|
|
Al llegar un año más el Día del Corpus Christi, ¡qué gran noticia sería poder comenzar escribiendo en letras mayúsculas que el mensaje de la caridad, del amor que Jesús vino a enseñarnos y a predicar con el ejemplo, es por fin un lenguaje universal en el que todos conseguimos entendernos! Pero, desgraciadamente, sigue siendo necesario mirar a nuestro alrededor y comprobar que algo no marcha bien cuando observamos la realidad difícil en que viven muchas de las personas y familias que se acercan cada día a las acogidas de nuestras Cáritas parroquiales, o al mirar a los ojos surcados por las huellas de la vida de alguno de los hombres o mujeres que viven en las residencias de Cáritas, rodeados de un cariño y un apoyo que llegan a sorprenderles, porque nunca antes alguien les hizo sentirse queridos de ese modo; o al conocer el desánimo y la desesperanza que se han instalado en muchos hogares en los que el problema de droga que afecta al hijo o a la hija parece ser ya uno más de la familia, sin visos de una posible solución; o al escuchar distintos testimonios de personas que sufren cada día el rechazo de quienes les rodean por padecer una enfermedad todavía maldita para muchos, o por venir de un país diferente, o vivir en entornos marginales
|
| Parece inevitable formularse algunas preguntas: ¿Por qué muchos carecen incluso de lo más elemental, mientras otros han olvidado lo que sintieron la primera vez que sumaron un millón en su cuenta de resultados? ¿Hasta cuándo va a seguir siendo posible que personas que han trabajado toda su vida dejándose la piel, literalmente, en trabajos de sol a sol, se encuentren en la calle, con poco más que lo puesto, al cumplir los cincuenta? ¿Dónde está escrito que el marido tenga derecho a ponerle la mano encima a su esposa cuando ella se atreve a emitir una opinión propia, a demostrar su desacuerdo, o a tratar de proteger con su cuerpo el de sus hijos? ¿O que el derecho constitucional al trabajo no lo es en igual medida para quienes no han tenido la posibilidad de formarse, o el respaldo económico para montar su pequeño negocio, o la suficiente cultura como para darse cuenta de que ese contrato aparentemente legal no lo era tanto? ¿Es acaso pecado abandonar el país de origen, aquel que te vio nacer y vio después nacer a tus hijos, a los que probablemente has tenido que dejar allí, y arriesgarte a cruzar un mar a menudo embravecido, para buscar en una tierra extraña un porvenir mejor para ti y los tuyos?
Dibujar con interrogantes este panorama sombrío no puede, ni debe, hacernos olvidar que son muchas las personas que cada día se miran al espejo y se recuerdan a sí mismos que lo que les pasa a los demás sí tiene que ver con ellos. Que la respuesta a tantas preguntas, a tantas situaciones de injusticia, de olvido, de atropellos y de exclusiones está, aunque parezca imposible, en cada uno de nosotros y, sobre todo, en el empeño que pongamos en aportar nuestro granito de arena. LA RESPUESTA DE CARITAS MADRID
Concretamente en la diócesis de Madrid, gracias a esa aportación generosa de muchas personas dispuestas a compartir su trabajo, su ilusión y sus recursos, algunas cosas están cambiando: con las aportaciones económicas de muchas personas, en 1999 Cáritas Diocesana de Madrid inició la construcción de una nueva residencia de 70 plazas para mayores asistidos, cuya puesta en marcha está prevista para el primer semestre del año 2001. También en este año, la calidad de nuestra atención a personas sin techo ha mejorado notablemente, al trasladar nuestro centro de noche a unas instalaciones mejor preparadas, contiguas al Centro de Día que Cáritas tiene en el centro de Madrid; en 1999 han abierto sus puertas tres nuevos servicios de orientación e información para el empleo. Son ya 30 los servicios que funcionan en la diócesis de Madrid, todos ellos atendidos exclusivamente por voluntarios, como todas las personas que animan las 38 Aulas de Cultura de Cáritas, destinadas a la formación de adultos, que funcionan en Madrid. En 1999, acudieron a ellas 250 personas más que el año anterior, lo que demuestra que la apuesta por la formación integral de quienes asisten a ellas sigue teniendo plena vigencia y actualidad. Estos ejemplos, y otros muchos, demuestran que es posible tener motivos para la esperanza. Patricia Pascau |