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Cada vez que saltan a los medios informativos noticias de inmigrantes que pierden la vida hundidos en el mar, y sobre todo cuando entran por los ojos las imágenes de estos sucesos, y de tantos otros que ponen en primer plano la angustia y el dolor, realmente pavorosos en tantísimos casos, de seres humanos como nosotros, el corazón se conmueve. Pero esta conmoción no suele durar. En seguida vamos a la publicidad y aparece por arte de magia Alicia en el país de las maravillas. La superficialidad de esta cultura que parece dominarlo y controlarlo todo no permite entrar en lo hondo del corazón, ni en el propio ni en el de los otros, de modo que no es difícil pasar de la angustia a la euforia en cuestión de segundos.
El problema real, realísimo, de la inmigración, como todos los otros problemas contemporáneos, sólo puede abordarse de un modo humano desde la verdad de lo humano, que no puede aparecer en los vaivenes de esa mirada superficial y frívola, incapaz de ver la realidad porque sólo ve lo que le dicta el impulso inconsistente de cada momento, sino sólo ante los ojos limpios que miran al fondo del misterio del otro, desde el fondo del propio misterio. Así mira el Papa Juan Pablo II, cuando en el reciente Jubileo de los inmigrantes celebrado en Roma proclama con fuerza estas palabras de la Escritura: Permaneced en el amor fraterno; no os olvidéis de la hospitalidad. La hospitalidad, expresión genuina de humanidad verdadera, ciertamente se olvida cuando no hay amor fraterno, es decir, cuando se ha dejado de reconocer la verdad más honda del ser humano. Nada tiene de extraño, entonces, que al inmigrante se le considere, no ante todo como una persona, sino como un problema de orden público, según acaba de denunciar certeramente el ex-ministro de Trabajo Manuel Pimentel. |
| En estas mismas páginas, acerca también del tema de la inmigración, se recogían estas palabras del escritor suizo Max Frisch: Queríamos trabajadores y llegaron seres humanos. No es poco hacer tal descubrimiento. Hoy, treinta años después, resulta más difícil hacerlo. Si uno mismo ha dejado de reconocerse como ser humano, reduciendo la vida a tener todo, también las personas, se convierte en objeto de posesión, de utilización, ¿cómo va a reconocer al prójimo? El problema de la inmigración no son los inmigrantes, lo somos todos en la medida en que hemos olvidado la hospitalidad, tal y como nos la enseñó el mismo Hijo de Dios, Quien, al venir a habitar en medio de nosotros en palabras de Juan Pablo II durante el citado Jubileo, se convirtió en emigrante. ¿Qué puede suceder cuando, en el inmigrante, el indigente, y hasta el más miserable de los seres humanos, se descubre al mismo Dios que nos ha creado? No hay mayor revolución en el mundo que ésta. Es precisamente lo que sucedió en Pentecostés. Los primeros cristianos continúa el Papa comenzaron a reconocerse y a vivir como hermanos, en cuanto hijos de Dios, en el escenario pluriétnico, pluricultural y plurirreligioso del Mediterráneo. Hoy, no sólo el Mediterráneo, sino también todo el planeta se abre a las complejas dinámicas de una fraternidad universal.
¿Dónde está esa fraternidad? ¿Acaso en la aldea global unida por Internet? Desengañémonos. Si falta el Espíritu de Pentecostés, la impresionante interconexión que hoy existe en el mundo ciertamente admirable si se pone al servicio del auténtico bien del hombre termina necesariamente en la confusión de Babel, en incomunicación, y toda unidad no es más que pura máscara exterior. Hace unos días solamente, también a propósito de la inmigración, Le Figaro se hacía la pregunta: ¿Es suficiente la tolerancia para vivir juntos? No basta. Hace falta añade el diario francés reconocer la alteridad del otro, y reconocerle como igual. La tolerancia que hoy tanto predica la cultura dominante, si no reconoce la verdad del otro, no sólo se convierte en la más cruel intolerancia hacia los extranjeros, sino hacia los propios compatriotas e incluso hacia uno mismo. No es un capricho que el mandamiento del amor al prójimo se vincule al amor a uno mismo. Sólo cuando reconoces el admirable misterio de tu ser personal, imagen misma de Dios, puedes realmente amar al prójimo como a ti mismo. Y este amor no es una servidumbre, sino la máxima libertad. Para él, y por supuesto para ti. |