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Inmigración en Europa: un factor de división
A pesar del alto nivel de desempleo, en la mayor parte de los países europeos existe una creciente necesidad de aumentar los inmigrantes. En parte, eso se debe a problemas en los mercados laborales, que no ofrecen suficientes trabajadores cualificados en algunos campos. También hay pocos europeos que quieren hacer las tareas manuales más duras. Debido a la baja tasa de natalidad, desde hace ya varias décadas en muchos países de Europa, la necesidad de dejar entrar más extranjeros en el Viejo Continente crecerá.

Sin embargo, este proceso no carece de problemas. En las elecciones del domingo pasado, en el Estado alemán de Renania del Norte-Westfalia, algunos intentaron usar la cuestión de los inmigrantes como un tema electoral. Aunque el electorado no hizo caso a esos intentos, no es la primera vez, ni será la última, que la cuestión de los extranjeros entra en el campo de la polémica electoral.

EUROPA CON NECESIDAD DE INMIGRANTES


Hace poco la revista inglesa The Economist (6/5/00) dedicó un artículo de análisis al tema de la inmigración en Europa. Según afirma la revista, centenares de granjas inglesas dependen de los trabajadores del Este de Europa, que llegan por unos meses cada año para recoger las cosechas. Gran Bretaña no está sola en esta situación, también otras naciones, como España y Alemania, importan extranjeros para tareas parecidas.

En tiempos recientes, el Canciller alemán Gerhard Schröder ha sugerido que se permita la inmigración a su país de unos veinte mil especialistas en programas de informática, provenientes de India y Europa del Este. Mientras, en Irlanda, el Gobierno está considerando una propuesta para permitir la entrada de unos 200.000 trabajadores para las industrias de alta tecnología durante los próximos siete años.

Pero esas propuestas sólo son una pequeña muestra de las necesidades, como es evidente en un reciente informe de las Naciones Unidas (Replacement Migration: Is it a Solution to Declining and Ageing Populations?) El documento explica que, si no hay cambios en la situación actual, la población de la Unión Europea disminuirá, entre el año 2000 y 2050, en un 12%, o sea, 44 millones de personas. El cambio será más fuerte en algunos países, particularmente en Italia, con un declive del 28%. Además, la población envejecerá notablemente en todo el continente.

En el período de 1995-98 Europa ha tenido un promedio de unos 600.000 inmigrantes al año, pero se debe notar que el número bajaba de 800.000 en 1995 a algo menos de la mitad de esa cifra en 1998. Para poder mantener la población de Europa a su nivel actual, 728 millones de personas, haría falta un promedio de 1,8 millones de inmigrantes al año de aquí a 2050. Además, para mantener la población de las personas de 15 a 64 años a su nivel en 2005, cuando serán 492,6 millones, se tendría que permitir la inmigración de 3,6 millones al año. Si eso sucediera, ya en 2050 el 26% de la población de Europa serían inmigrantes o sus descendientes.

LA REACCION CONTRA LOS INMIGRANTES


Aun a los niveles de los últimos años, la presencia de los inmigrantes en algunos países europeos ha suscitado una reacción hostil por parte de algunos. El pasado 8 de mayo el New York Times publicó un largo artículo en el que analizó la situación en el sur de España: A finales de abril, en el pueblo de El Ejido, hubo una explosión de violencia contra los trabajadores de Marruecos. Ya en los pasados meses hubo diversos incidentes de agresión en el sur de España contra los extranjeros de África del Norte.

Algunas personas entrevistadas por el periódico afirman que no se consideraban racistas hasta la invasión de los inmigrantes durante los últimos años. Es cierto que el cambio de mentalidad de una Europa que más bien exportaba su exceso de población, a una Europa que importa trabajadores, no es nada fácil. Aparte de las diferencias culturales y religiosas que hay entre los europeos y los de África del Norte, también está el problema de los inmigrantes, una pequeña minoría, que forman parte de las bandas criminales. La gente local generaliza injustamente y acusa, entonces, a los extranjeros de ser ladrones y traficantes de drogas.

