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Llenos del gozo inmenso que brota de la Resurrección de Cristo, que celebramos en estos días de la Pascua, acrecentado tan hondamente en este Año Santo Jubilar, tan especial, del dos mil aniversario de su Encarnación y de su Nacimiento, y en la solemnidad de su Ascensión, recordamos, como ya es habitual, a nuestros misioneros y misioneras diocesanos, a todos los que han partido de esta Iglesia Particular que peregrina en Madrid y están diseminados prácticamente por toda la tierra, viviendo con particular intensidad el mandato que nos dejó el Señor justamente al subir a los Cielos: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda la creación.Quiero ante todo, en esta gozosa ocasión, bendecir a Dios Todopoderoso, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, con acción de gracias, por el don precioso de nuestros misioneros sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos, en número gracias a Dios siempre creciente, y familias enteras, que son motivo de santo orgullo, y al mismo tiempo de estímulo extraordinario, para todos los que formamos la archidiócesis de Madrid. Como en los primeros tiempos de la Iglesia, ahora tampoco faltan persecuciones y sufrimientos, pero en medio de las dificultades ponemos nuestra mirada en Aquel que centró en su persona la de los Apóstoles en el momento en que dejaba sensiblemente la tierra, a la vez que los impulsaba a ocuparse de llevar a cabo la misión de anunciar el Evangelio, los duros, a la vez que gozosos, trabajos de la Cruz, en expresión de nuestro san Juan de Ávila. Unidos así de estrechamente a Cristo, los misioneros de la Iglesia en Madrid enviados por el mundo entero, al igual que toda la comunidad diocesana, podemos caminar seguros, sin temor, con la certeza de la presencia del Señor, cuyo amor es más grande y más fuerte que todas las dificultades y todo el mal del mundo. |
| Después de pedir perdón a Dios, en unión con el Santo Padre en este Año Jubilar en que somos llamados a una profunda conversión, del corazón y de la vida entera, nos corresponde formular y emprender el propósito de la enmienda, y ello no como individuos aislados, sino como miembros del mismo y único Cuerpo de Cristo. Para dar forma a tal propósito, nuestros Misioneros y Misioneras son faro luminoso para toda la comunidad diocesana, con el testimonio de sus vidas en no pocos casos sesgadas, como espigas maduras, por la violencia que procede del odio, que manifiestan el triunfo de la gracia en medio de la pequeñez y la debilidad de sus siervos. Convertirse es abrir la vida entera a la Gracia de Dios.
En esta Jornada reavivamos con gozo en nuestra memoria el recuerdo de todos ellos, y pedimos para ellos que la Gracia del Señor, no sólo no les falte, sino que se acreciente de día en día, y se acreciente igualmente el número de nuestros misioneros en todo el mundo especialmente de los sacerdotes diocesanos. Un mundo cada vez más intercomunicado, marcado por el fenómeno de la globalización, necesita más que nunca conocer y vivir el secreto de la auténtica unidad entre los hombres: la presencia de Jesucristo resucitado, vivo en su Iglesia, que abraza a la Humanidad entera y hace a los hombres realmente libres. Sin Cristo, todas las globalizaciones habidas y por haber sólo pueden unir por fuera; habrá cosas unidas, pero no personas que se aman. El tercer milenio, sin duda, significa un reto extraordinario para toda la Iglesia, el de vivir con toda intensidad el don de la unidad que Cristo nos da, precisamente para que el mundo crea. Vivir esta unidad, que hoy se nos hace más sensible al recordar a los miembros de esta Iglesia particular de Madrid esparcidos por toda la Iglesia universal, no es un añadido a la vida, todo lo importante que se quiera, sino que es la sustancia misma de la vida. A los misioneros y misioneras: Os envío con estas líneas mi saludo cariñoso y mi aliento en vuestra hermosa tarea de anunciar el Evangelio a todas las gentes. La celebración del Jubileo está siendo una gracia inmensa en la archidiócesis de Madrid, y en toda la Iglesia universal. Vosotros participáis, y muy significativamente, de esta Gracia, al mismo tiempo que, con vuestro testimonio misionero, estáis siendo un don para toda nuestra Iglesia diocesana, y damos especiales gracias a Dios por ello. Vosotros sois, en verdad, motivo de santo orgullo, y al mismo tiempo de estímulo extraordinario, para todos los que formamos la archidiócesis de Madrid. Nuestro pregón no se efectúa, precisamente, con trompetas y timbales, sino, las más de las veces, en medio de grandes dificultades. Sabed que el amor del Señor, que ha vencido al Maligno, es más grande y más fuerte que todas esas dificultades y que todo el mal del mundo, y que la oración (nuestras oraciones) son la mejor ayuda que nos podemos prestar los unos a los otros. A sus familias: Vuestros hijos, hermanos y familiares misioneros son en verdad motivo de santo orgullo, y al mismo tiempo de estímulo extraordinario, para todos los que formamos la archidiócesis de Madrid. Para vosotros sin duda de manera muy especial. Por experiencia sabéis bien lo importante que es saberse familia y vivir como tal. Pues bien, sin Cristo, todas las globalizaciones habidas y por haber sólo pueden unir por fuera; habrá cosas unidas, pero no personas que se aman. Quiera el Señor ayudarnos a todos a vivir esta unidad, que es precisamente la señal (en palabras del mismo Cristo) para que el mundo crea. + Antonio Mª Rouco Varela |
