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Hoy habéis venido emigrantes de diversos países y continentes; refugiados que han huído de situaciones de violencia y que piden que sean reconocidos sus derechos fundamentales; estudiantes del extranjero, marineros, aviadores, turistas, nómadas y gente que trabaja en el circo. Vuestro Jubileo, queridos emigrantes e itinerantes, expresa con singular elocuencia el lugar central que la caridad de la acogida debe ocupar en la Iglesia. Desde que el Hijo de Dios ha venido a habitar en medio de nosotros, cada hombre se ha convertido en algún modo en el lugar del encuentro con Él. Acoger a Cristo en el hermano y en la hermana que se encuentran necesitados es la condición para poderlo encontrar cara a cara y de una manera perfecta al final del camino terreno. En una sociedad como la nuestra, compleja y marcada por múltiples tensiones, la cultura de la acogida exige leyes y normas prudentes y previsoras, que permitan valorar el aspecto positivo de la movilidad humana, previniendo sus posibles manifestaciones negativas. Se trata de que cada persona sea efectivamente respetada y acogida. Éste es el mensaje que quiere hacer llegar esta celebración jubilar a todas partes: que en el centro de los fenómenos de movilidad, se sitúe siempre el hombre y el respeto de sus derechos. (2-VI-2000) |