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Si los Premios Planeta, Nadal, Fastenrath de la Real Academia Española, el Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, o esa obra maestra que fue Olvidado Rey Gudú, no fueran ya de por sí egregias pruebas más que suficientes para acreditar a un literato, bastarían estas 191 páginas que Ana María Matute acaba de editar en Espasa para acreditarla, sin duda, como una de las más brillantes y agudas personalidades de nuestras letras hoy en lengua castellana. Aranmanoth es la historia de un muchacho que lucha por encontrar un sitio, el que le corresponde, en un mundo y en un tiempo a los que no acaba de pertenecer por entero.
Esas perennes constantes de la literatura que son el amor, el dolor y la muerte le esperan agazapadas a la vuelta de cada recodo del camino de su vida, a caballo entre la realidad y la magia. La eterna complejidad de cada ser humano con sus encuentros y desencuentros, contradicciones y paradojas, luces y sombras, destella en estas páginas con vigor y, a la vez, con ternura. ¿Quién ha dicho que, a veces, en la vida de cada ser humano, lo soñado no sea más real que lo vivido? Ana María Matute demuestra una vez más su personal e insuperable maestría al reflejar la condición humana, cuya base, que algunos miopes no quieren ver, es el alma llena de recovecos, trampas y escondites , o de luz inmarcesible. O de esperanza, o de latidos del corazón al que ella califica de ese gran depredador. |
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Los periódicos han descorrido levemente estos días el velo, tan cristiano, de la vida de una joven mujer que cuando sólo tenía veintinueve años era madre de una niña de tres y estaba embarazada de nuevo, escuchó de sus médicos que le quedaban tres meses de vida como máximo. De eso, gracias a Dios, hace siete años y Mariam Suárez cuenta ahora, en este libro impresionante que acaba de editar Galaxia Gútemberg, Círculo de Lectores, lo que dice el subtítulo de estas 228 páginas: Mi lucha por la vida. Una lucha admirable y no menos admirable su deseo de contarla porque, como ella explica, quizá la misión de la enfermedad era ayudar a los demás con este libro. Es toda una lección de coraje, de fe, de esperanza y de amor a los demás. Nada tiene de extraño que su padre, Adolfo Suárez, en un prólogo inevitablemente emocionado hasta el máximo, escriba: La sabiduría humana que he aprendido de mi hija, de su valor, de su resistencia, de su ánimo ha sido la mayor lección moral que he recibido. Ciertamente a veces los hijos dan lecciones así a los padres, pero como nadie da nunca lo que no tiene, de alguien lo reciben los hijos, y Adolfo Suárez y su esposa Amparo Illana pueden sentirse bien orgullosos de haber sabido dar cristianamente para poder ahora recibir lecciones tan maravillosas y ejemplares como ésta. Son páginas especialmente recomendables para todos aquellos que se sientan atenazados por el dolor o por la desesperanza.
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