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29 cámaras de televisión y 60 micrófonos, una casa construida para la ocasión y 10 personas, 5 mujeres y 5 hombres: éstos son los números fundamentales del Gran Hermano. A éstos hay que añadir otros: entre el 1 y el 29 de mayo, Telecinco lideró la audiencia en televisión, con el 26,2 por ciento de cuota de pantalla. Este salto de audiencia tiene por primera vez en la historia de la televisión española un único factor determinante: el Gran Hermano.
El programa televisivo constituye, en estos momentos, la síntesis de las potencialidades y límites de los medios de comunicación y plantea serios interrogantes de carácter ético que ya han sido expuestos hasta el aburrimiento. Sin embargo, y aunque la fecha y circunstancias de su publicación son meramente casuales, Ética en las comunicaciones sociales, el último documento publicado por el Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales, ofrece interesantes pistas para analizar este fenómeno comunicativo que ha pasado a ser el símbolo del momento. La mayoría de los interrogantes suscitados por el Gran Hermano se deben al morbo de la intimidad de las personas como anzuelo para atraer al público. En este sentido, sus productores reconocen que no hacen más que dar a la gente lo que la gente pide. El documento de la Santa Sede responde explicando que no sirve de excusa afirmar que los medios de comunicación social reflejan las costumbres populares, dado que también ejercen una poderosa influencia sobre esas costumbres, y, por ello, tienen el grave deber de elevarlas y no degradarlas. En el fondo no es más que un círculo, el que sea virtuoso o vicioso depende en buena medida de los agentes de la comunicación. |
| Lo más interesante es que los índices de audiencia revelan la gran cantidad de niños y adolescentes que ven el programa, confirmando así la advertencia que hace el documento de la Santa Sede al constatar el bajo nivel cultural y educativo que caracteriza a este tipo de programas banales e inútiles: Los más perjudicados son los niños y los jóvenes, pues son también los más indefensos.
El segundo gran problema que plantea el Gran Hermano es de carácter económico: ¿se puede permitir todo con tal de que deje dinero?; ¿se pueden considerar los índices de audiencia como el único criterio de bien o de mal? El documento publicado con la firma de monseñor John P. Foley ofrece una respuesta contundente: Las decisiones sobre los contenidos y la política de los medios de comunicación no deberían depender sólo del mercado y de factores económicos los beneficios, puesto que éstos no contribuyen a salvaguardar el interés público en su integridad. El resto del documento se dedica a profundizar en esos criterios de bien o de mal: el respeto de la persona humana y del bien común. La pregunta por la ética en los medios de comunicación cobra de este modo todo su vigor. Ética en las comunicaciones sociales será una buena ayuda para aquel que comprenda todo lo que nos estamos jugando. |