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RAZÓN DE NUESTROS LÍMITES
El fundador de la dinastía Medici Cósimo, como nos recuerda muy pertinentemente este libro, apuntaló para la historia la frase de que los Estados no se pueden gobernar con el rosario en la mano. Leviatán emerge de las mares profundas, de los océanos de la naturaleza social, si es que parezca que ésta le aporta algo a la naturaleza humana. Rafael del Águila, catedrático de Ciencia Política, en la Universidad Autónoma de Madrid, ha escrito un interesante ensayo, La senda del mal. Política y razón de Estado, editado por Taurus. Así como a este texto la introducción no le acompaña en todo el esplendor de las restantes páginas, no quisiera que estas líneas fueran sólo condiciones de una interpretación casual de un asunto que la ciencia política considera prioritario. Hacer una radiografía de la fundamentación del Estado moderno, de su estructura, de sus mecanimos, en la clave de la pura teoría política, y hacerlo de manera interesante para un lector medio culto, es tarea difícil. La erudición, en este trabajo, acompaña y acompasa el ritmo de las exposiciones, que en algunas páginas se vuelven tan intrincadas como lo es el propio objeto de análisis. Y, sin embargo, el autor consigue desmenuzar, al mismo tiempo de forma sincrónica y diacrónica, los elementos de esta realidad: saber seguro, orden legitimatorio superior, orden político coactivo y armonización de tensiones.
Es cierto que no pretendemos que nuestra mundanidad, en palabras de H. Arendt, se acabe en sus propios límites. En este sentido, a este texto le sobra un poco de Habermas, Camus, Rousseau o Nietzsche, y le falta algo de santo Tomás de Aquino y de Maritain. Así de claro. Es decir, una perspectiva de lo que significan los principios fundantes de un orden pre o supra consensual. Para decirlo más claro, la recuperación de la ley natural, como faro del orden humano y social. Es cierto que nos encontramos con un hombre y un ciudadano, Sartori lo definiría como el hombre del postpensamiento, que se tiene que enfrentar a una razón de Estado, que para muchos es la razón de establo de B. Gracián. La utopía nos sigue hablando de un lugar imposible y un lugar feliz. Quizá el problema radique en que la razón de Estado represente no a la razón del Hombre, sino a los intereses de los poderosos y de los portavoces de la plutocracia estatal.
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LA LUZ DE SAN IGNACIO
La sombra de san Ignacio de Loyola es alargada. Su magisterio, su carisma se refleja en las historias de quienes han seguido sus pasos. Acercarnos al testimonio de los más próximos, de los primeros, de los que en razón de contigüidad vivieron y oyeron sus palabras, es siempre un ejercicio de clarificación y de buena salud.
Las editoriales Mensajero y Sal Terrae coeditan una espléndida colección de fuentes de la espiritualidad ignaciana, que ojalá supongan un auténtico foco de renovación enla vida de la gracia, según el carisma del capitán de Cristo. En este caso, el jesuita padre Antonio Alburquerque nos ofrece el texto comentado de los Recuerdos espirituales del Beato Pedro Fabro, bajo el título En el corazón de la Reforma. Merece la pena adentrarnos en este texto por la puerta de la amplia introducción, en la que se van ofreciendo los apoyos necesarios para un mayor rendimiento intelectual y espiritual del texto principal.
Pero si de alguien hay que hablar es del Beato Pedro Fabro, hermano mayor de todos, quien, a decir de su maestro, mejor impartía los Ejercicios Espirituales. Hay una pregunta final, que para nosotros es el principio, que sintetiza todo lo que podamos decir. ¿Por qué san Ignacio envió a Pedro Fabro para ir al Concilio de Trento? Compañeros suyos como Laínez y Salmerón representaban un conocimiento teológico más depurado, más propio de una asamblea de teólogos, de hombres de pura ciencia y de especulación de las realidades eclesiales. Fue Fabro el elegido para ofrecer la compañía de vida espiritual, el discernimiento de la gracia y el sabor de la Trinidad. Sus recuerdos espirituales nos lo reflejan como el hombre dispuesto a que el Espíritu moldee su corazón y, así, insuflar sangre nueva al corazón de la Reforma.
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