RetrocesoA&ONº 218/22-VI-2000SumarioAqui y ahoraContinuar
XI Simposio de Historia de la Iglesia en España y América
Vivir en un mundo globalizado
No es posible globalizar la solidaridad sin una auténtica conversión personal. Son palabras del nuncio apostólico en España, monseñor Manuel Monteiro de Castro, en la clausura del XI Simposio de Historia de la Iglesia enEspaña y América que convocó recientemente, en el Real Alcázar de Sevilla, a más de doscientos cincuenta intelectuales. Organizado por laAcademia de Historia Eclesiástica, bajo el título Vivir en un mundo globalizado, contó con ponentes de talla como el arzobispo de Sevilla, monseñores CarlosAmigo, y el de Barcelona, cardenal Ricardo María Carles, el ex director ejecutivo del Fondo Económico Internacional, Juan José Toribio, o el presidente del Grupo Recoletos, Juan Kindelán. El secretario general de laAcademia de Historia Eclesiástica escribe sobre este simposio para Alfa yOmega:
En este celebrado tránsito de siglos, pocos términos han alcanzado mayor fortuna que el neologismo globalización. Una economía globalizada impone a la sociedad fuertes tendencias universalizadoras, de modo que en todos los entramados del tejido social se advierten empujes que van en esta dirección. La aldea global, de McLuhan, es hoy una realidad innegable y en plena expansión. Hace sólo unos meses, políticos, empresarios, sindicalistas, banqueros y teólogos se reunían en Roma, convocados por la suiza Fundación Guilé, para tratar de este tema. El documento conclusivo constataba que la globalización es un hecho irreversible, y que no es una amenaza sino un desafío en el que entran en juego las libres decisiones humanas con su responsabilidad. En este contexto, el enfoque ético de la actividad económica en la globalización debe atender, en primer lugar, al bien común. Esto significa: considerar a los demás como personas, con su propia dignidad, y no como instrumentos; atender a los pobres. Ellos siempre indican lo que está mal en el sistema.

Cuando la Academia de Historia Eclesiástica de Sevilla acaba de centrar su interés sobre la globalización, en su XI Simposio, me gustaría llamar la atención sobre lo que está en juego tras este desafío. El pasado 22 de mayo, hemos afrontado en el Real Alcázar de Sevilla las consecuencias de vivir en un mundo globalizado, es decir, hemos tratado de profundizar en las coordenadas éticas en las que debe asentarse toda actividad económica globalizada: la justicia, la solidaridad y la subsidiariedad.Estas exigencias éticas demandan algunas consecuencias inmediatas para elEstado, como son la necesidad de revisar el modelo de Estado del bienestar, y a la urgencia de crear leyes que definan el comercio mundial y que den transparencia a los mercados. Y piden también a la empresa, de modo perentorio, que actualice con fuerza el concepto de coparticipación, hasta lograr un fecundo diálogo entre empresarios y trabajadores.

Para que la globalización sea, efectivamente, un desafío y no una amenaza, es menester una nueva cultura política y empresarial, fruto de una acrecentada sensibilidad social que tenga, de verdad, como centro y protagonista del desarrollo de la sociedad a la persona humana. Es obligado, pues, fomentar la participación social frente al utilitarismo egoísta, alumbrar una nueva conciencia ética en los diversos sectores que intervienen en el proceso productivo, fortalecer el papel de la familia sin la que la socialización se antoja imposible y, por último, continuar la promoción de la mujer. Sólo un profundo sentido ético y humanista de la empresa y de la sociedad puede encauzar las enormes posibilidades de crecimiento —hasta hace poco inesperadas— que ha producido la globalización en los sistemas económicos. Encauzar significa dar cauce a la hipoteca social que grava sobre la propiedad, distribuir justamente la riqueza que aumenta, evitar, por tanto, el desempleo en los países más desarrollados y la miseria en buena parte de los países del hemisferio sur.

Juan Pablo II ha repetido últimamente que el siglo que acabamos de comenzar deberá ser el siglo de la solidaridad. Porque es una ciencia cada vez más sólidamente adquirida que no estaremos nunca felices y en paz los unos "sin" los otros, y aún menos los unos "contra" los otros. Las operaciones humanitarias con ocasión de conflictos y catástrofes, el espectacular desarrollo de las iniciativas de voluntariado y ayuda, especialmente entre los jóvenes, manifiestan muy a las claras una seria conciencia solidaria a nivel planetario. La globalización hace cambiar en cierto modo el papel del Estado, al darle un protagonismo mayor al principio de subsidiariedad: el ciudadano se ha hecho cada vez más activo y participa con sentido de integración creciente en el proyecto común de la sociedad civil a escala mundial. Esto quiere decir —como ha señalado también el Papa— que el hombre del sigloXXI estará llamado a desarrollar el sentido de responsabilidad. Tanto en su dimensión individual como social. Es preciso cultivar el sentido del deber y del trabajo bien hecho —toda corrupción o pasividad es lesiva para la sociedad— y, simultáneamente, preocuparse por los más necesitados y ser respetuoso con la naturaleza y el medio ambiente. Sólo así podremos forjar una sociedad donde se conviva mejor. Lo diré con las vibrantes palabras de Juan Pablo II: ¡Nunca más unos separados de otros! ¡Nunca más unos contra los otros! ¡Todos juntos solidarios bajo la mirada de Dios!

Un último apunte me parece esencial. Dicho en términos espirituales, no es posible la solidaridad sin una auténtica conversión personal. Hay que renunciar al ídolo de la felicidad a cualquier precio, al de la riqueza como único valor, al de la ciencia como única explicación de la realidad.Esta actitud personal facilita que el derecho sea aplicado y respetado por todos y en todas partes para que las libertades individuales sean eficazmente garantizadas y la igualdad de oportunidades deje de ser pura retórica. Llevar a cabo esta tarea moral —indispensable para globalizar la solidaridad— necesita de un requisito, que vuelvo a enunciar con palabras de Juan Pablo II: supone que Dios tenga en la vida de los hombres el lugar que le corresponde: el primero.

Manuel J. Cociña