RetrocesoA&ONº 217/15-VI-2000SumarioAqui y ahoraContinuar
Primavera romana, primavera de la Iglesia
A Éfeso pasando por Roma
Desde hace catorce años se celebran de forma alternativa unas reuniones de estudio sobre san Pablo en la ciudad de Tarso, donde nació; y sobre san Juan en Éfeso, donde está su tumba. Este año se celebraba el VIII Simposio dedicado a san Juan y he sido invitado a participar en él, como profesor del Corpus Joanneum. Su promotor es el padre Luigi Padovese, capuchino y profesor del Pontificio Ateneo Antoniano de Roma, director del Instituto de Espiritualidad Franciscana. Apoyan esta actividad la asociación cultural Eteria y los padres capuchinos de la provincia de Parma.

Roma era escala obligada, pues de allí partía el grupo principal de los profesores partícipes del Simposio. Aproveché para pasar la Puerta Santa de la basílica de San Pedro, y ganar una vez más la gracia extraordinaria del Jubileo. En la Plaza pietrina, la primavera romana lucía todo su esplendor. En la vía de la Conciliazione grandes macetones con palmeras encuadraban el magnífico panorama de la fachada principal y la cúpula de Miguel Ángel. También, junto a la columnata de Bernini, unos olivos añosos acentuaban la magnificencia de Roma, ataviada como una novia que se engalana para su esposo. La explanada era un hervidero de gente. Grupos de voluntarios se afanaban por atender a los muchos peregrinos. En su indumentaria se podía leer: Fui forastero y me acogiste. La cordialidad se respiraba en el aire azul de la mañana. Una chica me abordó micrófono en mano. Era una española, Inés Vélez, que hacía prácticas de periodismo en la radio vaticana. Me entrevistó y hablamos de lo que significa el Jubileo, muestra de la misericordia divina para todos, así como de la importancia de Roma por ser el centro de la cristiandad, pues aquí murieron Pedro, el elegido por Cristo como su Vicario, y Pablo, el gran Apóstol de los gentiles.

Para ir a Éfeso es preciso llegar hasta la ciudad turca de Selçuk, en la parte sudoeste del país. Al llegar, uno comprende enseguida que se trata de otro mundo, donde el islamismo predomina de forma prácticamente exclusiva, aunque el Estado es aconfesional. En la apertura del Simposio estaban representantes del Gobierno y se cantó, todos en pie, el himno nacional turco. También asistieron las autoridades eclesiásticas, entre ellas el Nuncio en Turquía, monseñor Luigi Conti, gran conocedor de España y de Hispanoamérica. Durante las sesiones del Simposio se desarrollaron diversas cuestiones relacionadas con el cuarto evangelio. Por mi parte hablé de Jn 2, 4, donde se pone de manifiesto la fe de María. De los profesores escrituristas podemos señalar M. Adinolfi, F. Manns, G. Ghiberti, M. L. Rigato, R. Penna y B. Studer. Además se presentaron diversas comunicaciones sobre temas arqueológicos relacionados con la zona de Éfeso. M. Pesca, A. Destro, G. Pani, M. G. Mara, A. Carile, C. Charalampidis, G. Uggeri, S. Patittucci.

MARIA EN LA IGLESIA PRIMITIVA

Particular relevancia tuvo la comunicación de la profesora Renate Pillinger, bajo el título de Pablo y Tecla. Nuevos descubrimientos en Éfeso. Se trata de una cueva situada en una colina cerca del anfiteatro romano de Éfeso, donde hay unos frescos de la época bizantina con la representación de san Pablo conversando con santa Tecla, en presencia de la madre de ésta. Hay otra pintura aún borrosa con la representación de tres personajes, desconocidos aún. También se encuentran en las paredes bastantes grafitos aún si descifrar del todo. Aunque la exploración no ha terminado, ya se puede hablar del gran interés de este descubrimiento, sobre todo si tenemos en cuenta que la tradición de la presencia de Pablo en Éfeso, testimoniada claramente en el Nuevo Testamento, no tiene apenas indicios en los diversos monumentos que se hallan en Éfeso.

El último día se celebró la Eucaristía, presidida por el Nuncio de Su Santidad monseñor Conti, en la Casa de la Virgen. Según la tradición, cuando san Juan abandona Jerusalén marcha a Éfeso, donde termina sus días. Según Jn 19, 25-27, el Señor entregó al Discípulo amado a su madre para que la cuidara como suya. Por tanto, es lógico que cuando Juan se vino a Éfeso, la Virgen María le acompañara. Es cierto que hay otra tradición, apoyada por el evangelio apócrifo de Santiago, que habla de que María murió en Jerusalén y desde allí subió al Cielo. Por tanto, la cuestión no está clara. Sin embargo, no es imposible que María acompañara a Juan en Éfeso y luego volviese a Jerusalén. De todas formas, en estas cuestiones lo importante es saber que María estuvo junto a los apóstoles, como vemos en Pentecostés, y de modo particular junto al Discípulo amado. Es decir, la presencia de Santa María en los orígenes de la Iglesia es una realidad importante, pues por voluntad divina ella es la Corredentora del género humano, la Madre de la Iglesia. Por otro lado, es en Éfeso donde, en el año 431, la Iglesia reunida en concilio ecuménico declaró a María como Madre de Dios. Pablo VI visitó este lugar y rezó ante los restos de aquella gran basílica.

Junto a los vestigios cristianos están las huellas grandiosas de la civilización greco-romana de estas latitudes. Los fustes truncados de grandes columnas, los capiteles soberbios de los templos paganos, las amplias salas de los palacios romanos. Un mundo de esplendor que, sin embargo, fue transido por la predicación de unos cuantos judíos que creyeron en Jesús resucitado, el Cristo e Hijo de Dios, el Verbo que se hizo carne y habitó entre nosotros, como escribió san Juan en estos lugares.

Antonio García-Moreno