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En este Año Jubilar, nuestra catequesis se detiene con gusto en el tema de la glorificación de la Trinidad. Después de haber contemplado la gloria de las tres divinas personas en la creación, en la Historia, en el misterio de Cristo, dirigimos la mirada al hombre para apreciar los rayos luminosos de la acción de Dios. La criatura racional lleva inscrita en sí una íntima relación con el Creador, un vínculo profundo constituido ante todo por el don de la vida. Don que es otorgado por la Trinidad misma y que comporta dos dimensiones principales, como ahora trataremos de ilustrar a la luz de la Palabra de Dios. La primera dimensión fundamental que nos ha sido donada es la física e histórica, esa alma (nefesh) y ese espíritu (ruah) al que se refería Job. El Padre entra en escena como manantial de este don en los inicios mismos de la creación, cuando proclama con solemnidad: Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza... Dios creó al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó (Génesis 1, 26-27). En la misma comunión de amor y en la capacidad procreadora de la pareja humana se da un reflejo del Creador. La presencia eficaz de Dios, que el cristiano invoca como Padre, se revela ya desde los inicios de la vida de todo hombre, para dilatarse después a lo largo de todos sus días. La otra dimensión es la participación en la vida divina, producida por el Espíritu Santo que irrumpe en la criatura humana transformándola y atribuyéndole una nueva vida: la vida misma de Dios. (7-VI-2000) |