RetrocesoA&ONº 217/15-VI-2000SumarioEl Día del SeñorContinuar
Solemnidad de la Santísima Trinidad
En el nombre de...
El cristiano lleva, grabado a fuego, el sello de una pertenencia. Sabe que no se pertenece a sí mismo, que su vida viene de Dios y tiene su meta en Dios. San Pablo dirá que no vivimos ni morimos para nosotros mismos sino para Dios. En un mundo como el nuestro, donde el hombre alardea y presume de autonomía absoluta, esta idea de dependencia resulta indigesta. Vivir para sí mismo, y desde sí mismo, es la tentación del hombre que se resiste a reconocer a Dios y a postrarse en su presencia. No admite otra pertenencia ni vasallaje que los que ofrece a su propio yo. Creyéndose señor de sí mismo, se convierte en esclavo de sí: se reverencia, se ama y se adora hasta los ridículos extremos a que nos tienen acostumbrados ciertos rituales de autoglorificación. Rituales que, cuando llega la muerte, resultan irrisorios al no poder conceder un segundo más de vida a quien se incensaba a sí mismo, como si fuera un dios.

No, el hombre no se da a sí mismo el ser y la gloria. De ahí que Jesús, al despedirse de los suyos en Galilea, una vez terminada su misión, les sitúa bajo el signo de la pertenencia de Dios, cuyo sello es el bautismo. Bautizar es sumergirse, hasta que el hombre viejo desaparezca por completo, en el dominio y señorío de Dios. Bautizarse es pasar a depender de otro, que tiene nombre propio: Padre, Hijo y Espíritu. Es hundirse en el abismo de Dios donde el hombre, sin dejar de ser hombre, pasa a ser propiedad divina. Bautizarse es quedar liberado de uno mismo, dejar de ser esclavo de sí, para confesar al único Dios verdadero, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Sólo así, puede el hombre dar el salto a la vida eterna.

Para ello, hay que postrarse ante el Señor resucitado sin vacilaciones. Es Él, por su Resurrección, quien tiene pleno poder en el cielo y en la tierra para sellarnos con el sello de la vida eterna, como llamaba san Ireneo al bautismo. Quien recibe este sello, pasa a ser propiedad —eso significa la fórmula en el nombre de...— del Padre y superar toda tentación de orfandad y desamparo, porque existe el Padre que nos engendró para la vida eterna. Es también propiedad del Hijo, cuya vida y herencia participa al haber sido comprado y rescatado con su sangre. Y es propiedad del Espíritu, el fuego invisible que nos sella y nos prepara día a día para entrar en la misma comunión con Dios. Y todo esto se da por el humilde y sencillo acto de postrarse ante Cristo resucitado y reconocer que el hombre sólo se posee y pertenece a sí mismo en la medida en que da el paso de pertenecer a Dios.

+ César Franco