RetrocesoA&ONº 217/15-VI-2000SumarioMundoContinuar
Huellas de la Trinidad: Jornada Pro Orantibus
Una fiel y elocuente compañía
Cada año celebramos en la Iglesia una Jornada especial llamada Pro Orantibus, por los que oran, que quiere seguir prestando una ayuda al Pueblo de Dios para que tome conciencia, valore y agradezca la presencia de los monasterios de vida contemplativa, cuyos miembros se consagran enteramente a Dios por la oración, el trabajo y el retiro en el claustro. Se celebra el próximo domingo, solemnidad de la Santísima Trinidad. Toda la Iglesia debe rogar al Señor por esta vocación tan especial y necesaria, despertando el interés vocacional por esta forma de vida y ayudándoles en sus necesidades materiales
Este año 2000, dentro del Gran Jubileo de la Encarnación, también la vida contemplativa tiene su espacio y su mensaje. El lema escogido este año para la Jornada Pro Orantibus nos habla de esta contemplación y testimonio que los monjes y las monjas claustrales están llamados a ser: Huellas de la Trinidad. El Santo Padre decía, en la Exhortación postsinodal Vita consecrata, que quienes han sido llamados a consagrarse a Él se convierten en una de las huellas concretas que la Trinidad deja en la Historia, para que los hombres puedan descubrir el atractivo y nostalgia de la belleza divina.

En la Iglesia de Dios, tantas obras que los cristianos llevan adelante en la escena de la vida pública, desde la enseñanza y la educación de niños, adolescentes y adultos, o desde el cuidado de los enfermos, o desde el acompañamiento de tantas soledades, o desde el anuncio liberador de la Gracia del Señor como buena noticia mejor…, tantas obras de éstas, tienen un secreto también: el callado apoyo, la eficaz intercesión y el gratuito testimonio de otros hermanos y hermanas a quienes el Señor ha llamado a la vida contemplativa claustral.

HONDURA Y GRATUIDAD


No se les ve ni se les oye en los grandes foros, pero su voz y su presencia son una elocuente palabra, una fiel compañía, que llena de hondura y gratuidad el infatigable trabajo apostólico de tantas tareas eclesiales. Los contemplativos viven apartados en la clausura de sus monasterios, pero no por miedo o por desdén de nadie. No se han fugado del mundo por orgulloso desprecio, ni tampoco se esconden de él por extraño temor, sino que son, en medio de ese vaivén, tantas veces ambigüo y hostil, una parábola de verdad y amor, un testimonio de belleza y bondad, ésas que ellos contemplan y reciben en Dios, de las que se nutren en su oración, las que comparten en su vida fraterna, y las que anuncian desde sus claustros.

Los consagrados contemplativos tienen una particular e indispensable misión en nuestra Iglesia y en nuestro mundo: testimoniar a Dios Trinidad, hasta el punto de ser una parábola viviente, un reclamo para que Él siga siendo anunciado como el abrazo misericordioso que tiende hacia las preguntas del corazón del hombre. En la Iglesia también están quienes han sido llamados, por una peculiar vocación, a re-presentar a Jesús en contemplación sobre el monte, transcurriendo las noches o las mañanas en oración. De aquel coloquio filial con el Padre reverterían después tantos signos y palabras que fueron Buena Noticia para los sencillos de corazón.

La vida consagrada contemplativa quiere ser así una prolongación de la plegaria de Jesús al Padre, llenando de filiación tantos momentos huérfanos como sufren los hermanos. Eso es ser huellas de la Trinidad, las que marcan quienes en su silencio y soledad han buscado y encontrado a Dios, hasta el punto de vivir un silencio henchido de la Palabra y una soledad habitada por la Presencia.

Huellas de la Trinidad es el lema de la Jornada Pro Orantibus de este Año Jubilar, son las vidas de estos monjes y monjas que testimonian y urgen a esa misma búsqueda de Dios, llenando de hondura evangélica y fecundando las tareas apostólicas de quienes anuncian el Reino en los caminos del mundo y en los avatares de la Historia. Ser huellas de la Trinidad, las que Él mismo ha dejado marcadas en nuestra vida cuando nos ha mostrado su misericordia y ternura.

LA VIDA MONASTICA


La vida monástica es una forma cristiana de seguir a Jesús, que, por vocación de Dios, vive en comunidad fraterna la búsqueda de la divina Voluntad, la celebración de su alabanza, el amor recíproco y el testimonio del Señor para bien de la Iglesia. Los elementos integrantes de esta vida fraterna comunitaria son:

- La oración, litúrgica y personal, que celebra el encuentro con el Señor como el gran Tú para el que ha sido hecho el corazón del hombre.

- La lectio divina, o lectura meditada de la Sagrada Escritura, de antiquísima tradición monástica, para profundizar en cuanto Dios sigue diciendo en su Palabra viva.

- La vida austera, que implica obras de penitencia, con plena madurez de libertad, como expresión de la sencillez y gratitud ante las cosas.

- El silencio y la soledad, para escuchar hondamente la Palabra del Señor y adorar gozosamente su Presencia.

- La clausura, con la separación del mundo, que facilita el recogimiento exigido por la espiritualidad monástica, que se realiza en el silencio y la soledad.

- El trabajo, que tiene su origen en la oración y va unido a ella. El ora et labora del antiguo monacato sigue teniendo actualidad. Los monjes y monjas, con el trabajo, no sólo proveen a sus propias necesidades, sino que cumplen con la caridad fraterna, en la medida de sus posibilidades, en favor de los necesitados, y prolongan la creación de Dios. Son conscientes, además, de que con su acción participan inteligente y activamente en la transformación de las cosas, prestan un servicio a la sociedad y, a la vez, se perfeccionan a sí mismos.

ALGUNOS DATOS


Existen en España 44 monasterios masculinos, pertenecientes a 13 institutos monacales con más de un millar de monjes y cerca de un centenar de novicios. De los 3.600 monasterios femeninos del mundo, 912 se encuentran en España; están habitados por cerca de 13.000 monjas profesas, 400 novicias y 250 aspirantes. La mayor parte son monasterios de clausura papal, se ordenan íntegramente a la contemplación, y sus miembros se ocupan sólo de Dios, en soledad y silencio, en asidua oración y generosa penitencia. Con esta vida de contemplación plena es como sirven y son útiles a la Iglesia, en la que ocupan un puesto eminente. Hay, también, algunos institutos contemplativos que practican una clausura llamada constitucional, por la que pueden alternar su contemplación con alguna actividad apostólica.

Jesús Sanz Montes, OFM
Director del Secretariado de la Comisión
Episcopal de Obispos y Superiores Mayores