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El Jubileo sencillo se gana en Roma entrando por la Puerta Santa de la basílica de San Pedro (el Vaticano), y cumpliendo las otras condiciones de confesión, comunión y servicio a los demás. Pero está el Jubileo de las cuatro iglesias (cada una de ellas). Y también el Jubileo de las siete iglesias, todas ellas basílicas: las tres añadidas no tienen Puerta Santa. Peregrinos de todos los tiempos han hecho tales Jubileos con gran devoción. Algunas de tales iglesias están fuera de las murallas de Roma (fuera del Centro Histórico). Por lo que generalmente, para este recorrido, se necesitan varios días, si se hace a pie.Todas las cuatro iglesias tienen junto a la entrada principal una Puerta Santa, que sólo se abre en los años jubilares. En todas ellas vi a peregrinos: algunos hacían la señal de la cruz; otros en grupo rezaban algo antes de entrar. Alguno que otro lo hacía de rodillas. También había turistas con cara de ¿Qué pasa aquí?, que merodeaban intrigados con la cámara fotográfica colgante. Algunos de ellos se unían a los peregrinos. Y en todas las siete iglesias estaban también los voluntarios/as, venidos de todo el mundo, con su divisa azul de plástico y la frase del evangelio al pecho: Era forastero y me acogísteis. La reacción espontánea al verlos es decirse: Mira, ¡qué bonito! Sin duda, crean una atmósfera de seguridad, cercanía y apoyo. Son testimonio comprometido de participar en la misma fe. Se pagan su viaje aéreo, pero aquí la Organización del Jubileo les costea sus gastos ordinarios de mantenimiento. A la entrada de cada Puerta Santa me arrodillaba y rezaba a conciencia y despacio un Padrenuestro, Ave María y Gloria. Durante el recorrido pude rezar con bastante calma los tres Rosarios. Salí de la Universidad Gregoriana a las 8 de la mañana. El trayecto duró cinco horas y media. Unos 30 kilómetros. |
| Comenzé con la Puerta Santa de San Pedro (primera iglesia). Por la Via delle Fornaci subí al Gianícolo. Bajé por el Viale Quattro Venti. Pasé el Tíber y llegué a San Pablo Extramuros (segunda iglesia). Seguí por la Vía delle Sette Chiese hasta la iglesia de San Sebastián, junto a las catacumbas del mismo nombre (tercera iglesia).
Tomé la Via Appia Antica. A ambos lados se levantan las tapias cerradas de las antiguas mansiones romanas, ajenas al caminante que llegaba exhausto a Roma. Desde ella se ve allá arriba, grandiosa y lejana, la Muralla de Roma. CERCANIA A DIOS
La Via Appia pasa junto a la iglesia Quo vadis. Ésta no pertenece al grupo de las siete iglesias, pero entré en ella por un momento. Dice la tradición que san Pedro se iba alejando de Roma por miedo. Jesús se le apareció en ese punto preguntándole: Quo vadis? (¿A dónde vas?) Pedro se llenó de fuerza y volvió para ser crucificado en Roma. Pero pidió ser crucificado boca abajo, pues decía que no merecía morir como Jesús. La Via Appia llega hasta la Muralla de Roma. Allí, en la Puerta de San Sebastián, una gitana con ropa colorida pedía limosna entre los coches. Por esa puerta pasaban antiguamente todos los que venían del sur. Por eso se supone que por ahí entró a Roma san Pablo, traído como prisionero desde Palestina. También pasaría por ahí Ignacio de Loyola. Herido en Pamplona mientras la defendía de los franceses, se convirtió, y decidió ir como peregrino a Tierra Santa. Zarpó de Barcelona, arribó a Gaeta (Italia), al sur, y de ahí subió caminando hasta Roma. Necesitaba el permiso del Papa para ir a Jerusalén. Seguramente él también haría el recorrido de las siete iglesias, mientras esperaba el permiso del Papa. Con él en la mano subió después hasta Venecia, donde tomó una nave hacia Tierra Santa. Dejé de lado la Puerta de San Sebastián, y seguí bordeando la gran Muralla. Atravesé en cambio la Puerta Metronia para llegar así a San Juan de Letrán, la catedral de Roma (cuarta iglesia). Cerca está la iglesia Santa Cruz de Jerusalén, con recuerdos de las Cruzadas (quinta iglesia). Al salir de ella pasé junto a las piedras blancas de la gigantesca Puerta Mayor de la Muralla de Roma. Y me enrumbé hacia San Lorenzo Fuera de los Muros (sexta iglesia). Se halla junto al cementerio de Roma, llamado Campo Verano. Pero acababan de cerrar la basílica a las 12.30 h. del mediodía. Por fin llegué a Santa María la Mayor (séptima iglesia), la última de este recorrido. Comenzaba a chispear. Y solo y a pie, rendido, pero contento y satisfecho, volví a la Gregoriana a la 13.30 h. del mediodía. Después del esfuerzo realizado, se tiene una sensación de purificación, de Hize lo que pude, de cercanía a Dios, de lo grande y de lo sagrado, de haber cumplido lo que tantas personas humildes e importantes, pero llenas de fe, han hecho antes que yo por muchos siglos. Ahora me resultan más simpáticos y cercanos los peregrinos del Camino de Santiago, que pasan por Nájera, y los romeros que llegan cansados y felices a Valvanera. Seguro que cada uno lo hace por razones diversas. En todos ellos está el deseo profundo de salirse del confort ordinario para acercarse a lo misterioso y trascendental. Muchos buscan la ayuda de lo alto. Se es consciente de que el sacrificio y el esfuerzo purifican, cuando el ideal vale la pena, aunque no se sepa precisar por qué. Todos buscamos calidad. José Martínez de Toda |
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