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El 2 de junio pasado, la plaza de San Pedro del Vaticano se convirtió en el escenario de una fiesta multiétnica en la que participaron treinta mil emigrantes, refugiados, gitanos, trabajadores del mundo del circo, marineros, etc., conformando así una imagen plástica del carácter católico de la Iglesia. En la Eucaristía con la que culminó el Jubileo de los emigrantes e itinerantes, Juan Pablo II dejó muy claro que no se puede ser católico y racista al mismo tiempo.
Todavía hoy no faltan en el mundo actitudes de cerrazón e incluso de rechazo, debidas a injustificados miedos y al repliegue en los propios intereses, denunció el Pontífice. Sin embargo, se trata de discriminaciones que no son compatibles con la pertenencia a Cristo y a la Iglesia. Es más, la comunidad cristiana está llamada a difundir en el mundo el fermento de la fraternidad y de la convivencia en las diferencias. En la plaza de San Pedro escuchaban al Santo Padre más de treinta mil personas que enarbolaban banderas de diferentes países y estandartes de las ciudades portuarias. Personas de color, indígenas, gitanos, vestidos con colores intensos, daban vida al encuentro con el Papa. El acompañamiento musical fue protagonizado, en diversos momentos, por melodías iberoamericanas, coros y un nostálgico violín gitano. La mayoría de los presentes eran filipinos, pues constituyen la comunidad de emigrantes católicos más numerosa de Italia. Juan Pablo II subrayó dos conceptos. El primero recordaba las palabras que pronunció Pablo VI en la clausura del Concilio Vaticano II: Para la Iglesia católica nadie es extranjero, nadie es excluido, nadie está lejos. En la Iglesia, no hay extranjeros ni huéspedes, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios. |
| El segundo concepto lo formuló con una petición: En una sociedad como la nuestra, compleja y marcada por múltiples divisiones, la cultura de la acogida requiere ser conjugada con leyes y normas prudentes y de amplios horizontes, que permitan valorar los aspectos positivos de la movilidad humana, previniendo sus posibles manifestaciones negativas.
Al concluir la homilía, el Papa afirmó que la Iglesia tiene una propuesta precisa: trabajar para que nuestro mundo, al que se le suele definir como una aldea global, sea de verdad más unido, más solidario y más acogedor. Durante el Ofertorio, representantes de los más de 22 millones de refugiados y de los 50 millones de prófugos que hay en el mundo, entregaron al Papa una Carta jubilar de los derechos de los refugiados y de los prófugos, en la que se reclama, entre otras cosas, el derecho a no ser expulsados de las fronteras, el derecho a ser escuchados por una autoridad competente, el derecho a vivir de manera digna, el derecho de los países más pobres a ser ayudados por los países más ricos, el derecho de las familias separadas por la emigración a volver a unirse, el derecho de los menores de edad y de los ancianos a una protección social, el derecho de los niños y adolescentes a la educación, a la asistencia médica, al derecho de los refugiados a un regreso digno y seguro a su patria, el derecho de los apátridas a una patria. Uno de los regalos que ofreció la Santa Sede a los participantes en el Jubileo de los Emigrantes fue un concierto que tuvo lugar en la sala de las audiencias generales del Vaticano. Por primera vez en la Ciudad Eterna se interpretó íntegramente la Misa de Leonard Bernstein, que mezcla con un lenguaje intensamente comunicativo varios géneros musicales: desde el rock hasta los blues, desde el pop hasta la música sinfónica. |