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Suena ya a tópico repetir que el fenómeno migratorio va a constituir una de las manifestaciones más significativas del siglo XXI. En realidad lo está siendo ya. Este nuevo signo de nuestros tiempos va a suponer lo está suponiendo ya uno de los mayores desafíos a la sociedad y a nuestras Iglesias.
Las migraciones, como nos ha recordado el Papa Juan Pablo II, no son un hecho coyuntural y transitorio. Por tener sus raíces en el sistema económico, en la concentración de la riqueza en determinadas áreas y en el consiguiente mantenimiento del subdesarrollo en otras, su evolución está vinculada a la pervivencia misma del sistema. Los inmigrantes nos obligan a replantear la cuestión de la catolicidad de la Iglesia, que, como nos ha dicho también el Papa, no se manifiesta solamente en la comunión fraterna de los bautizados; se expresa igualmente en la hospitalidad ofrecida al extranjero, cualquiera que sea su pertenencia religiosa, rechazando toda forma de exclusión o discriminación racial, reconociendo la dignidad personal de cada uno y, por consiguiente, en el compromiso por la promoción de sus derechos inalienables. La Iglesia no se ha hecho universal en el curso de su historia: lo es por su origen. Nunca es una Iglesia nacionalista, si la nación se entiende como unidad étnica y lingüística. Su unidad se inspira en la unidad del Dios trino, a la vez uno y distinto, religado esencialmente por el amor. Mientras escribo estas líneas, me llega el sonido jubiloso de las campanas que anuncian la fiesta de Pentecostés. Tenemos que estar siempre listos para rechazar la tentación de Babel, para buscar los caminos que nos permitan vivir Pentecostés. Babel continúa cada vez que los hombres se cierran en sí mismos, en su torre, evitando el contacto con quienes son diferentes. De este modo, a pesar del origen común, acaban por no comprenderse. En Pentecostés, por el contrario, empujados por el viento del Espíritu, los creyentes dejan el Cenáculo donde estaban encerrados y parten para arriesgarse al encuentro con quienes el mundo judío de entonces conocía como nacionalidades diversas. Y, a pesar de la diferencia de lenguas, se entendían. El Espíritu de Dios nos capacita para encontrar al otro en verdad, acogiéndolo en su diferencia. + Ciriaco Benavente Mateos |