RetrocesoA&ONº 218/22-VI-2000SumarioCriteriosContinuar
Cuando falta la brújula
Desde que el culto al poder humano —fruto de la Edad llamada moderna, en la que se pretende reducir el todo (Dios) a la parte privada de la vida— trata de imponer su dominio, el camino a los totalitarismos ha quedado abierto, y con ello la pérdida de la libertad. El comunismo y el nazismo, y el capitalismo, evidentemente, no han surgido por casualidad. En este marco cultural —por mucho que se quieran maquillar todos los ismos totalitarios con cremas democráticas— se desarrollan los distintos campos de la actividad humana, también, y de modo muy especial, el educativo. Si esto se olvida a la hora de abordar cualquier reforma educativa, ésta seguirá pendiente en lo esencial, que no está sólo en recuperar las Humanidades, que enseñan a ser personas con criterio propio, sino el espíritu de una humanidad verdadera, lo cual no afecta sólo al mundo de la enseñanza, sino a la sociedad entera.

Los problemas educativos no pueden aislarse del modo de ver la vida, del significado que ésta tenga para cada persona, y en consecuencia para la sociedad. Si se prescinde del significado, se podrán enseñar y aprender cosas, pero nunca se podrá educar a personas, que precisamente es de lo que se trata, o de lo que debería tratarse. Tal significado existe, pero si no se reconoce con todas las consecuencias, si se queda en la intimidad de las conciencias sin repercusión en la vida pública, ocupará su lugar un sucedáneo de significado, a la verdad la suplantará la mentira, y consiguientemente a la libertad, la opresión.

Puede parecer que ya quedaron atrás los gulag y los campos de exterminio, al menos en el Occidente democrático, pero las raíces del totalitarismo que los creó son las mismas del que está creando hoy, por ejemplo, los otros gulags esclavizantes: los monopolios asfixiantes de la libertad en el mundo económico o mediático, por innumerables que sean los productos que se pueden elegir, o el ficticio pluralismo de los canales de televisión que se puedan sintonizar; o una enseñanza con innumerables materias a elegir, pero a la que se hurta el significado de la vida. ¿No tendrá que ver con esto la pertinaz moratoria en el reconocimiento debido a la clase de Religión?

La reforma educativa, más que cualquier otra, antes que nuevas leyes, requiere nuevos sujetos humanos que sirvan a la Verdad que hace libres. Sin duda sigue siendo de vivísima actualidad el diálogo de Pilatos con Jesús: —¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte? No tendrías poder alguno sobre mí si no te hubiera sido dado de lo Alto. En el problema de la educación también es preciso desenmascarar las falsas concepciones del poder, devolviendo el protagonismo a quien le corresponde: en primerísimo lugar, a los padres, y luego a la sociedad; de lo contrario, toda reforma llevará dentro un veneno deletéreo. ¿No es un signo de ello —nos preguntábamos en estas mismas páginas, hace ya casi tres años—, aunque muchas veces sea solapado, el empeño en ocultar bajo el nombre de "pública" la enseñanza "estatal", siempre subsidiaria? ¿Y no lo es también el hecho de privilegiarla sobre el derecho de los padres y de la sociedad, anterior a la obligación subsidiaria del Estado, a crear centros de enseñanza? ¿Y no lo es, por último, el acentuar el carácter "privado" de tales centros, olvidando que cumplen una función "pública", en primerísima instancia, y tratándolos como si fueran una especie de "lujo" que hay que gravar, en lugar de un "derecho" que el Estado debe servir?

Hay que exigir al Estado, ciertamente, que cumpla con su deber a la hora de afrontar la reforma educativa, pero no menos los padres, las familias —¡cuántos problemas concretos dejarían de serlo si los padres cumplieran su grave obligación del responsable seguimiento de la educación de sus hijos!—, la sociedad entera, todos y cada uno, si es que realmente queremos ser personas libres, hemos de exigirnos una reforma más honda, que no oculte en la intimidad la Verdad. Estos días se ha hecho pública una encuesta que, entre otras cosas, descubre que uno de cada dos estudiantes españoles de 11 y 12 años no distingue los puntos cardinales. Nada más lógico si les falta la brújula.