresas en la bolsa o la política espectáculo..., todos estos fenómenos, primera página de los periódicos, son al mismo tiempo síntoma de un nuevo paradigma de sociedad. Según el diccionario de la Real Academia, era es el extenso período histórico caracterizado por una gran innovación en las formas de vida y de cultura. Y las nuevas tecnologías de la comunicación han traído precisamente este cambio. Hemos comenzado una nueva era, la era de la comunicación, y quizá no nos hemos dado cuenta. La Santa Sede, con este documento, ofrece la contribución que le es propia.

El interés del Consejo Vaticano no consiste tanto en dar orientaciones o recetas definitivas de ética en las comunicaciones sociales. El objetivo primario del documento, de fácil lectura, es el de sacar a debate público, en los albores de esta nueva era, interrogantes, preocupaciones y principios fundamentales que deben ser tenidos en cuenta, no sólo por los profesionales de la comunicación, sino también y sobre todo —aquí está quizá una de las novedades del documento— por los grupos empresariales que controlan estos medios, así como por sus receptores o usuarios y por la propia Iglesia.

En 1997, el Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales ya había hecho una experiencia análoga con otro documento de estas características: Ética en la publicidad. Monseñor Foley lo envió a todos los directores de agencias publicitarias que pudo: católicos, protestantes, judíos, agnósticos..., y les pidió sus comentarios. No todos respondieron, obviamente, pero hubo sugerencias y preguntas muy interesantes que han servido para afrontar ahora el tema de una manera más amplia, planteando el problema ético de las comunicaciones sociales en su conjunto.

Tras la caída de los muros e ideologías, ante el proceso de privatización y comercialización de los medios de comunicación, con la consolidación de las sociedades abiertas con la economía de mercado, el gran problema ético que hoy tienen que afrontar las comunicaciones está muy claro: cómo armonizar beneficio con servicio de interés público, entendido según una concepción integral del bien común.

Al presentar el documento a la prensa, el pasado 30 de mayo, monseñor Foley dejó muy claro que la doctrina social de la Iglesia no niega el derecho de las compañías privadas a una legítima ganancia sobre su inversión, también en este campo. Ahora bien, las empresas de la comunicación social no trabajan con un producto como el jabón o la ropa interior. Los medios de comunicación, también los comerciales, son servicios públicos.

La solución al problema —explica el documento— no pasa tampoco por la estatalización de las empresas de la comunicación. La solución de los problemas nacidos de esta comercialización y de esta privatización no reglamentadas no siempre reside en un control del Estado sobre los medios de comunicación, sino en una reglamentación más importante, conforme a las normas del servicio público, así como en una responsabilidad pública mayor.

¿Cuáles son entonces estos principios que deben regular la ética de los mass media? Ante todo —responde el texto publicado por la Santa Sede—, hay que tener presente que el principio ético fundamental consiste en que la persona humana y la comunidad humana son el fin y la medida del uso de los medios de comunicación social. Ahora bien, en el servicio a la persona los medios tienen que tener en cuenta otro principio decisivo y complementario: El bien de las personas no puede realizarse independientemente del bien común de las comunidades a las que pertenecen.

En estos dos enunciados, servicio a la persona y servicio al bien común, se sintetiza la propuesta del documento. Ahora bien, cuando se tira de la cuerda de ellos, empiezan a salir sorpresas del ovillo, pues tienen más miga de lo que parece.

EL DIOS BENEFICIO


Por ejemplo, un problema típico es el de el control de calidad, por así decir, de los medios. Se suele considerar que la circulación, los índices de audiencia y las taquillas, junto con el análisis de mercado, son los mejores indicadores del sentimiento público; de hecho, son los únicos necesarios para que funcione la ley del mercado —constata el texto—. No cabe duda de que la voz del mercado puede oírse de esas maneras. Pero las decisiones sobre los contenidos y la política de los medios de comunicación no deberían depender sólo del mercado y de factores económicos —los beneficios—, puesto que éstos no contribuyen a salvaguardar el interés público en su integridad, ni tampoco los legítimos intereses de las minorías.

