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Hay algo llamativo en el proceder de Jesús cuando se dispone a instituir la Eucaristía: todo lo deja en manos de sus discípulos. Ellos buscan el lugar y preparan la cena. Es cierto que un aire de misterio inunda, ya desde el principio, toda la escena. Como si todo estuviera previsto de antemano: el hombre con el cántaro, la sala de arriba, los divanes. ¿Previsto para qué? Para que, llegado el momento, todos los preparativos humanos, toda la acción del hombre diera paso, o mejor, cesara ante la iniciativa de Cristo pronunciando las palabras que le dejaron para siempre cautivo de un poco de pan y de vino: Esto es mi cuerpo, ésta es mi sangre.
Parece volviendo al proceder de Jesús que deja en manos del hombre las cosas imposibles, las divinas, para rendirle ante su impotencia. Como cuando en la multiplicación de los panes, símbolo de la Eucaristía, dice a los discípulos: Dadles vosotros de comer. ¡Bien sabía Él que no podían! Ahora dice a los discípulos: Preparadnos allí la cena. Como si ellos pudieran hacer algo más que poner los manteles y servir la mesa. No, todo estaba previsto desde el principio. La Cena del Señor, como llamará más tarde san Pablo a la Eucaristía, la hace el Señor. El hombre, a lo sumo, se prepara su propia cena; pero, cuando se trata de servir la Vida, sólo Cristo puede tomar el pan, partirlo y ponerlo en nuestras pobres y afanadas manos convertido en su carne; y sólo Cristo puede embriagarnos con el buen vino de la cruz, como diría el santo maestro Juan de Ávila. La Eucaristía nos sorprende todos los días como iniciativa divina, como mesa en la que el hombre, por mucho que se esmere, no pone más que su pobreza, los cinco panes y dos peces de aquel muchacho de la multiplicación. La Eucaristía es don, gracia e iniciativa de Dios. Es el pan bajado del cielo, amasado aquí en la tierra virgen de María, pero pan de Dios, ázimo de pureza y verdad. La Eucaristía sale a nuestro encuentro cada día, si nos quedan reservas de sorpresa, como le ocurrió, sin buscarlo, a André Frossard el día de su conversión en una capilla donde estaba expuesto el Santísimo Sacramento: Una sola cosa me sorprendió dice, la Eucaristía, y no es que me pareciese increíble; pero me maravillaba que la caridad divina hubiese encontrado ese medio inaudito de comunicarse y, sobre todo, que hubiese escogido para hacerlo el pan que es alimento del pobre y alimento preferido de los niños. De todos los dones esparcidos ante mí por el cristianismo, ése era el más hermoso. + César Franco |