RetrocesoA&ONº 218/22-VI-2000SumarioEl Día del SeñorContinuar
Año de Gracia
Creemos que la misa, que es celebrada por el sacerdote representando la persona de Cristo, en virtud de la potestad recibida por el sacramento del orden, es realmente el sacrificio del Calvario, que se hace sacramentalmente presente en nuestros altares. Creemos que, como el pan y el vino consagrados por el Señor en la Última Cena se convirtieron en su cuerpo y su sangre, que en seguida iban a ser ofrecidos por nosotros en la cruz, así también el pan y el vino consagrados por el sacerdote se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo, sentado gloriosamente en los cielos; y creemos que la presencia misteriosa del Señor bajo la apariencia de aquellas cosas es verdadera, real y sustancial.

En este sacramento, Cristo no puede hacerse presente de otra manera que por la conversión de toda la sustancia del pan en su cuerpo y de toda la sustancia del vino en su sangre, permaneciendo solamente íntegras las propiedades del pan y del vino, que percibimos con nuestros sentidos. La cual conversión misteriosa es llamada por la santa Iglesia conveniente y propiamente "transustanciación". El pan y el vino, realizada la consagración, han dejado de existir, de modo que el adorable Cuerpo y Sangre del Señor Jesús, después de ella están verdaderamente presentes delante de nosotros, bajo las especies sacramentales de pan y vino, como el mismo Señor quiso, para dársenos en alimento y unirnos en la unidad de su Cuerpo místico.

La única e indivisible existencia de Cristo, el Señor glorioso en los cielos, no se multiplica, pero por el Sacramento se hace presente allí donde se realiza el sacrificio eucarístico. La misma existencia después de celebrado el sacrificio, permanece presente en el Santísimo Sacramento. Por lo cual estamos obligados, por obligación ciertamente suavísima, a honrar y adorar en la Hostia Santa que nuestros ojos ven, al mismo Verbo encarnado que ellos no pueden ver, y que, sin embargo, se ha hecho presente delante de nosotros sin haber dejado los cielos.

PabloVI delCredo del pueblo de Dios