RetrocesoA&ONº 217/15-VI-2000SumarioCriteriosContinuar
La historia de Pablo
Esta mañana he tenido la impresión de que Dios me hablaba a través de un niño. Han venido a verme un grupo de alumnos de cierto centro, acompañados de su profesora de Religión. El centro está en un barrio de fuerte inmigración. Había alumnos de diversas razas. La profesora me habló, antes de reunirme con sus alumnos, de uno muy concreto. Llamémosle Pablo. Nunca conoció a su padre; no se sabe quién es. Su madre se le murió repentinamente no hace mucho. Pablo ha quedado sin padres; no tiene abuelos, ni ningún pariente. Está acogido en un centro de Cáritas. A sus doce años, repite frecuentemente: No tengo a nadie. No tengo a nadie...

En la clase la profesora les explicó que Dios es Padre y nos ama como un Padre. Pablo preguntó: Entonces, ¿Dios me quiere también a mí como un padre? Ante la contestación afirmativa, se quedó mirando fijamente a la profesora y exclamó: Entonces, ¡ya tengo a alguien! Al acabar la reunión con todos, me adelanté con él solo, porque me quería hablar de su bautismo. Quiere bautizarse para saberse hijo de Dios. El pequeño Pablo, con su frase de no tener a nadie, está expresando que el ser humano es, en primer lugar, un inmenso deseo de comunión, siempre inalcanzable. También en esto, el hombre es imagen de Dios. Porque Dios no sería Dios si fuera solitario; el hombre no sería hombre si fuera solitario. El hombre no es realmente hombre más que en la relación.

Paradójicamente, en un mundo donde todo tiende a devenir comunitario, el hombre no se ha sentido nunca tan solo. Al menos en Occidente. La soledad afectiva se convierte en el primer problema en la educación de los niños. Detrás de muchos fracasos escolares y aun de ciertos desarreglos de la salud, se encuentra frecuentemente una dificultad en administrar bien la relación con el entorno, la familia o quien hace sus veces y los amigos.

Es urgente que la familia sea más protegida y más defendida. Demasiadas veces, aun desde las leyes, es marginada o desnaturalizada.

Cardenal Ricardo Mª Carles