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Estoy encantado de recibirle en el Vaticano al inicio de su mandato, le dijo Juan Pablo II a Vladimir Putin, Presidente de la Federación Rusa, al darle la bienvenida. En ese momento, los dos líderes la figura blanca que dos meses antes había llevado una palabra de paz y diálogo a Oriente Medio y Tierra Santa, y el puño de hierro que conquistó Chechenia para asegurarse la presidencia se quedaron solos, acompañados únicamente de sus intérpretes. Un cara a cara en el que se dio particular importancia a los temas del desarme, como revelaría poco después Joaquín Navarro-Valls, director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede.
Sin embargo, como siempre suele suceder en estos encuentros, lo que más interés atrajo no fue lo que se dijo, sino lo que no se dijo. Al día siguiente, las primeras páginas de los periódicos italianos se parecían mucho. Moscú queda todavía más lejos; El Papa en Moscú, niet de Putin... eran algunos de los titulares. Todos subrayaban el hecho de que el Presidente ruso, a diferencia de sus predecesores, Mijaíl Gorbachov y Boris Yeltsin, no invitó al Pontífice a visitar su país. Una auténtica sorpresa, pues el fin de semana anterior los medios de comunicación rusos ya daban la visita papal como un hecho. Putin, una vez más, ha dado pruebas de su pragmatismo. Al día siguiente, en declaraciones a la prensa, despejó los malentendidos. Dejó claro que le encantaría poder recibir a Juan Pablo II en Moscú y añadió: El Pontífice quiere afrontar la visita a Moscú cuando la discusión que tiene lugar entre el Vaticano y la Iglesia rusa se solucione. Es necesario proceder con cautela y no causar daños queriendo hacer el bien. De hecho, reconoció, una visita del Papa a la capital rusa sin un encuentro con el Patriarca ortodoxo Alexis II no tendría sentido. Desde el desmoronamiento del imperio soviético, la Iglesia ortodoxa rusa mira con mucho recelo a Roma. Ante el incremento espectacular de las comunidades católicas en varios países de Europa del Este e incluso en el occidente de Rusia, los ortodoxos han acusado al Papa de proselitismo. A esto hay que añadir la situación de los católicos de rito oriental de Ucrania, a los que el régimen de Stalin obligó a pasar por la fuerza a la Iglesia ortodoxa rusa. Obispos y sacerdotes fueron encarcelados y sus templos fueron confiscados y entregados a las comunidades ortodoxas. Con la caída del comunismo, la Justicia local dio la razón a los católicos e impuso que se les devolvieran algunos de los templos que les fueron confiscados. El problema es que en ellos ya vivían desde hace treinta o cuarenta años los sacerdotes ortodoxos con sus familias. Una cuestión sin duda complicada. Ya han tenido lugar encuentros entre delegados de Roma y Moscú para encontrar una solución. Mientras el problema no se solucione, Alexis II ha prometido que no se encontrará con el Papa. Todo parece indicar que la movida de Putin y la atención que le deparó el Pontífice ha sido muy bien acogida por los ortodoxos. El patriarcado de Moscú manifestó al día siguiente su satisfacción al constatar que el Presidente no quiso tocar el asunto del viaje. Una actitud sabia y moderada, según declaró Vsievolod Ciaplin, portavoz de Alexis II. El patriarcado ortodoxo reconoce que el Presidente ruso tenía derecho a invitar al Papa a Moscú. Ahora bien, de este modo, ha manifestado su comprensión por una cuestión que no puede ser afrontada separándola de las relaciones entre el Vaticano y la Iglesia ortodoxa rusa y, más en general, del problema de las relaciones en Rusia entre el Estado y la Iglesia. Joaquín Navarro-Valls, al responder a los periodistas que le preguntaban por el posible viaje papal a Moscú, afirmó: Una puerta permanece abierta hasta que no se cierra definitivamente. Jesús Colina. Roma |