RetrocesoA&ONº 217/15-VI-2000SumarioEspañaContinuar
Periodistas de todo el mundo celebran su Jubileo con el Papa
Nadie quiere etiquetarse; pero todos estamos etiquetados
Miles de profesionales de la comunicación de todo el mundo han vivido su Jubileo con el Papa Juan PabloII. Tres de ellos, españoles, de reconocido prestigio y trayectoria profesional, lo atestiguan enAlfa yOmega:
Periodistas de todo el mundo se han reunido en Roma, con motivo del Año Jubilar; es decir, de los 2.000 años del cambio —y de la Noticia— más radicales de la Historia: cuando se empezó el camino contra cualquier esclavitud, porque Alguien vino a enseñarnos que todos somos hermanos, hijos de un mismo Padre.

Periodistas católicos, por supuesto.

¿Cómo ha dicho usted? Periodistas ¿católicos?

No abunda hoy tal cualificación. Ni siquiera algunos de los que así se sienten usan la etiqueta. Cuesta confesarlo. Lo que luce es la pretensión de asepsia total: periodista, periódico independiente. Todos se presentan hoy como independientes. (Hay sus excepciones; autolucen algunas etiquetas: liberal, progresista…)

¿Pero existen los periodistas o periódicos independientes de verdad?

En su discurso a los periodistas, el Papa nos ha puesto ante la cruda realidad: hoy han aumentado las presiones ideológicas y comerciales…; el periodismo no puede ser guiado sólo por los beneficios o los intereses de parte… No se puede escribir o transmitir sólo en función del aumento de audiencia…, etc…

¿Totalmente independiente el pagado por una empresa que ha invertido cantidades ingentes…, por algo y para algo, aunque sólo sea por ganar dinero (necesidad de aumentar tirada a toda costa)? ¿Totalmente independiente el periodista, cuya materia prima de trabajo es la información, que él no posee? Los dueños de la información son los poderosos, sean del dinero o del poder político, a quienes el periodista ni siquiera compra esa materia prima, sino que la suplica, la mendiga, y se la dan (racionadamente, según los intereses de aquéllos) y que él tiene que agradecer…, si quiere seguir recibiendo ese supremo don, la información, sin el cual nada puede hacer. ¡Cuántos grandes éxitos periodísticos, exclusivas, periodismo de investigación… son sencillamente la concesión que el poderoso hace al azacaneado periodista, en tanto en cuanto a aquel le interesa; y el periodista transmite complacidamente para tener ganada la fuente…, para futuras exclusivas tan interesadas como la primera.

UN HUMILDE LUGAR

La noble profesión de periodista hay que situarla en su humilde lugar de intermediación.

Nunca el periodista, por otra parte, ni cualquier otro ser humano, puede ser totalmente independiente, si por ello se quiere significar absolutamente objetivo ante una realidad tan difícil y compleja como la actualidad en el mundo presente. ¿Se ha considerado el impresionante esfuerzo de selección que supone el trabajo de un día en un periódico o un telediario? Al comenzar ese trabajo, la Redacción, con sus miles de ramificaciones por todo el orbe (corresponsales, agencias directa o indirectamente conectadas), se asoma a todo el mundo, para captar todo-todo, en principio, lo que de interesante ocurra en todos los sectores y aspectos de la vida humana (política, cultura, economía, deportes, humor, sucesos…) Y, en 24 horas (y menos en la radio y TV), deben seleccionar, comprimir… tal infinidad de hechos, ideas, palabras…, para reducirlos a unos cuantos, mínimos, vocablos, que quepan en la media hora del telediario o en las páginas de un periódico, con una valoración que les sitúa en título o sólo texto, en primera o última página.

Más: esa impresionante valoración llega a sintetizar lo ya mil veces sintetizado, en una sola frase con la que el periódico abrirá la portada. (Quien tiene la experiencia de haber dado, por ejemplo, una conferencia, y la ve luego reducida a doce o veinte líneas, experimenta las diferencias del color con que cada periódico ha elegido esto o aquello para dar una versión forzosamente empobrecida, cuando no falsa, de lo que él dijo). ¡De todo lo sucedido en todo el mundo, en todos los sectores, se va seleccionando hasta decidir cuatro, siete palabras…! ¿Es que, en tal impresionante esfuerzo de selección, de elecciones, no van a influir los criterios, los intereses, las culturas, las filias y las fobias de los humanos que la hacen, sin hablar aún de sus legítimos o bastardos intereses?

No son la independencia o la total objetividad, falsas por imposibles, las que debe autoproclamar el periodista o el periódico. Más bien lo contrario: lo que el lector y oyente debe exigir es una clarificación sincera de cuál es la ubicación del periodista y del medio, en las verdades fundamentales de la vida.

EL PUNTO DE MIRA


Fue Ortega y Gasset, nada sospechoso de doctrinarismo pontificio, quien explicó, en este contexto, su teoría del punto de mira: si varias personas pretenden informar, describir una realidad, lo primero que hay que exigirles es que detallen dónde están situados, cuál es su punto de mira. Porque si miran al norte, su descripción de la realidad (un paisaje, un salón…) será muy distinta de si miran al sur.

La primera obligación del periodista y del medio es, pues, confesar su punto de mira, sus ideas fundamentales sobre la vida, el hombre, la Historia. Y nada se diga de sus intereses. Y desde ahí, sí, esforzarse en transmitir una información lo más exacta posible, sin mezclarla con la opinión (principio básico del buen periodismo, hoy proclamado en los libros de estilo de todos los periódicos y apenas cumplido en ninguno); y cuando opine o analice, presentando sus juicios como tales, y no como información. Pero, ante todo, definirse a sí mismo.

Por eso, sí, periodistas católicos, definidos como tales, herederos, como nos recordó Juan Pablo II, de Pedro y de Pablo que transmitieron al mundo —y pagaron con su vida por ello— la gran Noticia para la Humanidad: Dios se había hecho uno de nosotros: lo que ahora conmemoramos jubilarmente.

A partir de ahí, el mayor compromiso del periodista, y del periodista católico, es consigo mismo. El Papa nos lo dijo bien claro: Vosotros estáis llamados a empeñar vuestra profesionalidad al servicio del bien moral y espiritual de los individuos y de la comunidad humana.

Venancio-Luis Agudo