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En medio del absoluto desierto de buen cine que vivimos los últimos meses, el hecho de que Riddley Scott (Blade Runner, Alien, Thelma y Louise...) estrene un film es como una tormenta de verano que, por lo menos, refresca. En esta ocasión, el famoso cineasta nos ha sorprendido con un peplum en el sentido más clásico de la palabra: El Gladiador (Gladiator).
La historia nos sitúa en el siglo II, cuando el general romano Máximo, favorito de Marco Aurelio, ha sido elegido por éste como su sucesor en el trono. Pero el hijo del emperador, el déspota Commodo, celoso del favor de que goza Máximo, ordena su ejecución nada más morir Marco Aurelio. Toda su familia POPULISMO POLITICO
Para empezar, y desde un punto de vista histórico, los testimonios de los primeros cristianos no parecen concordar con la imagen que de Marco Aurelio y Commodo nos transmite Gladiator. El terrible dictador Commodo de la pantalla fue, paradójicamente, más tolerante con los cristianos que su estoico y sabio padre Marco Aurelio, que los despreciaba porque, según él, sacrificaban su vida a una ilusión. Y es curioso que sea precisamente eso lo que lamenta el emperador de sí mismo al comienzo del film: Roma se ha convertido en una quimera a la que ha entregado inútilmente su vida. |
| La estructura ideológica del film se alza sobre una concepción populista de la política y de la democracia, en la que el pueblo debe ser liderado por el que mejor movilice y entusiasme a las masas. Ése es el caso de Máximo, un general consciente de que sus legiones le seguirán a él antes que a César, un gladiador que sabe retar al emperador en la arena del circo con el apoyo invencible de los aplausos y aclamaciones del graderío. Este mensaje es algo que entienden bien los americanos, cuyos mítines políticos tienen demasiado de espectáculo circense. Pero Gladiator nos quiere dibujar un populismo más preciso, basado en la imagen de moda de ciudadano políticamente correcto. Por ello define con meticulosidad el modelo de un honesto ciudadano, de un político ejemplar.
Máximo es un hombre de ideales imperiales, obediente al Poder, de intachable conducta y, sobre todo, lleno de un amor sagrado hacia Roma. Llega incluso a alcanzar la conciencia de salvapatrias, de encarnar el legado histórico de Marco Aurelio, de ser la única posibilidad de devolver a Roma su auténtica democracia. Y como ingrediente fundamental de este liderazgo, el film nos presenta a un Máximo enormemente religioso. Pagano, romano de ley que reza a sus ancestros y que no desdeña la muerte y la venganza como instrumentos de justicia. INGENUIDADES, NO
Son curiosas las insistentes conversaciones religiosas entre el general y el esclavo negro sobre su fe en la eternidad; ¿mera ilustración de las religiones paganas antiguas, o sutil propuesta de una mezcolanza New Age? Dado que en aquellos años la presencia cristiana era significativa y que deliberadamente ha sido excluida del film, más bien habría que inclinarse por la segunda posibilidad. En fin, todas las características de la corrección política de un líder postcristiano del siglo XXI. He propuesto un juicio histórico-político que no excluye que el film sea fascinante en su realización, y que suponga un auténtico espectáculo cinematográfico propio de aquellos años cincuenta de las superproducciones en scope. Es una gran película que, simplemente, no debe ser interpretada de forma ingenua. Juan Orellana |