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Charles Malik fue un diplomático libanés, de los más importantes en la escena mundial en los años 50, relator de la primera Comisión de la ONU sobre Derechos Humanos. Dejó 212.000 escritos en la Biblioteca del Congreso, en Washington. Juntar partes del diario de Malik con los documentos públicos de sus actividades durante sus años en la ONU arroja una luz fascinante sobre cómo ser un laico cristiano en la escena pública, cómo evitar los peligros de ser marginado, por un lado, o, por otro, de verse encerrado en una cultura sumamente secular. Dos auxilios indispensables son la gracia divina y el ejemplo de los demás.
La primera lección de los diarios de Malik es que el plan de Dios para tu vocación puede ser distinto del tuyo. La segunda, que encontrar tu vocación no quiere decir encontrar la propia comodidad. Y la tercera, que quizá no vas a conocer nunca en la tierra los frutos más importantes de tu vocación. Desde que era un joven profesor, vivía a fondo su cristianismo. En un discurso en la Universidad, en 1944, dijo: Jesucristo es mi Señor, Rey y Salvador. En las horas oscuras de mi vida, Él ha sido la única luz y, en los momentos más radiantes, el único significado. He aprendido a apreciar la importancia suprema de la Iglesia. Sin la comunidad y los sacramentos, la vida cristiana no es estable o suficientemente profunda... El mayor milagro de todos los tiempos es la Iglesia cristiana a través del tiempo. |
| En poco tiempo se trastocaron todos los planes de Charles Malik. El Presidente del recién independiente Líbano lo eligió para representar al país en la conferencia de apertura de la ONU, y para que fuera el enviado de Líbano ante Estados Unidos. En su diario, recuerda su primer encuentro con el mundo político y financiero, en una fiesta, como algo terrible y espantoso. Estaba disgustado por el esnobismo, la falta de delicadeza, la sensualidad y el materialismo de los allí presentes. No le fue posible encontrar ni a una sola persona con quien poder hablar. Cuando regresó casi veinte años después, sus esperanzas y sueños para Líbano se habían hecho añicos. Como representante de un pequeño país, se sintió incompetente y perdido. Buscó modelos, que no encontró; aliados, y tampoco los encontró. Sospechó (y se vio que tenía razón) que muchas cosas habían sido dispuestas ya por los Cinco Grandes, mucho antes de que la Conferencia empezara. A mitad de los trabajos escribe: Hubiera podido hacerlo mejor. Me siento lejos de Dios. No es aquí donde debería estar. Señor, dame la fuerza de volver a Ti, haz que te ame y que al amarte me regocije en mi sufrimiento.
En la ONU fue asignado a la Comisión sobre Derechos Humanos, compuesta por 18 miembros, y cuyo mandato era escribir el borrador de una Carta internacional de los Derechos. Era el único que llamaba la atención sobre las implicaciones más hondas de su cometido. Indicaba, por ejemplo, que cuando decimos derechos humanos nos estamos planteando la pregunta fundamental: ¿qué es el hombre? Su visión de la persona humana interpelaba no sólo a los miembros del bloque soviético que querían subordinar la persona al Estado, sino también a los occidentales, que tendían a imaginarse al individuo como un ser radicalmente autónomo. Al final prevaleció la visión de Malik, y salvó la Declaración Universal de los excesos de colectivismo y de individualismo. En otoño de 1948, escribe: Mucha actividad y muchos logros en la ONU, pero profunda infelicidad. Estoy lejos muy lejos de Cristo. Así como un hombre no puede atravesar a nado el océano y volver a su patria, así tampoco puedo yo nadar la gran sima que me separa del ser y de la verdad. Tengo que subirme al barco seguro de Cristo. Su amor, Su cruz, Su sufrimiento, Su presencia y realidad, sólo Él puede salvarme. El problema era asegurar que la Declaración fuera aprobada por todos en la Asamblea General y que aceptaran su universalidad. ¿Cómo explicar el ascenso meteórico de un hombre que se sentía profundamente inadecuado para la vida pública? Llega un momento en que Malik parece haber convertido su soledad en una fuente de fuerza. Su habilidad política hizo posible, en 1948, la adopción, por unanimidad, de la Declaración Universal de Derechos Humanos, un gran logro, en un momento en que la Asamblea General de la ONU se encontraba profundamente dividida. Aquella noche, mientras el resto de sus colegas lo celebraba, Malik no se sentía triunfador. Muchos de sus esfuerzos habían fracasado. No había obtenido que en la Declaración se dijera expresamente que el no nacido es miembro de la familia humana. El primer discurso de Malik, tras la adopción de la Declaración, arroja unas luces sobre el porqué de su falta de entusiasmo. La guerra fría iba en serio, pero el reto lanzado a los derechos humanos era, en su opinión, más profundo que el desafío planteado por el marxismo. Los retos por él planteados hace cincuenta años siguen en pie hoy. Malik se refiere a su carrera, en este período en el que está en la cumbre, como algo que él tiene que arrastrar como una cruz purificadora. En un discurso a los norteamericanos les advierte que la riqueza y el poder no garantizan el liderazgo moral, y añade: Si vuestras instituciones y tradiciones no responden a un mensaje que deja huella en el corazón y en la mente de los demás, y en el cual cimentar toda vuestra vida, entonces no podéis gobernar el mundo actual en el que el ser humano busca desesperadamente verdad y convicción. A finales de los años 50, Malik vuelve a ser Ministro de Asuntos Exteriores en un Líbano lacerado por la guerra civil. Vio su país hecho pedazos, Beirut en ruinas, sus sueños por el Líbano mediador entre Oriente y Occidente desvanecidos en la nada. Hay dos partes de su historia que me hacen pensar enormemente. Es sumamente interesante ver cómo llegó a vivir el sufrimiento y la soledad como algo que no hay por qué considerar necesariamente malo. Y otra lección de Malik es que no tendríamos por qué preocuparnos tanto si no vemos progreso en nuestros esfuerzos. Mary Ann Glendon |