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| Me pide Alfa y Omega una breve semblanza de don José Delicado, arzobispo de Valladolid, con ocasión de sus Bodas de Plata al servicio de aquella Iglesia. Para tan poco espacio, mucho tendría que decir desde que le conozco, primero como director espiritual en mis tiempos de seminarista; después, como colaborador en el Seminario Mayor de Albacete, y siempre como amigo fiel, maestro ejemplar y sabio consejero. Ante todo, me parece un hombre de Dios y de los hombres, de oración y de servicio, contemplación y acción, todo de una pieza, sin fisuras ni cortes, viviendo lo sobrenatural con toda naturalidad; pasa con la misma devoción de la Misa a la mesa, del Oficio Divino a la conversión humana, de las noticias de Dios en la Escritura a las noticias del hombre en los medios de comunicación social, siempre movido por el amor pastoral, con el deseo de hablar a Dios sobre los hombres, y a los hombres sobre Dios. Es, además, hombre de paz y de paciencia, que infunde paz y serenidad, ayudando siempre a buscar salidas, a descubrir lo positivo y lo posible en los problemas y dificultades, sin desanimarse ni desanimar ante los fallos y fracasos de la gente, apostando por la espera y la esperanza, estimulando el esfuerzo y la perseverancia.
Otra característica de su talante y su talento es la de ser a la vez conservador y renovador, prudente y valiente, conservando el inmenso tesoro siempre válido y valioso de la Tradición, y al mismo tiempo renovando las tradiciones cambiantes de la Iglesia, para adaptar la pastoral a los nuevos tiempos, siguiendo las orientaciones del Concilio, con un trabajo pastoral preparado a conciencia, sólido y didáctico, para ayudar al pueblo a recibir y asimilar los cambios necesarios. Y así podríamos seguir, recordando su humilde y su sencilla sencillez, tan natural y tan sobrenatural. O su altura intelectual, su interés permanente por la evolución del pensamiento y la cultura, proyectando con sus libros, artículos y pastorales la luz del Evangelio sobre el acontecer de nuestro tiempo. O también su espíritu de pobreza, su desprendimiento no sólo de los bienes materiales, sino, si cabe hablar así, de los bienes institucionales, o el prestigio, no buscando jamás los aplausos, los cargos, el poder, el subir y medrar en el escalafón del mundo clerical; aceptando los cargos como cargas y encargos del Señor para el servicio a los hermanos. Supongo que don José tendrá defectos, aunque no los encuentro. De todos modos, él conoce muy bien aquello de san Pablo: ¿Qué tienes que no hayas recibido? Además, aunque no tuviera defectos, no por eso sería perfecto, ya que el Espíritu Santo no ha terminado todavía, no ha perfeccionado en él su obra, hasta que llegue a la estatura en Cristo que el Padre tenga prevista para él, como decía el Señor en el Sermón de la Montaña: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. (Y así, ni yo caigo en adulación rastrera, ni él puede ofenderse en su humildad sincera ) Monseñor Alberto Iniesta |