RetrocesoA&ONº 218/22-VI-2000SumarioDesde la feContinuar
Ante el final de milenio
No deberíamos olvidar que el 2000 hace relación a un acontecimiento histórico esencialmente cristiano: el nacimiento de Jesús. Fuera del cristianismo, su conmemoración carece de sentido: nada significa para judíos, musulmanes o confucionistas. Pero es un hecho que esta Era se ha universalizado hasta convertirse en común. No hay razones que se opongan a la esperanza de que ese tránsito pueda revestir un nuevo salto en la trayectoria del espíritu humano como fueron las dos fechas miliarias anteriores. Ningún fenómeno histórico se encuentra predeterminado; todo depende del uso que el hombre haga de su libertad.

Para comprender dónde radica esta esperanza es imprescindible considerar lo que, en los dos milenios anteriores, el cristianismo ha conseguido. Ante todo debemos recordar que fue en este espacio, antes parte del Imperio romano y ahora llamado Europa, donde se realizó, gracias a él, la síntesis entre aquellas dos corrientes culturales que, por esencia, le pertenecían: la procedente del judaísmo, que proporciona la noción de la trascendencia absoluta, y la heredada del helenismo, que aportaba una valoración del hombre en sí. Ambas corrientes habían llegado a extremos que podían deformarlas en el ritualismo fariseo o en el antropocentrismo exagerado. Esto no quiere decir que el cristianismo no se haya visto afectado a veces por sus propias tendencias al extremo; pero se trata de una advertencia. La Iglesia trata de devolver al hombre a sus precisos límites.

Como un resultado de esta síntesis se establecieron en el pensamiento cristiano tres principios que resultarían esenciales para conseguir cualquier forma verdadera de progreso. Es importante recordar aquí que la fe cristiana no se presenta a sí misma como una opinión, a la que uno puede adherirse o no, sino como verdad absoluta, revelada, que el hombre, en uso de su libertad, puede negarse a aceptar, pero cometiendo en este caso el error más grave en su existencia. Veamos cuales son esos tres principios vitales para la construcción del futuro:

- El hombre tiene capacidad para actuar sobre la naturaleza que le ha sido sometida por un designio de Dios. No está sometido a ella. La naturaleza tiene límites que deben ser respetados. Cumple, de este modo, el proyecto de Dios sobre la Creación.

- La criatura humana —que no se da a sí misma la vida, sino que la recibe— no puede alcanzar su fin sin trascenderse: necesita salir volviéndose hacia el mundo, hacia los otros seres humanos, que son sus prójimos y, en definitiva, hacia Dios. El hombre necesita amar a Dios, amar al prójimo y amar al mundo. Sin el amor se torna incomprensible.

- La Humanidad, considerada en su conjunto, recorre en la Historia un largo camino que tiene origen y meta. Este origen no coincide con un hecho material, como imagina el marxismo, sino con ese acto moral de desobediencia de Dios que hizo pasar al hombre de un estado de libertad a otro de necesidad, sometiéndole a la fatiga, las pasiones, el dolor y la muerte, inseparables de la existencia. Pero al mismo tiempo el cristianismo enseña que la meta, el reino de Dios, es reino de libertad sobre el pecado la mentira, pues sólo la verdad hace libres. Se incoa en este mundo, pero se endereza a la trascendencia absoluta.

Sobre esta base, durante el segundo milenio, de una forma lenta y fatigosa, pues el cristianismo es siempre signo de contradicción y despierta a cada paso resistencia y oposición, se fue formando una recta conciencia que el Concilio Vaticano II ha conseguido presentar como una síntesis comprensible, completa y exhaustiva. De ella forman parte estos tres puntos:

- Todos los seres humanos han sido dotados por Dios de dos elementos inseparables de su naturaleza. Uno es el libre albedrío —libertad en su concepto filosófico, que no debe confundirse, como ahora se hace, con independiencia irresponsable—, el cual obliga a los seres humanos a tomar decisiones, responsabilizándose de sus consecuencias. El otro es la capacidad racional que permite acceder, mas allá de la observación y experimentación, a las verdades abstractas como son el bien, la belleza, la justicia, órdenes y categorías que explican el universo creado.

- La sociedad helenística había considerado la técnica, esto es, el aprovechamiento útil de los conocimientos adquiridos como algo inferior, sometido a las conveniencias de la propia sociedad. El cristianismo alegó que Dios no habría dado al hombre su capacidad técnica si no considerara deseable que la usase. Borró la diferencia entre trabajos serviles y liberales, y declaró deseable la obtención de bienes materiales. Ahora bien, impuso sobre estos bienes, la riqueza, una hipoteca social muy rigurosa, recordando que es un medio para conseguir el bien común y no para el simple disfrute individual.

- No es progreso la mera acumulación de saberes y de bienes materiales. Unos y otros son medios cuya bondad dependen del modo como se empleen. Deben contribuir a la dignificación de la persona. Juan Pablo II ha dicho que progresar no es tener más sino ser más. Ese crecimiento del ser humano significa, en definitiva, avanzar remontando las consecuencias del pecado en una imitación de Cristo, que es hombre perfecto. El olvido de esta premisa es precisamente una de las circunstancias que contribuyen a entenebrecer el siglo XX; difícilmente encontraríamos un siglo más cruel en la Historia.

En este tiempo de postmodernidad se hace cada vez más urgente y necesario elevarse por encima de los excesos del antropocentrismo para recordar que la criatura humana tiene una misión que trasciende, y que los reinos de este mundo debieran facilitar. No es así, la dificultan. La atmósfera religiosa está contaminada por inyecciones de una tendencia agnóstica dominante, que intenta hacerla irrespirable. Se trata, sin duda, de una agresión contra la que se niega el derecho de defensa, porque la sociedad laica debe imponer sus coordenadas.

Se había dicho que una libertad individual, aconfesional, capaz de dictar sus actos morales, establecería mayor control sobre los gobernantes. No ha sido así. Minorías arriba, y minorías abajo, imponen su voluntad. Las oligarquías políticas, cada vez más cerradas, piden a los ciudadanos únicamente que ejerzan la función de árbitros cada cierto tiempo, no acerca de los candidatos, sino de qué grupo debe estar en el poder y cuál de ellos en la oposición. Todo esto podría parecer útil, pragmático, si no estuviera acompañado de un relativismo moral que impide detenerse sobre el camino. El Estado se niega a ejecutar penas de muerte y esto merece el más completo aplauso. Pero ¿cómo impedir que los terroristas y los asesinos sigan ejecutando a sus enemigos?

No ha habido aumento de la racionalidad, sino al contrario. La razón sucumbe en nuestros días ante los sentimientos: la histeria, individual o colectiva, crean la norma. Tampoco ha desaparecido la guerra, simplemente se le ha despojado de los últimos sentimientos del espíritu de la caballería. Vale todo. Erotismo, droga y violencia suplantan las guías que la fe, la esperanza y el amor habían puesto para que el hombre caminase sobre ellas.

Luis Suárez Fernández