Desde esta óptica, tampoco sirve de excusa afirmar que los medios de comunicación social reflejan las costumbres populares, dado que también ejercen una poderosa influencia sobre esas costumbres, y, por ello, tienen el grave deber de elevarlas y no degradarlas.

UNA PISTA DECISIVA


Garantizar el bien común que pueden y deben garantizar los medios se convierte en algo más difícil de lo que parece. Ética en las comunicaciones sociales ofrece, sin embargo, una pista clave: dado que el problema, en última instancia, está en armonizar el interés de la persona (sobre todo comercial) con el del bien común, la solución pasa necesariamente por la participación de todos los agentes en el sistema comunicativo.

Por ello, el documento no se dirige sólo a los comunicadores de profesión o a los empresarios que controlan grupos comunicativos, el documento interpela a todos: emisores, receptores, y a todos y cada uno de los eslabones del sistema. En todos los niveles, esta participación debería ser organizada, sistemática y auténticamente representativa, sin desviarse en favor de grupos particulares —dice el documento—. Este principio se aplica siempre y, tal vez de manera especial, cuando los medios de comunicación son de propiedad privada y operan con fines de lucro.

Esto significa necesariamente que la cuestión de la ética no sólo depende de los que están del otro lado de las cámaras, del server, o de la rotativa.

La ética en las comunicaciones sociales es algo que implica también al usuario. Esto tiene consecuencias inesperadas: vivimos en la era de la comunicación y, sin embargo, el sistema escolar no prevé ningún tipo de formación para esos niños o adolescentes que pasan horas enteras ante la pantalla del televisor o del ordenador. El primer deber de los usuarios de la comunicación social consiste en discernir y seleccionar, explica el texto publicado por la Santa Sede. Hoy todos necesitan alguna forma de formación permanente acerca de los medios de comunicación, sea mediante el estudio personal, sea mediante la participación en un programa organizado, sea con ambos. La educación en el uso de los medios de comunicación, más que enseñar algo acerca de las técnicas, ayuda a la gente a formarse criterios de buen gusto y juicios morales verdaderos, que constituyen un aspecto de la formación de la conciencia.

Los padres de familia también tienen una gran responsabilidad, pues cada vez más utilizan estos medios de comunicación como la niñera electrónica más barata. Cuando los mismos padres echan mano de la televisión sin ningún espíritu crítico, para quitarse de encima a los pequeños, cualquier posibilidad de suscitar un espíritu crítico se derrumba como un castillo de naipes.

LA RESPONSABILIDAD DE LOS CRISTIANOS


La Iglesia, en este sentido, también tiene su responsabilidad. Ética en las comunicaciones sociales tiene pasajes realmente novedosos. Por una parte, llama a todos, pastores y laicos, a formarse y formar tanto en el uso como en el consumo de los medios de comunicación.

Por otra parte —advierte—, la religión puede tener tentaciones como formarse un juicio exclusivamente crítico y negativo de los medios de comunicación; no comprender que los criterios razonables de un buen uso de los medios de comunicación, como son la objetividad y la imparcialidad, pueden excluir un trato especial para los intereses institucionales de la religión; presentar los mensajes religiosos con un estilo emotivo y manipulado, como si fueran productos que compiten en un mercado saturado; usar los medios de comunicación como instrumentos para el control y el dominio; practicar innecesariamente el secreto, por lo demás pecando contra la verdad; minimizar la exigencia evangélica de conversión, arrepentimiento y cambio de vida, sustituyéndola con una religiosidad tibia que pide poco a la gente; e impulsar el integrismo, el fanatismo y el exclusivismo religioso, que fomentan el desprecio y la hostilidad hacia los demás.

A pesar de su inmenso poder —concluye el documento—, los medios de comunicación son y seguirán siendo sólo medios, es decir, instrumentos, herramientas disponibles tanto para un uso bueno como para uno malo. A nosotros corresponde elegir. Los medios de comunicación no exigen una nueva ética; lo que exigen es la aplicación de principios ya establecidos a las nuevas circunstancias. Y ésta es la tarea en la que todos tienen un papel que desempeñar.

Puede leerse el documento completo en la dirección de Internet:

http://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/pccs/index_sp.htm

Jesús Colina, Roma