| UN ENCUENTRO PERSONAL
El seguimiento de Cristo es una verdadera historia personal de encuentro con el Señor. Si Cristo es la Verdad, es también el Camino y la Vida para todo hombre que viene a este mundo. La Iglesia está llamada a trasmitir el don de la fe en toda su plenitud: a todo hombre y para todo hombre. Su vocación y su misión son universales. El Espíritu Santo fortaleció a los apóstoles cuando más acobardados se encontraban. Desde el inicio de su pontificado, Juan Pablo II nos anima a tomarnos en serio la misión de la Iglesia, siendo conscientes de la responsabilidad que tenemos cada uno. Son palabras de viva actualidad que suenan en nuestros oídos como una seria llamada a ser evangelizadores: Nuevas situaciones, tanto eclesiales como sociales, económicas, políticas y culturales, reclaman hoy, con fuerza muy particular, la acción de los fieles laicos. Si el no comprometerse ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito permanecer ocioso. Esta fiesta de Pentecostés está unida al Día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica. No debe extrañar que la Iglesia recuerde a los seglares en este día que la vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación al apostolado. Con tal motivo, la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar ha elegido como lema para este Año Jubilar la frase: Testigos de Cristo en el nuevo milenio. La misión de la Iglesia no es ocupación exclusiva de unos pocos, ni una tarea reservada a los sacerdotes, religiosos o religiosas, sino común a todos los bautizados que vivimos de la misma fe. También los laicos, insertos en el mundo, compartiendo con el resto de los hombres las ocupaciones de la vida social, política, cultural, económica y familiar, han recibido la vocación divina y el mandato del Señor Jesús: Recibiréis el Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos hasta los confines de la tierra. Nuestro Señor Jesucristo se ha servido de hermosas imágenes para describir la misión apostólica de los cristianos como luz del mundo, sal de la tierra y levadura dentro de la masa. En todas ellas se insiste en lo mismo: los cristianos, y, más en concreto, los seglares, están insertos en el mundo con una verdadera vocación divina: la de realizar la santidad personal santificando la sociedad en la que viven. En uno de los primeros escritos cristianos, la Carta a Diogneto, se compara a los bautizados con el alma respecto al cuerpo. ¡Somos el alma de la sociedad en la que nos ha tocado vivir! CONFIANZA EN LA IGLESIA
Para realizar mejor su vocación los seglares, se unen con frecuencia en diferentes asociaciones de fieles de apostolado seglar, se forman y ayudan mutuamente, asumiendo actividades apostólicas concretas para implantar el Evangelio en la sociedad. La Iglesia y los pastores recomendamos decididamente este tipo de asociaciones. La complejidad del mundo en el que los laicos realizan su vida y profesión, las dificultades e incomprensiones que sin duda encuentran para ser fieles a su vida apostólica, hacen muy necesarias estas asociaciones donde se comparte la vida y la fe, las experiencias apostólicas y los problemas. En el comienzo de un nuevo milenio cristiano, estos compromisos apostólicos deben dirigirse a la evangelización y humanización de una sociedad como la nuestra, en la que cada vez se valora más el tener frente al ser y la técnica frente a la persona. La celebración anual del día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica debe ayudarnos a todos a valorar y promocionar estas asociaciones: Nuestras comunidades despertarán en el conjunto del laicado la conciencia de que el apostolado asociado es expresión y exigencia de la comunión y la misión de la Iglesia; les animarán a asociarse y facilitarán procesos adecuados para la inserción en pequeñas comunidades eclesiales, asociaciones y movimientos apostólicos. A los que trabajan en ellas les servirá para retomar con nuevos bríos sus diferentes compromisos y redescubrir la confianza que la Iglesia tiene depositada en ellos. La Acción Católica, en su doble vertiente de general y especializada, tiene ya una larga historia de compromiso serio por implantar la Iglesia en la sociedad. En esta asociación los laicos se asocian libremente de modo orgánico y estable, bajo el impulso del Espíritu Santo, en comunión con el obispo y con los sacerdotes, para poder servir, con fidelidad y laboriosidad, según el modo que es propio a su vocación y con un método particular, al incremento de toda la comunidad cristiana, a los proyectos pastorales y a la animación evangélica de todos los ámbitos de la vida. + Antonio Mª Rouco Varela |