|
|
Con gran alegría culminamos este tiempo pascual con la solemnidad de Pentecostés. La conversión a la que nos invita la Iglesia a través de Juan Pablo II es obra del Espíritu Santo, que actúa en nuestros corazones haciéndonos descubrir la grandeza del amor de Dios. La liturgia de la Iglesia le suplica así: Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero. El Espíritu nos ayuda a conocernos tal como somos a los ojos de Dios, con nuestras capacidades y actitudes, con nuestras miserias y contrastes. Sin buscar excusas a nuestra debilidad, nos reconocemos ante Dios y ante la Iglesia como somos, confiando plenamente en la misericordia divina. No es el camino de la conversión el de la angustia y del miedo. Es un camino alegre, de continua superación y renovación interior, con la gracia y los dones del Espíritu divino. Por eso, pedimos que derrame su agua sobre nosotros, nos empape y nos lave; o su fuego, que nos abrase en el amor de Dios; o su aliento, que nos sostenga en el camino de la conversión hacia el Padre de Nuestro Señor Jesucristo.Fruto maduro de la conversión personal es el deseo de dar a conocer a Jesucristo, Camino, Verdad y Vida. El cristiano que ha tenido un encuentro personal con Cristo se convierte inmediatamente en apóstol y toma conciencia de que la misión es el fruto maduro de una fe viva, y no un esfuerzo aparte, añadido a la vida cotidiana. La vida cristiana no puede reducirse al cumplimiento personal de unos mandamientos y compromisos, que terminan siendo una carga pesada e incomprensible. |
| UN ENCUENTRO PERSONAL
El seguimiento de Cristo es una verdadera historia personal de encuentro con el Señor. Si Cristo es la Verdad, es también el Camino y la Vida para todo hombre que viene a este mundo. La Iglesia está llamada a trasmitir el don de la fe en toda su plenitud: a todo hombre y para todo hombre. Su vocación y su misión son universales. El Espíritu Santo fortaleció a los apóstoles cuando más acobardados se encontraban. Desde el inicio de su pontificado, Juan Pablo II nos anima a tomarnos en serio la misión de la Iglesia, siendo conscientes de la responsabilidad que tenemos cada uno. Son palabras de viva actualidad que suenan en nuestros oídos como una seria llamada a ser evangelizadores: Nuevas situaciones, tanto eclesiales como sociales, económicas, políticas y culturales, reclaman hoy, con fuerza muy particular, la acción de los fieles laicos. Si el no comprometerse ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito permanecer ocioso. Esta fiesta de Pentecostés está unida al Día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica. No debe extrañar que la Iglesia recuerde a los seglares en este día que la vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación al apostolado. Con tal motivo, la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar ha elegido como lema para este Año Jubilar la frase: Testigos de Cristo en el nuevo milenio. La misión de la Iglesia no es ocupación exclusiva de unos pocos, ni una tarea reservada a los sacerdotes, religiosos o religiosas, sino común a todos los bautizados que vivimos de la misma fe. También los laicos, insertos en el mundo, compartiendo con el resto de los hombres las ocupaciones de la vida social, política, cultural, económica y familiar, han recibido la vocación divina y el mandato del Señor Jesús: Recibiréis el Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos hasta los confines de la tierra. Nuestro Señor Jesucristo se ha servido de hermosas imágenes para describir la misión apostólica de los cristianos como luz del mundo, sal de la tierra y levadura dentro de la masa. En todas ellas se insiste en lo mismo: los cristianos, y, más en concreto, los seglares, están insertos en el mundo con una verdadera vocación divina: la de realizar la santidad personal santificando la sociedad en la que viven. En uno de los primeros escritos cristianos, la Carta a Diogneto, se compara a los bautizados con el alma respecto al cuerpo. ¡Somos el alma de la sociedad en la que nos ha tocado vivir! CONFIANZA EN LA IGLESIA
Para realizar mejor su vocación los seglares, se unen con frecuencia en diferentes asociaciones de fieles de apostolado seglar, se forman y ayudan mutuamente, asumiendo actividades apostólicas concretas para implantar el Evangelio en la sociedad. La Iglesia y los pastores recomendamos decididamente este tipo de asociaciones. La complejidad del mundo en el que los laicos realizan su vida y profesión, las dificultades e incomprensiones que sin duda encuentran para ser fieles a su vida apostólica, hacen muy necesarias estas asociaciones donde se comparte la vida y la fe, las experiencias apostólicas y los problemas. En el comienzo de un nuevo milenio cristiano, estos compromisos apostólicos deben dirigirse a la evangelización y humanización de una sociedad como la nuestra, en la que cada vez se valora más el tener frente al ser y la técnica frente a la persona. La celebración anual del día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica debe ayudarnos a todos a valorar y promocionar estas asociaciones: Nuestras comunidades despertarán en el conjunto del laicado la conciencia de que el apostolado asociado es expresión y exigencia de la comunión y la misión de la Iglesia; les animarán a asociarse y facilitarán procesos adecuados para la inserción en pequeñas comunidades eclesiales, asociaciones y movimientos apostólicos. A los que trabajan en ellas les servirá para retomar con nuevos bríos sus diferentes compromisos y redescubrir la confianza que la Iglesia tiene depositada en ellos. La Acción Católica, en su doble vertiente de general y especializada, tiene ya una larga historia de compromiso serio por implantar la Iglesia en la sociedad. En esta asociación los laicos se asocian libremente de modo orgánico y estable, bajo el impulso del Espíritu Santo, en comunión con el obispo y con los sacerdotes, para poder servir, con fidelidad y laboriosidad, según el modo que es propio a su vocación y con un método particular, al incremento de toda la comunidad cristiana, a los proyectos pastorales y a la animación evangélica de todos los ámbitos de la vida. + Antonio Mª Rouco Varela |