Este rechazo también se siente en Italia. En diversas ciudades italianas, durante los últimos meses, ha habido actos de violencia contra algunos inmigrantes. Durante las recientes elecciones regionales en Italia, el grupo de partidos de centro derecha, que es crítico de la presencia de los inmigrantes, vio su voto aumentar y algunos de los países vecinos a Italia han expresado su preocupación por ese hecho.

Hace unos años, observó el Chicago Tribune que el Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen, en Francia, se quedó casi solo al ser un partido de alto perfil que pedía una reducción en la inmigración a Europa. Sin embargo, en tiempos recientes el rechazo de los extranjeros ha sido un factor importante en la política de diversos países.

El caso más notable es el de Austria, donde el partido de Joerg Haider tuvo mucho éxito en las elecciones nacionales, y ha puesto en alerta a las Cancillerías del continente. También en Suiza, hace poco, el partido de
Christoph Blocher, que pide el fin de la inmigración, obtuvo un 23% del voto en las elecciones. Y la reacción negativa no se limita al sur del continente, punto de llegada para la mayor parte de los inmigrantes. También en lugares como Dinamarca el Partido del Pueblo, que pide la expulsión de los prófugos, ha experimentado un aumento en su apoyo público.

Asimismo en Gran Bretaña e Irlanda, los Gobiernos han adoptado medidas más estrictas sobre la entrada de los prófugos, en reacción a críticas de que demasiada gente estaba entrando bajo falsos pretextos. Y en Alemania y Francia, lugares donde en el pasado ha habido numerosos ataques contra los inmigrantes, se siguen dando incidentes de agresión.

El mes pasado una encuesta de opinión pública en la parte oriental de Alemania reveló que aproximadamente el 70% de los jóvenes opinaba que había demasiados extranjeros en el país. Aunque se debe notar que en las últimas elecciones en Alemania los grupos hostiles a la inmigración no han disfrutado de mucho apoyo. Mientras que en Francia también, en cuanto al nivel político, el partido de Le Pen es más débil hoy en día, debido a divisiones internas entre Le Pen y su ex ayudante, Bruno Megret.

ENSEÑANZA DE LA IGLESIA


La Unión Europea se ha fijado la meta de establecer una política común sobre la inmigración y los prófugos para mayo de 2004, y se espera que el primer borrador se formule este año. A pesar del esfuerzo por armonizar las medidas en este campo, no será fácil lograrlo, debido a las diferencias que existen entre las naciones europeas en esta materia. Ya hace unos años, la Unión Europea lanzó una campaña para estimular el desarrollo económico en África del Norte, de tal modo que no hubiera tanta necesidad de que la gente saliera de sus países en búsqueda de trabajo. Pero la iniciativa ha tenido muy poco éxito.

Ya en su encíclica Laborem exercens, Juan Pablo II declaró que el hombre tiene derecho a abandonar su país de origen por varios motivos —como también volver a él— y a buscar mejores condiciones de vida en otro país (n. 23). Además, el Papa advertía que se debe cuidar contra la explotación de los inmigrantes.

También el Catecismo de la Iglesia católica trata el tema, y en el número 2.241 explica: Las naciones más prósperas tienen el deber de acoger, en cuanto sea posible, al extranjero que busca la seguridad y los medios de vida que no puede encontrar en su país de origen.

En la situación actual de Europa las cosas son un poco distintas, en cuanto a que el continente no sólo tiene el deber de acoger a personas de fuera, sino que se encuentra con necesidad de ellos para sus economías. Con más razón todavía debe haber una acogida para los extranjeros.

Durante un reciente debate en Inglaterra sobre los prófugos, los obispos católicos del país criticaron a los políticos de todos los partidos, por haber exacerbado las divisiones raciales. Según informó The Guardian (5/5/00), acusaron a los políticos, y a algunos elementos en los medios de comunicación, de dañar las relaciones en la comunidad y de provocar hostilidad hacia los prófugos. Seguramente es un tema en el que la Iglesia tendrá que intervenir con frecuencia en los próximos años.

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